7. Tres palabras
Walter Turnbull
Tres palabras salidas de la boca de María Santísima
que son el reflejo de la presencia de Dios en el hombre
Contemplando a María en estos tiempos de Adviento y
celebración de Nuestra Señora de Guadalupe, encontramos tres palabras
salidas de su boca que son el reflejo de la presencia de Dios en el hombre
(fusilado de dos homilías del Padre Prisci).
Yo
soy la inmaculada concepción
María, según la doctrina católica, es la verdadera obra
maestra de la sabiduría redentora de Cristo. Fue preservada de toda mancha
de pecado original en el primer instante de su concepción, por singular
privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de
Jesucristo. El pecado nunca tuvo efecto en su alma. No fue eximida del
dolor, pero sí de cada mancha y falta, y todas las emociones, pasiones y
debilidades depravadas pertenecientes al alma humana por el pecado
original. “Salve, llena de gracia”, dice el ángel en la anunciación.
Los hombres, al
contrario, somos defectuosos por naturaleza. Nosotros sí nacemos dañados
por el pecado, pero también estamos llamados a ese estado de perfección.
En el misterio de la inmaculada concepción de María, Dios nos invita a
todos a esa rectitud de intención, a esa pureza de corazón, a la santidad
de alma. Si Dios demandó la santidad de María para encarnarse como hombre,
pedirá también nuestra santidad para incorporarnos a su reino.
Busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de
Dios (Col. 3, 1).
He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según
tu palabra.
Como era de esperarse, la historia de María es una
historia de entrega a Dios. Todos sus actos fueron encaminados a cumplir
la voluntad y a buscar la gloria del Padre. Desde su consagración a Dios
en el despertar de su conciencia hasta el sacrificio de la cruz y la
gestación de la Iglesia acompañando a los primeros discípulos, pasando por
los altibajos del embarazo, el nacimiento de su hijo en condiciones
precarias, la primera persecución, y muchos años de silencio, de
sacrificio oculto, de guardar en el corazón, de trabajo inadvertido...
Todo en ella es servicio a Dios y servicio al prójimo. María se levanta
del éxtasis de la anunciación para encaminarse a las montañas a servir a
su prima Isabel.
La vida del
cristiano igualmente ha de ser servicio a Dios. Aceptar su señorío,
aceptar su voluntad, aceptar sus mandamientos; aceptarlo como el origen,
centro y fin de nuestra existencia, permitirle que se acerque a nosotros
en las obras de piedad. Y servirlo en los hermanos. Nadie hay tan rico que
no necesite nada; nadie hay tan pobre que no tenga algo que dar.
Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer
(Mt. 25, 34-35). Si la fe no se demuestra con la manera de
actuar está completamente muerta. Yo, por mi parte, te mostraré mi fe por
el bien que hago (St. 2, 17-18).
Mi
alma se alegra en Dios mi salvador.
La Virgen María no
es una persona triste o infeliz. Ella misma lo proclama. Mi
espíritu se alegra en Dios mi Salvador y desde ahora me llamarán dichosa
todas las generaciones (Lc 1, 46.48).
Todos los días, en todo momento. Por encima de injusticias, incomodidades,
incomprensiones, limitaciones, silencios de Dios, humillaciones, mi
espíritu se alegra. Es esa paz y ese gozo que proviene de la confianza en
Dios, la esperanza en el cumplimiento de sus promesas, y el amor que se
recrea en su presencia y su belleza en todo lo que nos rodea. El
Señor ha hecho obras grandes por mí (Lc.1,
49).
Dice San Juan XXIII:
He sido llamado a la felicidad no sólo en la otra vida, sino
también en ésta. Seguramente no
hablaba de la felicidad que dan la comodidad, el lujo, la diversión, el
placer o la vanagloria. Hablaba, igual que María, de la felicidad que da
la presencia de Dios y la confianza en su proyecto para nosotros. San Juan
de la Cruz, en medio de la “noche oscura”, en una vida de renuncia a todo
lo mundano, habla de felicidad profunda. Es esa felicidad que sólo se
alcanza en Dios. Los volveré a ver y su corazón se llenará de
alegría, y nadie podrá quitarles esa alegría
(Jn. 16, 22). El cristiano -escuché alguna vez en una homilía- es el único
que tiene verdadera razón para ser optimista.
Pureza, disponibilidad, alegría. Ninguna puede faltar.
(Espero no haya perdido mucho con la traducción).
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