6. Bernard Nathanson:
Reflexiones en torno a una conversión
Carlos Agustín Masías Vergara
El presente trabajo son algunas reflexiones en torno a
la conversión de Bernard Nathanson, con miras entender algunas claves de
la vida humana como son la familia y la religión.
a G.J.P con amore.
INTRODUCCION
“Grande eres, Señor, y laudable sobremanera; grande tu
poder y tu sabiduría no tiene número. ¿Y pretende alabarte el hombre,
pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre que, vestido de su
mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de
que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña
parte de tu creación. Tu mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite
en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en ti” (S. Agustín)
Con esta oración San Agustín da inicio al relato de
sus confesiones, obra en la cual el obispo de Hipona examina su vida en
presencia de Dios y descubre una necesidad de Absoluto, cuya satisfacción
conduce al hombre a su plena realización. Esta verdad se torna más
evidente en un mundo como el actual, donde el hombre apuesta por todos los
avances logrados para satisfacer sus ansias de felicidad; sin embargo, no
logra ser feliz. El fracaso del mito del progreso ha hecho que la
humanidad pierda el rumbo y, al quedarse sin brújula, está adoptando una
mentalidad presentista que muestra
indicios de ser suicida. (drogas, aborto, eutanasia...)
S.S. Juan Pablo II
describía esta situación en su primera encíclica Redemptor
hominis, cuando afirmaba que el
hombre puede construir un mundo sin Dios; pero este mundo acabará por
volverse contra el hombre. Así pues, nuestra realidad puede agravarse
hasta convertirse en un fiel reflejo de aquello que se dice en el libro de
la Sabiduría:
“Pero, no contentos con su error de no conocer a Dios,
viven los hombres en una espantosa ignorancia, ¡y a tan terribles males
llaman paz! Practican ritos en los que matan a niños, celebran cultos
misteriosos o realizan locas fiestas de extraña ceremonias; no respetan ni
la vida ni el matrimonio, sino que un hombre mata a otro a traición o lo
hace sufrir cometiendo adulterio con su esposa. Todo es confusión, muerte,
asesinato, robo, engaño, sobornos, infidelidad, desorden, juramentos
falsos, confusión de valores, ingratitud, corrupción de las almas,
perversión sexual, destrucción del matrimonio, adulterio e inmoralidad. El
culto a los ídolos que no son nada es principio, causa y fin de todo mal”
(Sab. 14, 22-27)
Entre estos terribles males se encuentra el aborto, la
eutanasia,... los cuales no sólo son permitidos por las leyes de algunos
países; sino que se busca proclamarlos como derechos constitucionales
inalienables. Sobre la base de esta mentalidad, muchas mujeres exigen la
legalización del aborto por considerarlo un derecho que les asiste; y de
esta forma pasa inadvertido el problema central del aborto: si el embrión
es o no una persona. Así se inicia una deshumanización de la persona,
fruto de su egoísmo. «Hemos puesto la sabiduría legal al servicio de las
depravaciones humanas: tratando de eliminar a los decrépitos -que son
nuestros padres- y a los intrusos -que resultan ser nuestros hijos-». A
las puertas del tercer milenio nuestra civilización se ha mostrado tan
criminalmente brutal como las antiguas culturas babilónicas, asirias,
espartana. Hemos reemplazado a Moloc por la belleza del cuerpo, el
bienestar egoísta, y continuamos sacrificando nuestros primogénitos,
segundos y terceros. Con refinados métodos sabemos ser delicados en el
asesinato y la sangre.
Sin embargo, al
mismo tiempo se nota algunos grupos con síntomas de un despertar de
conciencia y de respeto de la vida desde su concepción, defensa que se
difunde a través de los movimientos pro-vida.
Precisamente, los profesionales pertenecientes a estos movimientos han
dedicado parte de su tiempo a la búsqueda de pruebas que demuestren que el
embrión es un ser humano, una persona y merece respeto y derecho de vida.
Una de las pruebas aportadas, y la que más impacto causó en la sociedad
norteamericana, fue el vídeo “El grito silencioso”, en el cual se capta,
gracias al ultrasonido, la reacción de un feto en el preciso momento en
que es atacado por el instrumental abortista.
La persona que difundió el mencionado vídeo fue el
doctor Bernard Nathanson, un ginecólogo que por años lucho por la causa
del aborto y que, en los años sesenta, se rindió a las pruebas del
ultrasonido y trabajo por la causa pro-vida. Ateo desde su juventud,
Nathanson descubrió al Dios rico en misericordia a través de la acción
pro-vida; se bautizó en la Iglesia Católica en l997, y actualmente
continúa su colaboración pro-vida. El presente trabajo busca -a través de
la exposición de la conversión del Dr. Nathanson- desentrañar algunos
elementos claves de la vida humana.
I. EL REY DEL ABORTO
Rusia propagará sus errores...
13 de mayo de 1917, tres pastorcitos se dirigen a la
Cova da Iria, un lugar pedregoso cerca del pueblo de Fátima (Portugal).
Estos niños son Francisco, Jacinta y Lucía; desde el mes de mayo han
gozado del privilegio de poder ver a la Santísima Virgen. Ese día, como
los 13 de los últimos dos meses, asisten a su cita con María; al llegar a
una encina, y después de un relámpago y una luz intensa, los niños vuelven
a ver a la Virgen. Al terminar la aparición los pastorcitos se retiran del
lugar sin revelar a nadie lo que la Virgen les ha comunicado. Años más
tarde, Lucía contará lo que María les pidió: «(...) Vendré a pedir la
consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado (...) Si se escucha mis
peticiones, Rusia se convertirá y se tendrá paz. Si no, ella propagará sus
errores por el mundo.»
Cuando se hablaba
de “Rusia” en este mensaje, no se hacía referencia al pueblo ruso; sino
que aludía a lo tiempo más adelante sería el régimen de los Soviets y sus
dirigentes, que, por principio no admitían ninguna religión y no siempre
respetaban los derechos fundamentales de la persona humana. Así podemos
ver que uno de los puntos cardinales de los Soviets era la legalización
del aborto; ya en 1913, Lenin exigía, en un artículo publicado el 16 de
junio en la revista Pravda,
“la abolición absoluta de todas las leyes que castigan el aborto”,
pues, semejantes leyes indicaban la hipocresía de la clase dominante. Con
la revolución de octubre de 1917, los Soviets asumen el gobierno de Rusia.
Poco tiempo después, en 1920, se dará la liberación del aborto como un
paso fundamental para obtener la emancipación de la mujer.
«En la década de los treinta se añadieron varios países
escandinavos y posteriormente otros del Este de Europa, entonces bajo la
dominación soviética, así como Japón. A partir de finales de los años
sesenta se va permitiendo el aborto provocado -con más o menos
restricciones, según los países- en el mundo occidental, aunque en muchas
naciones sigue respetándose y protegiéndose el derecho de los no nacidos”.
Es así como se inicia la degradación de la mujer, la familia y lo más
trascendental la falta de respeto al derecho de nacer.
En 1969 se fundó en los Estados Unidos la Asociación
Nacional por el Rechazo de las Leyes sobre el Aborto (National Association
for Repeal of Abortion Laws, NARAL). Esta asociación reunía a todas las
personas, movimientos e instituciones que se mostraban a favor del aborto,
como por ejemplo los movimientos feministas. Los promotores de este grupo
son Lawrence Lader y el doctor Bernard Nathanson; quienes descubrieron que
compartían el deseo común de obtener la legalización del aborto libre para
todas las mujeres embarazadas contra su deseo.
Bernard Nathanson: El rey del aborto
Nathanson fue cofundador de NARAL. Durante su época de
residente en el Hospital de Mujeres descubrió que “al menos dos tercios de
las mujeres” que llegaban “en ambulancias a urgencias... eran víctimas de
abortos ilegales chapuceros...” Ante este problema sólo vio una solución
efectiva: que el aborto sea practicado por profesionales de la medicina.
Por eso enviaba a sus pacientes a lugares donde el aborto estaba
permitido: Japón, Inglaterra, Puerto Rico (En este último -cuenta
Nathanson- no estaba legalizado el aborto, pero los grandes ingresos que
recibían los médicos les permitían sobornar a las autoridades). Sin
embargo, se dio cuenta que esta no era una solución al alcance de todas
las mujeres, por lo cual decidió luchar por la legalización del aborto en
los Estados Unidos. Así se dio inició a una campaña llena de mentiras,
manipulación de las estadísticas, y de ataque a la Iglesia Católica. Esta
falta de ética tenía en Nathanson como raíz su ateísmo, el cual aflora en
su juventud; pero se inicio en la niñez.
Familia
En su
Carta a las Familias Su Santidad Juan
Pablo II señala el “papel de una familia coherente con las normas morales,
para que el hombre, que nace y se forma en ella, emprenda sin
incertidumbres el camino del bien, inscrito siempre en su corazón”. Si la
familia falla, las consecuencias afectan especialmente a los hijos. Se
oscurece la conciencia moral, se deforma lo que es verdadero, bueno y
bello, y la libertad es suplantada por una verdadera y propia esclavitud.
Tal es la experiencia que vivió Bernard Nathanson. Criado en un ambiente
familiar que sin faltar a la verdad se puede describir como falto de amor;
creció en el seno de una familia aquejada de graves anomalías, desde dos
generaciones antes, que marcaron su vida.
Joey Nathanson, padre de Bernard, nació en una familia
judía. Su padre se suicidó cuando Joey era pequeño, hecho que lo marcaría
hasta sus últimos días; su madre abandonó a sus tres hermanos para poder
volver a casarse. La familia se trasladó a la comunidad Judía de Ottawa,
que se caracterizaba por su rigidez religiosa. Cuando cursaba su primer
año de universidad, Joey se reveló prácticamente contra el conjunto legal
judío, argumentando que no había pruebas empíricas a favor de las
limitaciones y restricciones impuestas por las normas alimentarias. Aunque
renunció a su religión, esta continuaba siendo el eje sobre el que giraba
su vida.
En el quinto y último año de universidad conoció a la
que sería su esposa. Al año siguiente se casó con ella pensando en la dote
para costearse unas prácticas de oftalmología en Inglaterra; nunca recibió
la dote completa, por lo cual no pudo viajar a Inglaterra. Este hecho le
creó un odio encumbrado hacia su esposa y la familia de ésta, que inculcó
a sus dos hijos: Bernard y Marion, los cuales crecieron a la sombra del
padre, y fueron receptores de todo el rencor que Joey guardaba a su
esposa. Bernard, recordando estos episodios, escribiría en su
autobiografía:
“Mi
padre me denigró desde que tenía seis años con historias histriónicas de
cómo mi madre y la familia de mi madre le habían timado y cómo, con
halagos, (...) le habían llevado a un lamentable y triste matrimonio con
una mujer mayor, menos inteligente, y menos cultivada que él (...)
me llenaba los oídos de
comentarios venenosos y decisiones revanchistas acerca de mi madre
y su familia”
Este resumen es
importante por que nos demuestra cómo los hijos tienen la base de su ser,
en el calor maternal y paternal y el ejemplo de una familia; en un hogar
lleno de odio como este, los hijos crecen llenos de confusiones. El
resultado fue unos adolescentes envenenados contra su madre a la que
insultaban, denigraban su inteligencia y aspecto; este comportamiento no
era otra cosa sino la proyección del odio inculcado por Joey. Este aire
que respiraba la familia Nathanson se manifestó muchas veces en riñas,
falta de respeto entre ellos, e incluso en actos violentos. La
preocupación de que Bernard estudiara en la mejor escuela de Nueva York y
que, además, asistiera a la Universidad a seguir la carrera de medicina,
no garantizaba la formación como persona; la educación moral impartida en
el hogar dejaba mucho que desear. “...Se me había inculcado cierta
moralidad hipocrática antigua. El respeto profundo que se debía a los que
participaban en la educación de uno, y la integridad financiera
era la piedra angular del arco de la moralidad”,
afirma Bernard Nathanson en su autobiografía.
La misión educativa de los padres es esencialmente
básica. No basta pagar las mejores universidades o colegios para
garantizar la formación; los padres deben ser conscientes de que durante
los primeros años son el ejemplo, el modelo de sus hijos. Ellos esperan
todo de sus padres -incluso milagros-. Esta misión educativa alcanza su
nivel más alto y trascendental en la educación religiosa: la familia es
Iglesia doméstica pues en ella se aprenden los primeras verdades de la fe
(que Dios existe, que nos ama, que podemos recurrir a Él en caso de
problemas,...); por lo tanto, los padres responderán ante Dios por su
labor de catequistas. Si los padres fallan en esta misión será más difícil
que los hijos logren aprender estas verdades en otras partes. Pues si los
padres -que son los modelos- no le dan importancia a la religión; ¿Cómo se
espera que los hijos -que imitan a los padres- presten atención a estos
temas?
Este descuido en la enseñanza de los temas religiosos
es la uno de los factores que más influyen en el ateísmo de las personas
como lo fue en el caso del Dr. Nathanson. Con esta educación moral tan
laxa, que no tenía en cuenta lo que era diferente al hombre, la humanidad
y el universo material, Bernard erigió su moral sobre la base de dos
ideas: el pragmatismo -la verdad es la utilidad- y la moral del
superhombre -el superhombre impone su voluntad, los mediocres la obedecen.
“...en
ausencia de toda enseñanza sobre el orden moral interpersonal
-salvo lo
más burdo-; en la presencia de un desprecio de la ética en las relaciones
con mujeres, precisamente con las mujeres, en la expectativa de que iba
seguir ciegamente los pasos sangrientos de este hombre deformado y
retorcido, iba tomando cuerpo dentro de mí un monstruo.
El monstruo no reconocía nada salvo la utilidad, no respetaba
nada excepto la fuerza de voluntad:
ansiaba amor, y luego lo pervertía.”
Estos principios de moral inmanentes fueron las bases
de su futuro ateísmo, el cual influyó en sus convicciones erradas y su
toma de decisiones frente a los valores y principios religiosos y humanos.
Al haber tenido una falta de orientación y cariño paternal, quienes con su
actitud lo empujan a reforzar su ateísmo.
Religión
El hombre no es solamente un organismo material sino
también espiritual, dotado de inteligencia y libertad por las cuales es
movido a buscar las respuestas a los enigmas más recónditos de su
condición humana. Esta búsqueda se ve muchas veces influida por factores
sociales, políticos, culturales, familiares,...
En el caso de
Bernard Nathanson, la situación familiar tan caótica, creada por Joey
Nathanson (su padre), impidieron que Bernard se formara una sólida
dimensión religiosa. Por eso escribe en su autobiografía: “No es
que yo me hubiera construido todo un edificio de fe en mi interior [...]:
había demasiada malicia, conflictos, revanchismos y odio en la casa donde
yo crecí”
Además del ambiente familiar, la educación religiosa
recibida por sus padres le fue deformando poco a poco la idea de la
religión, hasta llevarlo al ateísmo. La tibieza religiosa de Joey
Nathanson manipuló la educación religiosa de sus hijos; pues, mientras por
un lado se empeñaba en darles una buena educación religiosa; por el otro,
se burlaba de todos los avances que hacían en el conocimiento de su
religión.
“Casi
tan perversa como la manipulación de mi relación con mi madre fue la
manipulación de mi judaísmo. Hasta mi ceremonia de bar mitzvah,
mi padre se empeñó en que asistiera al cheder
(la escuela hebrea)... Infaliblemente,
su reacción era poner en ridículo las enseñanzas de las que me había
embebido por estricta disposición
suya.”
Esta ambigua
actitud religiosa paterna no sólo estancó la fe de los hijos; sino que
terminó pervirtiendo y secularizando todas las actividades y fiestas
religiosas que se realizaban en la familia Nathanson. Así, por ejemplo,
las fiestas religiosas judías se convertían en días feriados en los cuales
se podía pasar un rato agradable con la familia. Las ceremonias realizadas
por la madre de Bernard quedaban reducidas, a causa de la desaprobación de
Joey y la timidez con que las realizaba, a caricaturas. “[Mi madre]
dirigía cada viernes por la noche una tímida y rebajada versión del
servicio Shabbas tan breve
y apologético (ya que el patriarca no lo aprobaba, y no vacilaba en
hacerle saber sus sentimientos en esos aproximadamente cinco minutos, con
audibles gruñidos y haciendo ruido con la comida que tenía delante) que
era una caricatura de servicio religioso.”
Esta primera impresión que Bernard tuvo acerca de la
religión, se fortaleció con el ambiente que encontró en su comunidad. Al
entrar en contacto con la comunidad judía de Nueva York, Bernard encontró
una realidad mundana que influyó marginalmente en su ateísmo. “Para los
días judíos más sagrados (...), mi padre adquiría cumplidoramente entradas
para que mi madre y él asistieran a los servicios. (...) Hasta la mitad de
mi adolescencia (...) no empecé a preguntarme por qué la religión judía
exigía la adquisición de entradas para adorar mientras otras religiones
adoptaban el criterio de puertas abiertas. (...) comprar entradas con este
fin tenía un dejo de considerar la religión como un espectáculo; o peor,
como una mercancía un tanto indefinida.”
Otro problema de su comunidad, fue que presentaban la
religión de una manera severa y aburrida. A los maestros les preocupaba
que los alumnos supiesen las oraciones y preceptos básicos; sin
importarles si el alumnado los entendía. “Su mayor preocupación [de los
maestros] parecía ser lo rápido que éramos capaces de leer las varias
oraciones en hebreo, y dos veces por semana orquestada concursos sobre
velocidad... ¿Qué significaban las oraciones? ¿Cómo se traducían al
inglés? Estas consideraciones periféricas no se consideraban importantes
en las vertiginosas clases de Mr. Terman... [quien] compendió para mí la
religión judía: severa, implacable y alienante.” Este problema de
planteamiento es común a muchas religiones, en donde, por ejemplo, se
enseña a los niños las oraciones de memoria, sin preocuparse de que
comprendan que la oración es hablar con Dios, es establecer una relación
íntima de encuentro con una persona real.
Las huellas que
dejaron tanto su familia y su educación religiosa las resume Bernard en
una frase: “... mi mundo interior era tumultuoso, tortuoso: sin
fe, sin amor maternal..., y con un acopio considerable de fobias,
fantasías y terrores.”
II. PIENSA EL NECIO: DIOS NO EXISTE
Lo expuesto hasta ahora puede dar pie a que se intente
justificar la actitud de Bernard Nathanson, tanto en lo referente a su
ateísmo como al tema del aborto. Es decir, alguien podría pensar que
Nathanson hizo lo que hizo -y pensó lo que pensó- como consecuencia de la
educación tan secularizada que recibió. Sin embargo, esta afirmación peca
de ligera, pues no tiene en cuenta lo que se conoce por experiencia y que
enseña la antropología filosófica: La libertad.
En la actualidad
“libertad” es una palabra tan usada como poco entendida: envuelve cierta
idea vaga muy fácil de entender; sin embargo, por la muchedumbre y
variedad de objetos a que se aplican, son susceptibles de una infinidad de
sentidos, haciéndose su comprensión sumamente difícil. Para poder aclarar
la significación de este concepto es necesario retornar a la corriente del
pensamiento clásico. El Papa León XIII, en su encíclica Libertas,
decía que “La libertad (...) es propia (...) de los que participan de la
inteligencia o razón, y mirada en sí misma no es otra cosa sino la
facultad de elegir lo conveniente a nuestros propósitos, ya que sólo es
señor de sus actos el que tiene la facultad de elegir una cosa entre
muchas.”
Siguiendo a S.S. León XIII, podemos decir que la
libertad es la facultad de elegir exclusiva de los seres con inteligencia.
Luego, si el hombre es un ser inteligente, sus elecciones serán actos
libres. Por tanto, no es aceptable afirmar que el ateísmo de Nathanson
está determinado por la infancia que tuvo y la educación que recibió. Es
decir, aunque la influencia de estos factores es grande, no suprime la
libertad, ya que queda siempre un espacio para deliberar sobre los propios
actos o para elegir la actitud frente a esos condicionamientos. En
resumen: hay condiciones externas que influyen en los actos humanos. Sin
embargo, no determinan su comportamiento, pues el hombre es un ser dotado
de libertad. Por eso afirmamos que el ateísmo es una actitud producto de
un acto libre por el cual se niega -o ignora- a Dios.
La raíz de un ateísmo
Como hemos visto en el capítulo anterior: la educación
religiosa ocupó gran parte de la vida de Nathanson niño; sin embargo, al
mismo tiempo era una actividad poco valorada por los padres de este. Por
eso, como apunta en su autobiografía, se formó la idea de que la religión
no tenía nada que ofrecerle, que era un lastre. A esta postura ante la
religión contribuyó la deformación de la imagen que tenía de Dios; pues
como el mismo cuenta: “La imagen de Dios que tenía de niño era... la
figura amenazadora y majestuosa del barbudo Moisés del Miguel Ángel. Se
deja caer pesadamente en lo que parece ser su trono, ponderando mi destino
y a punto de vomitar su inevitable juicio condenador. Éste era mi Dios
judío: masivo, leonino e imponente”
Esta imagen de un
Dios tiránico llevó a Nathanson a ver en el ateísmo un acto de liberación
(lo cual resulta coherente con la idea del Dios-tirano). Esta es la
herencia de la “religiosidad” de su padre; es ante este “Dios” -y no ante
el Dios de la revelación- que Nathanson se rebela. «Sin embargo, pensar
que Dios es un rival del hombre o que su afirmación se opone a la dignidad
humana, no tiene ninguna consistencia ante la experiencia humana del
creyente auténtico que descubre su innata grandeza al sentirse relacionado
con su Señor de quien es imagen y semejanza». Por lo visto hasta ahora
podemos sacar como primera conclusión que el ateísmo del Dr.
Bernard Nathanson tuvo su raíz principal en la descuidada educación
religiosa y en la inadecuada exposición de la verdad sobre Dios.
Frutos del ateísmo
“Es
inevitable -dice San Agustín- que quien desprecia las cosas divinas,
estime en más de lo conveniente a las humanas, y que no sepa
amar rectamente al hombre quien no ama al Creador del hombre”.
Es decir, sólo la luz divina nos permite valorar rectamente a los seres
humanos y sus cosas para no concederles más -ni menos- de lo que
justamente reclama su condición. El ateísmo en el caso del Dr. Nathanson,
y en todos los casos, conduce a la devaluación del género humano y/o a la
auto-devaluación. Pues, o bien el hombre como individuo se autoproclama
dios, o erige como dioses a realidades inmanentes (la materia, la
sociedad, la raza,...) ante las cuales se somete.
«Así pues, la dependencia del hombre en relación con
Dios es vital. Quien sustituye al Dios verdadero por uno falso, como
ocurre cuando acapara nuestra atención cualquier ser creado, incluido el
hombre mortal, la mente se oscurece y la alienación y despersonalización
comienza a tener reinado. Por eso, la negación de Dios conduce a un
narcisismo humano verdaderamente digno de lástima. Y en este caso el
pecado habría atrapado de tal modo la verdad que la dignidad de la persona
humana se hundiría en el caos más desesperante.»
Narcisismo egoísta y hundimiento de la dignidad humana
condujeron al Dr. Nathanson al mundo del aborto. Sus primeros encuentros
con él fueron los que realizó -o consintió- a sus novias. Era el comienzo
de lo que sería casi toda una vida dedicada a la lucha pro-choice. Los
hechos más importante de esta parte de su vida sería la fundación del ya
mencionado grupo NARAL y la dirección de una de las mayores clínicas
abortistas: El Centro de Salud Reproductiva y Sexual.
El detonador de
estos acontecimientos fue un descubrimiento que hizo durante sus trabajos
como residente en el Hospital de Mujeres. Nathanson lo relata con las
siguientes palabras: “Los primeros meses como residente estaba sorprendido
por la enorme disparidad en la proporción de abortos espontáneos entre las
pacientes privadas del equipo médico (mínima) y las pacientes pobres de la
zona alta (alta). (...), un simpático residente de mayor antigüedad me
tomó aparte y me explicó lo que es la vida de la medicina: al
menos dos tercios de las mujeres traídas en ambulancia a urgencias en
plana noche, (...) eran
víctimas de abortos ilegales chapuceros.
Este era el problema: qué hacer con
todas esas mujeres sumidas en la pobreza que todavía llegaban en
ambulancia a nuestras urgencias sangrando abundantemente, con conmoción
séptica, fallos cardiacos o incluso muertas. Esta eran las mujeres que
necesitaban nuestra asistencia: en 1967, el aborto ilegal era la
primera causa de muerte en las mujeres embarazadas.”
Estas palabras revelan un problema de gran magnitud que
necesitaba una solución inmediata. Para Nathanson -imbuido en una
mentalidad atea, hedonista y materialista- la respuesta a esto se
encontraba en la legalización del aborto a voluntad a un precio tan bajo
que estuviese al alcance de las más pobres, sin pararse a pensar en los
más indefensos como son los no nacidos.
La Campaña NARAL
En esta
época nació NARAL. Fundado por Lawrence Lander y Bernard Nathanson, esta
asociación se ganó rápidamente la simpatía de los grupos feministas y de
las “mentes liberales”, e inició una feroz campaña pro-aborto. “...era el
momento adecuado. Algo misterioso pero decisivo había sucedido en la
confluencia del asesinato de John F. Kennedy, el hundimiento tortuoso y
lento en el cenagal de Vietnam, y la llegada a la edad de voto de la
generación del baby boom
-quizá la generación más mimada, consentida y políticamente ignorante
(aunque bien educada) de toda la historia de la nación-. Estos elementos
se fueron cociendo para dar lugar a una mezcla tan explosiva como la
nitroglicerina y tan inestable como el quark.
Un tsunami de antiautoritarismo inundó el país, trayendo consigo la
cultura de la droga, la revolución sexual, la perniciosa filtración de la
pornografía, el crimen violento, y la denigración despectiva de la
religión. Temblaron certezas tan incuestionadas como la misma Constitución
de Estados Unidos”
La “nación de Woodstock” se presentaba adecuada para
que NARAL cumpliese sus objetivos. A través de un plan de trabajo
minucioso: todo acontecimiento (desde lo político a lo deportivo) se
analizaba bajo la perspectiva del aborto; se daban a conocer estadísticas
falsas (elevaron falsamente el índice de muertes por aborto de 300 a
5000); se atacó a la Iglesia Católica achacándole cada muerte producida
por abortos caseros. “...era el momento histórico perfecto para atacar a
una autoridad senil con los ojos legañosos. [Lander] También captó que la
autoridad debía tener una forma conocida, una figura discernible, una
identidad clara y preferentemente nociva, y a ser posible con un pasado
vergonzosamente malévolo al que apuntar. ¿ Y que mejor que la Iglesia
Católica? Estaba manchada de sangre; había desterrado, torturado, roto y
asesinado a millones de herejes y a sus seguidores. La Iglesia estaba
entonces apoyando la guerra de Vietnam, en contra de la revolución sexual,
denunciando la cultura de la droga, e ignorando el Movimiento por los
Derechos Civiles. No se podía inventar una cabeza de turco mejor”
A inicios de los
setenta el trabajo de NARAL sería coronado con el “éxito”. En 1973, El
Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó -en el famoso caso
Roe vs Wade, que después se
descubriría que se basaba en una mentira- la legalización del aborto a
nivel federal en tanto que derecho constitucional inalienable.
Con la ley a su favor, el siguiente paso de Nathanson
-y algunos colegas- sería la fundación de una clínica abortista: el Centro
para la Salud Reproductora y Sexual. EL negocio se disparó de forma
inmediata, en seis meses llegó a recibir 120 pacientes al día. Mientras el
Dr. Bernard Nathanson ocupó el cargo de Director de la susodicha clínica,
se preocupó por lograr una mejor atención a las pacientes: reemplazó el
sistema de sueldo por pacientes al de sueldo por horas; despidió a los
médicos con dudosos antecedentes y contrató a especialistas;... Al final
de su etapa como director había logrado disminuir las muertes por abortos
en su clínica.
Pragmatismo y Aborto
En toda su carrera como profesional del aborto,
Nathanson actuó con criterios pragmatistas. A decir de él mismo, las
medidas que adoptó ayudaron a solucionar el problema: ahora son menos las
mujeres que mueren a causa de un aborto mal realizado. Sin embargo, lo
único que logro fue una solución superficial del problema. Jamás se
planteó si el aborto presentaba un problema moral, y por ende no le dio
una verdadera solución al tema del aborto. Esto se debe a que una
mentalidad pragmatista tiende a cosificar a las personas -en este caso la
madre y el pequeño-. Al reducirlos a la calidad de objetos resulta fácil
evadir el plantearse la licitud moral del aborto -y de cualquier
problema-.
Dejemos en claro lo dicho anteriormente: la
legalización del aborto no es la verdadera solución del problema;
solamente es consuelo de “afligidas y liberadas madres” y solución de la
incontinencia de los “machos fecundantes”. Solamente reconociendo la
dignidad de la madre y del hijo -y actuando de acuerdo a esta- se podrá
dar solución al problema del aborto. Un hombre como Nathanson -ateo,
materialista y superficial- no podría descubrir la dignidad del no nacido.
Sólo a través de la prueba del ultrasonido descubriría la dignidad del
embrión.
III. AN DEUS SIT?
Intinerarium mentis in Deum
“El intinerarium mentis in Deum -según la formulación
de San Buenaventura- emerge de lo íntimo del hombre, del interior de todas
las criaturas, del análisis agudo del universo. Y puede realizarse en el
contexto de los diversos tipos y grados de nuestro conocimiento del
cosmos, desde el conocimiento primitivo hasta el científico, que con
precisión maravillosa explora el mundo. Esto vale para cualquier
conocimiento: desde la vinculación a la cosmología aristotélica, a la
astronomía de Ptolomeo o a la moderna de Galileo; del que se basa en la
física de Newton, o del que se funda en la teoría contemporánea de Einsten,
etc.”
En este texto el entonces cardenal Wojtyla explica que
el camino hacia Dios emerge del interior de las criaturas -de cada una en
particular y de todas en general- pasa a través del hombre y lo conduce al
conocimiento de Dios. Pues el hombre descubre lo que las criaturas son y
descubre también su propio ser; los cuales le señalan la existencia de un
fundamento trascendente que sostiene todo el cosmos visible. A esto se
refería San Pablo cuando les enseñaba a los romanos que "Desde la creación
del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son
conocidos mediantre sus obras...". Este es el camino para llegar a Dios:
de las obras al hombre; a la interioridad del hombre, a lo que hay de más
autentica y profundamente humano, y de allí a Dios.
El análisis agudo del universo
Nathanson también
tuvo su itinerario que lo condujo a Dios. Este camino -como lo explica el
Cardenal Wojtyla- partió de una realidad y a través de él lo guió hasta
Dios. Trataremos de mostrar cual es la realidad que impulsó a Bernard
Nathanson hacia Dios. “Cuando, a principios de los sesenta, los
ultrasonidos me mostraron a un embrión en el vientre materno,
sencillamente perdí la fe en el aborto a petición.”
Estas palabras del Dr. Nathanson relatan
un momento importante en la odisea de su conversión. Sin embargo, el
descubrimiento hecho con el ultrasonido no fue lo que lo llevó al
catolicismo; sino que le llevó a reconocer en el embrión un sujeto con
dignidad. La conversión no es una cuestión puramente racional. Como decía
Newman a nadie le han convertido los argumentos; pues en este proceso
también intervienen las “razones del corazón” de las que hablaba Pascal.
La conversión es un acto del hombre entero.
El descubrimiento
del ultrasonido -que en 1984 se daría a conocer en el vídeo El
Grito Silencioso- lo alejó del mundo
de los abortos y lo impulsó a la causa pro-vida. No tardó mucho en
comprometerse con estos movimientos y empezó a viajar y dictar
conferencias. Es a través de estos movimientos que descubre una realidad
que lo disparará por la ruta hacia Dios. A través de sus viajes Nathanson
descubrió la espiritualidad pro-vida que tiene su raíz auténtica en el
concepto imperante de la inmortalidad del alma.
“Asistí entonces en 1989 a una acción de Operación
Rescate contra Planned Parenthood en Nueva York. (...) La mañana del
rescate era triste y fría. Me uní a la legión, de casi dos mil
manifestantes, en el punto de encuentro de las calles 40s de Manhattan
oeste (...). Se sentaron por grupos frente a la clínica, hasta llegar a
bloquear las entradas y salidas de la clínica abortista. Empezaron a
cantar himnos suavemente, uniendo las manos y moviéndose con un balanceo
de cintura. Al principio me movía por la periferia, observando las caras,
entrevistando a algunos de los participantes, tomando notas agitadamente.
Fue sólo entonces cuando capté la exaltación, el amor puro en las caras de
esa vibrante gente, rodeados como estaban por centenares de policías de
Nueva York.
(...) Era, supongo yo, la diáfana intensidad del amor y
la oración lo que me asombraba: rezaban por los niños no nacidos, por las
embarazadas confusas y atemorizadas, y por los médicos y enfermeras de la
clínica. Rezaban incluso por la policía y los medios de comunicación que
cubrían el suceso. Rezaban los unos por los otros, pero nunca por sí
mismos. Y yo me preguntaba: ¿Cómo puede esta gente darse a un público que
es (y será siempre) mudo, invisible e incapaz de agradecérselo?”
La intensidad
espiritual de esas manifestaciones conmovieron al Dr. Nathanson. Trató de
comprender el comportamiento de los manifestantes: Como podía soportar
insultos, atropellos, encarcelamientos. Entonces comenzaron las preguntas:
“¿Por qué estaba yo también allí? ¿Qué me había traído a este
lugar y esta hora? ¿Era la misma fuerza que les permitía sentarse
serenamente y sin miedo en el epicentro del caos legal, médico, ético y
moral”
Lo íntimo del hombre
Estas experiencias vividas en los grupos pro-vida
hicieron que Nathanson volviese sobre sí mismo y empezase a considerar
cuestiones que nunca se había planteado. Dejemos que sea Nathanson quien
nos cuente su vía íntima:
“Me
despertaba cada día a las cuatro o cinco de la mañana, mirando en la
oscuridad y esperando (pero sin rezar, todavía) que se encendiera un
mensaje declarándome inocente frente a un jurado invisible. Tras un
período apropiado de frustrada prevención, me volvía para encender la
lámpara de la mesilla de noche, tomaba la literatura que trataba del
pecado (por entonces ya había acumulado una gran cantidad) y releía
párrafos de las Confesiones
de San Agustín (un alimento de primera necesidad) (...) San Agustín era el
que hablaba de modo más completo de mi tormento existencial, pero no tenía
una Santa Mónica que me enseñara el camino, estaba acosado por una negra
desesperación que no remitía.
(...) Llegué a la conclusión de que sufría una
aflicción del espíritu; el trastorno había surgido, al menos en parte, de
un exceso de libertad existencial, y eso había creado una desesperación en
la penumbra. (..)
(...), yo he pasado por toda la panoplia de remedios
seculares: alcohol, tranquilizantes, libro de autoasistencia, consejeros.
Incluso me he permitido cuatro años de psicoanálisis.(...)
La más intensa de las torturas humanas es ser juzgado
sin ninguna ley, y el mío había sido siempre un universo sin ley.
Santayana escribió una vez que la única dignidad verdadera del hombre está
en su capacidad de despreciarse a sí mismo. Yo me despreciaba mí mismo.
Quizá había llegado, por fin, al principio de la búsqueda de la dignidad
humana. Había empezado a hacer un autoexamen serio (la vida examinada
apenas había valido la pena vivirla) y había empezado a mirar a la cara al
homúnculo de moral retorcida que se reflejaba en el espejo de mi
autoexamen.
Y por primera vez en toda mi vida adulta, empecé
a considerar seriamente la noción de Dios,
un Dios que me había conducido
inexplicablemente por todos los intrincados círculos del infierno, sólo
para enseñarme el camino de la redención y la misericordia a través de su
gracia. Mi pensamiento quebraba todas las certezas decimonónicas que había
albergado hasta entonces; convertía instantáneamente todo mi pasado en una
ciénaga de maldad y pecado; me enjuiciaba y me condenaba por gravísimos
crímenes contra todos los queme habían conocido; y simultáneamente
-milagrosamente- me brindaba un trémulo rayo de esperanza, al
incrementarse mi creencia de que Alguien había muerto por mis pecados y
males hace dos mil años.
(...) la búsqueda de Dios. Era también la búsqueda de
la autenticidad en lo que era -para mí- una empresa revolucionaria.”
Nathanson torna a su hombre interior y busca en él lo
que ha captado en los miembros de los grupos pro-vida. Después de juzgar
el mundo exterior, su conciencia -aquel núcleo secreto y sagrario del
hombre en el que está solo con Dios- inicia un examen de toda su vida. Se
juzga con los nuevos criterios que ha adquirido de los pro-vida:
espiritualidad, el amor a la vida, la inmortalidad del alma. Ante este
proceso de la conciencia se descubre pecador; pero también se descubre
llamado a la redención. A partir de este momento, la búsqueda de Dios se
transforma en la búsqueda de la verdadera autenticidad: ser una autentica
persona poseedora de dignidad. La búsqueda de Dios afirma a la persona en
lo más trascendental que tiene: su espíritu inmortal. En realidad
desconocer a Dios es desconocer al hombre. Y el verdadero conocimiento del
hombre nos coloca en el camino del Dios-que-viene, del Dios-con-nosotros y
en-nosotros recrea lo que el hombre ha malogrado con el abuso de su
libertad.
El Nathanson de
esta lineas busca reconciliarse con Dios, consigo mismo y con los demás.
Esto “presupone superar la ruptura radical que es el pecado, lo cual se
realiza solamente a través de la transformación interior o
conversión que fructifica en la vida
mediante los actos de penitencia.” Al reconocer su condición de pecador,
Nathanson da un gran paso en su camino de reconciliación con Dios; pues,
no son posibles ni la reconciliación ni la unidad contra o fuera de la
verdad.
No estamos solos
“Y es que tengo que arrastrar un peso moral tan grande
hasta el otro mundo que no creer me condenaría a una eternidad quizá más
terrible que cualquier cosa que pudiera vislumbrar Dante en su celebración
pascual de la caída y la elevación redentora. Tengo miedo.
Aunque son grandes
mis temores, ahora sé algo que antes no sabía.
(...)
Ya no estoy solo. Mi destino ha sido dar vueltas por el
mundo a la búsqueda de ese Uno sin el Cual estoy condenado, pero ahora me
agarro al borde de su manto desesperadamente, con terror, en un acceso
sublime de la necesidad más pura que he conocido nunca. Mis pensamientos
vuelven al héroe de mis años de estudiante de medicina, Karl Stern, que
entonces estaba pasando por una metamorfosis espiritual mientras me
introducía en el arte de la mente, sus órdenes y sus fuentes; y a las
palabras que escribió en una carta a su hermano:
«Y no quedaban dudas acerca de ello», escribía Stern,
«habíamos corrido hacia Él, o habíamos corrido huyendo de Él, pero en todo
momento Él había estado en el centro de todo»”
Habiendo logrado el orden en el plano horizontal de su
vida, Nathanson busca ahora alcanzar esa misma reconciliación en el plano
vertical Dios-hombre. “Mi destino ha sido dar vueltas por el mundo...”.
Todos los hombres consciente o inconscientemente se encuentran en esta
condición de constante búsqueda de Dios; pues, como dice Santo Tomás,
“conocer de un modo general y no sin confusión que Dios existe, está
impreso en nuestra naturaleza en el sentido de que Dios es la felicidad
del hombre; puesto que el hombre por naturaleza quiere ser feliz, por
naturaleza conoce lo que por naturaleza desea”.
Sin embargo, para que la reconciliación con Dios sea
plena exige necesariamente la liberación del pecado, que ha de ser
rechazado en sus raíces más profundas. Consciente de esto, el lunes 9 de
diciembre de 1996, a las 7:30, el Dr. Bernard Nathanson se convirtió en un
hijo de Dios, incorporándose al cuerpo místico de Cristo en su Iglesia. El
Cardenal John O’ Connor le administró los sacramentos del Bautismo,
Confirmación y Comunión.
Chuck Colson, líder protestante evangelista, dijo
acerca del bautismo del Dr. Nathanson: “...Miré hacia la Cruz y me di
cuenta de nuevo de que lo que el evangelio enseña es verdad: la victoria
está en Cristo. Él ha vencido el mundo y las puertas del infierno no
pueden prevalecer contra su iglesia... y éste es el modo en que se ganará
la guerra del aborto, a través del cambio que Jesús haga en los corazones,
uno por uno. (...) Este simple bautismo, realizado sin estruendo en la
cripta de una gran catedral, nos recuerda que un niño nacido hace veinte
siglos en un establo, desafía la sabiduría de los hombres. Él no puede ser
derrotado”.
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