1. Jean - Paul Sartre: ¿el Hijo del Trueno?
Fernando José Vaquero Oroquiet
La reciente edición en lengua española de la primera
obra teatral de Jean-Paul Sartre, un texto de indudable tensión cristiana,
ha generado mucho interés en sectores católicos. Por contra, ha pasado
desapercibida en los medios intelectuales laicistas: una muestra más del
sectarismo del poder cultural dominante.
Barioná, el Hijo del Trueno.
Voz de papel,
un nuevo sello de Libroslibres,
ha editado recientemente el primer título de la colección
veritas, avalada por seis
universidades católicas españolas y dirigida por Pablo Cervera:
Barioná, el Hijo del Trueno. Misterio de Navidad
(Madrid, noviembre de 2004). El hecho tiene un interés excepcional: se
trata de una obrita de teatro de incuestionable tensión cristiana, escrita
por el existencialista Jean - Paul Sartre, cuya lectura llevó al teólogo
francés René Laurentin a manifestar que “Sartre, ateo deliberado, me ha
hecho ver mejor que nadie, si exceptuamos los evangelios, el misterio de
la Navidad. Por esa razón le guardo un inmenso reconocimiento”.
Sorprendente, cuando menos.
El libro tiene una extensión de 152 páginas, ocupando
43 de ellas un magnífico estudio, elaborado por José Ángel Agejas, que
aborda las cuestiones más relevantes de la obra: las noticias de su
existencia y la localización de un ejemplar de esta casi olvidada obra, su
contexto general, Sartre y el cristianismo, y, por último, la esperanza
cristiana y otras esperanzas.
La particular circunstancia de esta
edición, relevante en todo caso al tratarse de la primera en lengua
española, que ha visto la luz 64 años después de haber sido escrita por su
célebre autor, ha pasado desapercibida en los medios intelectuales y
culturales mayoritarios, escasamente sensibles a la experiencia religiosa
de tradición cristiana. De esta forma, salvo una pequeña referencia en
El Cultural (de
El Mundo), la mayoría de comentarios
al respecto se han elaborado desde unos medios católicos sorprendidos y
agradecidos. Lástima, y más tratándose de la primera obra de teatro de un
autor fundamental para entender la naturaleza del mundo actual. No
obstante, este hecho, ignorado por la cultura oficialista, plantea
interesantes interrogantes sobre su significación histórica y las
motivaciones de su autor; suficientes razones para suscitar un serio
debate. Todo ello nos lleva a una conclusión: esa cultura mayoritaria se
mueve impulsada por criterios sectarios indiferentes a la búsqueda de la
verdad y a los intereses reales de la sociedad.
En este contexto, nadie pretende afirmar que Sartre
fuera un creyente, ni nada parecido. Sartre se caracterizó, casi toda su
vida, por un odio visceralmente anticristiano, poco matizado incluso;
contribuyendo de manera muy notable a la configuración de buena parte de
los tópicos culturales y mentales, predominantes hoy día, que han
cristalizado en el relativismo y hedonismo mayoritarios. No obstante,
aunque Sartre matizara años después sus motivaciones, fue capaz de
escribir una obra profundamente católica; así la calificaremos sin temor a
equivocarnos. Lo que no quiere decir que él mismo lo fuera; de hecho, se
encargó en desmentirlo expresamente una vez que no pudo ocultarla.
La escribió en 1940, como oficial del
derrotado ejército francés, mientras permanecía en el campo de
concentración alemán Stalag 12 D,
cerca de Tréveris, para realzar la celebración de aquella Nochebuena y la
posterior Misa del Gallo.
El protagonista de la obra, el zelote Barioná, ante el
aumento de la presión romana propone a su pueblo la extinción física de su
estirpe: no engendrar más hijos, desaparecer. De forma inmediata,
paradójicamente, su esposa le confiesa estar embarazada; lo que no había
acaecido durante años. Diversos personajes se suceden en la obra, entre
ellos el rey Baltasar, que encarnó el propio Sartre en aquella Nochebuena
de 1940 ante 12,000 prisioneros de guerra. Este rey es el contrapunto del
zelote: abierto a la realidad, confía en el niño que naciendo en Belén
contiene toda esperanza y verdad auténticas. Barioná, milagrosamente,
cambiará: la mirada que José, el padre del niño, dirige al recién nacido,
le transformará, convirtiéndose, en palabras de Baltasar, en el “primer
discípulo de Cristo”. Por último, según se adivina, morirá en defensa de
la esperanza que le ha encontrado a su pesar, en un intento de evitar que
los sicarios de Herodes consuman sus implacables propósitos.
La esperanza es cristiana.
La persecución radical de la libertad del hombre, y una
apertura a algún tipo de esperanza, fueron actitudes constantes en la vida
y producción literaria de Sartre. Por su parte, en esta obra, nuestro
Barioná, escéptico, pesimista y desesperanzado, encontrará la respuesta a
sus angustias en la persona de Cristo. En definitiva: también Sartre,
feroz demagogo anticristiano, anhelaba las respuestas que su corazón, al
igual que el de cada hombre a lo largo de la historia, exigía. La
necesidad de verdad, belleza, sentido, trascendencia, justicia, amor…,
está grabada en el corazón de todo hombre. Y ello exige una respuesta.
Aunque, tal vez, se termine desistiendo en el empeño o negándola. Pero es
innegable: el corazón del hombre es universal y está orientado a una
respuesta radical y verdadera.
La respuesta de Sartre fue pura desesperación
enmascarada en vitalismo voluntarista. No obstante, ha alcanzando un
enorme éxito: hasta el punto de que nuestro mundo, en buena medida, es su
hijo. Pero, pese a ello, sigue anhelando la esperanza que sólo Cristo
puede colmar.
Esta edición no debiera haber pasado desapercibida. Con
el silencio de la cultura laicista se ha privado a la sociedad española de
un necesario debate; al igual que en otras ocasiones recientes. Por
ejemplo: los límites del laicismo actual, el sentido y la autorregulación
de la televisión, las raíces cristianas de Europa, los fundamentos de toda
ética…
Si en 1940 un Misterio de la Navidad pudo unir a los
prisioneros cristianos y no creyentes de un campo de concentración, así lo
afirmó años después el propio Sartre justificando las razones de su obra,
hoy, que vivimos, materialmente hablando, mucho mejor, no sería posible.
Y, así, se ha negado a nuestra sociedad, un debate cultural apasionante y
la posibilidad de una reflexión esperanzadora. Desde el campo católico,
por el contrario, se ha dado el paso hacia el diálogo: el texto ha sido
editado y la obra ya ha sido representada en la Universidad Francisco de
Vitoria. Esperemos que esos pasos no acaben aquí.
Habrá que seguir actuando así en otras muchas
ocasiones. Es LA esperanza la que sigue llamando, también de esta manera,
a todos; la que el mundo entero, aunque crea no esperarla, aguarda.
Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 88,
diciembre de 2004
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