4. Una paz injusta
mejor que una guerra justa
Víctor Corcoba Herrero
Para conseguir la preciada paz hay que saber
apreciarla, afirmarse y reafirmarse que la violencia nada soluciona y que
la vida merece la pena vivirla y beberla en el amor. Juzgo indispensable
para los nuevos tiempos, promover valores que hagan conciencia sobre toda
ciencia y belleza en donde nazca maleza, a fin de seguir viviendo como
dice la canción.
Los hechos nos demuestran que la ofensa refutada con la
defensa no es suficiente, porque en vez de vencer el enviste, uno se deja
convencer y vencer por el combate. Pienso, por tanto, que es preferible
asentir una paz injusta a consentir una guerra justa. La paz obtenida a
golpe de fuerzas armadas y bombas encinta de odio, no es más que un alto
en la contienda. La realidad es la que es y no es nada pacificadora.
Necesitamos más que nunca el sosiego de la concordia, sí queremos que la
vida prosiga en el mundo. Estas fechas debieran ser propicias para
concelebrar y celebrar el gozo de estar juntos con la diversidad cultural,
puesto que han empezado a nacer en algunas provincias más hijos de
inmigrantes que de ciudadanos españoles. Un buen propósito para los
tiempos venideros, pues, es empezar por amar cada uno la paz del vecino,
provenga de donde provenga, recurrir menos a las armas y más a las
palabras, al atinado tono y tino del corazón.
Enfrentamientos continuos dejan una estela asombrosa de
difícil cura que nos dividen y separan. Causa espanto ver por distintos
medios de comunicación mujeres y niños utilizados como carne de
compraventa y cañón, puestos como escudos en primera línea de batalla,
dispuestos a guerrear a cualquier precio, leoníferamente adiestrados para
morir matando. Aunque parezca que nos queda lejos este calvario que a
veces no queremos ni verlo, cerramos los ojos y pasamos página; está ahí,
a la vuelta de la esquina, golpeando el bien para infectarnos de mal. Una
plaga que se nos avecina. Por ello, es vital para la avenencia de toda la
familia humana que la subsistencia de toda persona esté garantizada. Sólo
así no se dejará mercadear por ideologías mortecinas.
Las guerras son el mal de nuestro siglo y lo son porque
la política ha dejado de ser esa poética de exploración constante en favor
del bien ajeno, de los que menos tienen, como si fuera el propio. Dicha
responsabilidad no exime a nadie del desvelo, es de todos nosotros,
particularmente de la autoridad política y de los diversos gobiernos,
crear un clima que favorezca el desarrollo integral de los que malviven.
Por poner un ejemplo, y venir a lo más cercano, resulta bochornoso a estas
alturas europeístas y con tantas ventanillas inútiles, bajo el apellido de
asuntos sociales, yo diría más bien descafeinadas de lo social, ver a
pobres por las calles, sentados en una esquina pidiendo una limosna y a
otros, como si fueran un perro, escudriñar en los basureros de hoteles y
restaurantes en busca de ese plato que hemos dejado a medio comer, y por
otra acera, toparse a una familia con un animal vestido con ropa de
sastre, dándole un menú de ricos. ¿No sería más humano adoptar un pobre en
el hogar antes que un animal? -me pregunto-. ¿No es más justo dejar a los
animales vivir en libertad y en su hábitat? -me vuelvo a preguntar-.
Pienso que pertenecer a la
familia humana ha de otorgar un respeto y una consideración, un alma en el
alma de los demás. Nos conviene estar unidos para que los aires destierren
los desaires, tutelar los buenos corazones para que el racimo de la bondad
nos alcance sin racismos. Ahora se pide, desde todos los frentes, un mundo
más seguro; pero, también en la misma línea, habría que pedir un mundo más
solidario que apueste por la fuerza de la razón antes que por la fuerza
del poder. Hay que defender la paz a toda mecha pero sin mancharse por la
venganza y el uso de la potencia.
Cuando el verso nos
universaliza, el poema del amor es el mejor gobierno, la ley de leyes, la
perfección más perfecta, el único aliento posible para alentar la paz y
aletear hacia el bien.
Por todo ello, prefiero una paz injusta antes que una
guerra justa, dado que el bien de la paz está enraizado y rimado
estrechamente a la conjugación del verso, de manera coordinada y
equitativa. Esto sólo se consigue desde la serenidad, mesura, tolerancia y
recato al derecho foráneo. Tal y como está el patio terrícola, es casi un
imposible que una guerra sea justa ante el diluviar persistente de las
injustas injusticias. Para conseguir la preciada paz hay que saber
apreciarla, afirmarse y reafirmarse que la violencia nada soluciona y que
la vida merece la pena vivirla y beberla en el amor. Juzgo indispensable
para los nuevos tiempos, promover valores que hagan conciencia sobre toda
ciencia y belleza en donde nazca maleza, a fin de seguir viviendo como
dice la canción.
Solamente sobre esta base de personas humanas, crecidas
en el amor y no en el dominio para poder más, en vez de servir mejor, se
puede dar una nueva vida digna en libertad y justa en igualdad. Según
estadísticas recientes, rondan el setenta por ciento los españoles que
califican al dos mil cuatro como nefasto. Por encima de cualquier
diferencia de lengua, nacionalidad o cultura, hemos de sentirnos un mismo
corazón al igual que cantó Pemán en su tiempo: “hay que hacer el bien
deprisa, / que el mal no pierde momento”. Y así contribuir, durante el dos
mil cinco, de manera concertada y acertada en la edificación de un mundo
fundado en los valores de vivir y dejar vivir, lejos del saber de los
especialistas, especializados en aplastar a los débiles mientras no se
demuestre lo contrario.
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