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8. La dama y el vagabundo

Walter Turnbull

“La dama y el vagabundo” es sólo una bonita película. La realidad es muy diferente.

He visto la película muchas veces desde que era niño (¿Qué, no van a decir uuuuh?). Divertida, emocionante, tierna. Al final se imponen la nobleza, el heroísmo, la conciencia del deber, la fraternidad, el amor de familia... y sobre todo la frescura de los héroes contra la rigidez de la malvada tía.

El síndrome se repite varias veces en Walt Disney (y en muchos otros). La reina se enamora del vagabundo por todas las cualidades con las que éste supera a los perros de casa. Golfo es guapo, es fuerte, es ágil, es hábil para pelear, es simpático, es astuto, es jovial, es afable, es interesante, es misterioso, es versátil, conoce todos los ambientes y situaciones imaginables, tiene miles de relaciones, sobre todo es inmensamente libre... y al final hasta resulta cariñoso y responsable... Un verdadero sueño.

Lo vuelvo a decir y tal vez tenga que decirlo muchas veces más: los malosos son atractivos. Es como si, igual que a Golfo, el vivir en el peligro los dotara de recursos y de bondades que prometen seguridad, placer y emoción. Supongo que la mayoría de los hombres nos hemos sentido perturbados alguna vez por la aparición de una vampiresa, y la mayoría de las mujeres por la de un golfo. Para aquellos que, por su voluntad o contra ella, han sido toda su vida gente decente, la impresión es mucho más fuerte. Siempre nos cautiva lo nuevo, lo desconocido, lo emocionante. Yo, en lo personal, a veces me siento acomplejado por no ser más de mundo, por no conocer más cosas, por no tener más experiencia, por no ser más como el de la pantalla (Afortunadamente entonces me acuerdo de Santa Teresita, que, sintiéndose débil, daba gracias a Dios por haberla preservado hasta de la oportunidad de desviarse).

Como en la película, los golfos resultan tiernos. “Es que es tan lindo conmigo...”, “es que me dice cosas tan bonitas...”, “es que con todos los demás es un patán, pero conmigo es tan caballeroso...” (No’más faltaba, digo yo, que te tratara mal y tú anduvieras con él).

El problema es que la vida real no es película de Walt Disney. En la película Golfo sienta cabeza en un instante por amor a Reina, y se convierte en un marido responsable, cariñoso y fiel; en la vida real, el golfo casi nunca sienta cabeza, siempre huye al primer inconveniente (normalmente el embarazo), y cuando se queda es más para dar problemas que para arreglarlos. El temperamento violento que antes era tan excitante termina por volverse contra la pareja que en lugar de tener que cuidar a un hijo, tiene que cuidar a dos, uno controlable y uno incontrolable.

Cierto es que no podemos juzgar por las apariencias, y todos tenemos esperanzas de salvación hasta el último minuto (¡Bendito sea Dios!), y muchos grandes santos han sido antes grandes pecadores. La misma doctrina parece favorecer a los golfos. El Padre misericordioso parece amar más al hijo pródigo que al otro hijo. Y en el cielo (ahí sí no parece, sino que es un hecho) hay más fiesta por un pecador que se convierte que por mil justos que nunca se pierden. Aúnese a eso que en la familia de Cristo ni son todos los que están ni están todos los que son. Además, nos consta que hay mujeres que se han santificado sufriendo como unas mártires para evangelizar a un marido impío.

Lo que yo me pregunto es si las reinas que se enamoran de golfos (o príncipes que se enamoran de golfas) están dispuestas a ser mártires por el reino de Dios, o creen que, en un golpe de suerte, en su caso va a ocurrir como en la película, o simplemente viven el momento ciegamente sin medir las consecuencias que puede tener.

La conversión puede venir, eso nadie lo duda, pero hay que ser un poco prácticos. Yo invitaría a las reinas que no quieran ser mártires y prefieran vivir una vida con los problemas normales (ya no digamos tranquila), a que inviertan el orden: que vean si primero pueden lograr que venga la conversión, y ya después (un buen tiempo después) se le entreguen al golfo. No se pueden garantizar los resultados, pero las probabilidades de buen funcionamiento de la pareja son mucho más altas.

 
 

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