7. Alegría ¿Dónde
estás?
El anhelo por alcanzar la alegría sigue escrito en el
corazón del hombre con signos indelebles, pero se nos invita a buscarla
donde el corazón no la puede encontrar: en el ambiente exterior, como si
el cúmulo de luces o de adornos, pudieran cambiar el estado interior del
alma. “Hay quienes dan con alegría, y esa alegría es su premio” ¿Por qué
no ganarlo todos los días?
Si se observa cualquier reunión humana, es muy típico
detectar que siempre hay una personalidad más relevante que las demás,
alrededor de la cuál se centra la atención. En los grupos juveniles o
infantiles la atención la suele acaparar no el más sabio, ni el más
inteligente, sino la personalidad que más alegría irradia. El rostro
sinceramente alegre parece que produce un efecto imán en los jóvenes y en
los niños. ¿Por qué?
El niño se expresa como es, y manifiesta su tendencia
natural a buscar la alegría, la bondad y el amor. El ser humano es un ser
para el amor y el amor refleja en diferentes tonos como los colores de un
prisma cuando la luz blanca lo atraviesa. La alegría es uno de los
reflejos del amor genuino.
Si la alegría produce tal efecto de liderazgo ¿Por qué
no se promueve más en los cursos de capacitación profesional? Está
comprobado que vende más el dependiente que con mayor amabilidad y alegría
trata a sus clientes, además esta persona suele tener más éxito en sus
relaciones humanas y posiblemente menos problemas en su vida familiar. Si
con una receta tan sencilla se puede simplificar de tal manera la vida
¿Por qué es tan difícil conquistar la alegría?
“No es oro todo lo que reluce”. La alegría genuina se
caracteriza por tres rasgos: proviene del interior, ilumina, y es
sencilla.
En el interior del ser humano es donde se
enfrenta la vida y se eligen las actitudes. Una vida llena de sentido es
la que contesta cada mañana a la pregunta ¿Vale la pena el día de hoy?,
con “SÍ” entusiasta, porque responde pensando en un… alguien.
El sentido de la vida se descubre cuando se ve el rostro feliz de aquel a
quien se ama. Por ello la alegría proviene del interior, de la decisión
personal de donarse a alguien. Y todos los que alguna vez han hecho la
prueba, tiene que aceptar que el resultado es positivo. “Hay más alegría
en dar que en recibir”
La alegría genuina ilumina el espacio humano que toca.
La persona que la vive, irradia a su alrededor una forma nueva de ver los
acontecimientos. La realidad no cambia, pero sí los ojos con que se la
ven.
Hace seis años tuve la ocasión de conocer a una
adolescente de 14 años a quien detectaron leucemia. En una carta que me
escribía desde Estados Unidos donde fue internada, decía: “El hospital es
un lugar muy bonito, todas las paredes son blancas. Todo está muy limpio y
es moderno. La habitación es preciosa, llena de luz y desde la cama veo
las nubes. Las enfermeras son todas buenas y amables conmigo. He tenido
mucha suerte con los médicos porque me lo paso muy bien con ellos. En la
planta donde estoy hay muchos niños, y a veces podemos hablar, y es muy
entretenido…” El resto del tono de la carta era semejante, pero ¿Desde
cuándo un hospital es un lugar muy bonito? ¿Cómo es posible que le hiciera
ilusión solamente ver pasar las nubes? ¿Por qué todo el mundo era
maravilloso para ella? Volví a leer, unos años más tarde, aquellas líneas,
cuando Alejandra, que así se llamaba, ya había fallecido, y aprendí
entonces que quien era maravillosa era ella, porque aunque murió pronto,
aprendió la lección fundamental de la vida: vivió hacia fuera, olvidada de
sí, e irradió por donde pasó la alegría que la envolvía.
La tristeza, el negativismo y el egoísmo crean
ambientes oscuros. La alegría agranda el espacio e invita a aventurarse en
la esperanza. La alegría como la luz, no hace ruido, pero en su silencio
transforma la realidad.
Por último, la alegría viene siempre de la mano de la
sencillez. Nada de montajes artificiales, de simular posturas para
aparecer más de lo que uno es, ni de complicar las situaciones con
novedades excéntricas. El espíritu alegre lo es porque se conoce tal cual
es, se acepta y no se compara con los demás. Su felicidad no proviene del
tener más o menos, sino de una decisión de querer “ser”, y valorarse a sí
mismo por las decisiones que puede tomar, como la de amar más y amar
mejor. Quien vive desde la perspectiva del amor descubre que la vida es
muy sencilla.
Las fiestas de Navidad tradicionalmente se han venido
identificando con días de alegría, de paz y de amor. Pero últimamente se
encuentra mucha alegría sucedánea, y pocas sonrisas sinceras. Alegría
¿Dónde estás?
El anhelo por alcanzar la alegría sigue escrito en el
corazón del hombre con signos indelebles, pero se nos invita a buscarla
donde el corazón no la puede encontrar: en el ambiente exterior, como si
el cúmulo de luces o de adornos, pudieran cambiar el estado interior del
alma; en la acumulación de objetos materiales, en licores, en placeres de
un momento… Quien cae en esas redes, cuando cree haberla conquistado, abre
las manos y sólo encuentra en ellas lágrimas de su vacío interior, y una
tristeza amarga, que se ocultará a los ojos ajenos, con una escandalosa
carcajada para fingir satisfacción.
La alegría es posible, y está alcance de todos, pero
recordemos, la alegría genuina viene del interior, ilumina serenamente y
se acompaña de la sencillez.
Khalil Gibran escribió en un poema: “Hay quienes dan
con alegría, y esa alegría es su premio”. ¿Por qué no ganarlo todos los
días?
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