3. El milagro de los
Reyes Magos
J. Antonio Doménech Corral
No es un cuento fantástico para una noche de sueños y
despertar de regalos más o menos cumplidos. Es verdad histórica el gran
milagro que obraron los Reyes Magos en Belén, siglos después de su visita
que narra el evangelio de san Mateo.
Porque ahora, después de dos milenios de creída, se
duda de su existencia. Y a unas navidades laicas se pretende acompañen
también unos Reyes Magos igualmente laicos. Ahora resulta a muchos
sospechosa la credibilidad popular en la espectacular llegada de unos
Magos de Oriente, con su larga y exótica caravana, a una insignificante
aldea como era entonces Belén. Sobre todo que acontecimiento tan
extraordinario y singular solo fuera narrado por el evangelista San Mateo,
pasando desapercibido para los otros tres, San Marcos, San Lucas y San
Juan. Tan sospechoso como la carga de simbolismo añadido a la escena del
ofrecimiento de regalos al divino bebé: oro como a rey, incienso como a
Dios y mirra como a un condenado a muerte, con detalle de la aparición de
una estrella itinerante en un tiempo que la astronomía rechaza como
posible.
Sin embargo, no faltan comentaristas que aseguran que
la palabra “estrella” del evangelio debe entenderse en el sentido griego
de “fenómeno astronómico”, haciendo referencia al que origina la luz
zodiacal en lugares de Oriente de cielo puro y limpio. Y que los Magos,
conocedores del salmo LXXI del rey David, quisieron ser protagonistas de
lo que el monarca profetizaba en él: “Los reyes de Tarsis traerán tributo
y los reyes de Saba se postrarán ante él ofreciéndole presentes”. Porque
históricamente es innegable que en aquel tiempo el mundo estaba expectante
por el nacimiento de un gran personaje “que iba a regir todo el universo”,
como lo atestigua el gran historiador romano Tácito (Hist. V, 23).
Pero es que, sobre los Magos, se ha ido fraguando en
toda época una tal leyenda añadida, que los ha transformado en seres poco
menos que imaginarios. Que eran descendientes del gran adivino Balaam. Que
eran tres en representación de las etapas de la vida del hombre (niñez,
adulta y ancianidad). Que regalaron a Jesús las mismas monedas de oro
acuñadas por Terah, el padre de Abraham, y las mismas con que José compró
en Saba los perfumes para embalsamar el cuerpo de su padre Jacob. Que sus
nombres, escritos en una cinta atada a la muñeca, preservan del mal de
epilepsia a quienes la llevan. Que años más tarde fueron bautizados por
Santo Tomás en un viaje que éste hizo a la India. ¡Y que sus restos yacen
en la catedral de Colonia!
No obstante, al margen de estas creencias y de su
presencia en Belén de la que sectores laicistas pretenden suscitar la
duda, nadie puede negar la verdad histórica del gran milagro que obraron
allí siglos después. Nada menos que salvar de la total destrucción a la
monumental Basílica del Nacimiento edificada en el año 330 por Santa
Elena, madre del emperador Constantino, para guardar el lugar donde nació
Jesús. Una magnífica fortaleza sobre una ciclópea roca, en la que
figuraban representados los Reyes Magos en el muro de su fachada. Porque,
tan pronto los conquistadores musulmanes de los Santos Lugares fueron a
destruirla siglos después, apercibiéndose de su representación, frenaron
sus demoledores impulsos creyéndoles reyes antepasados de su raza que
habitaron allí. Se volvieron sin tocar una piedra. Es el milagro en Belén
de los Magos, porque la Basílica es el único monumento de su época que
sigue allí en pié. Todos los demás fueron arrasados y luego reconstruidos.
Esta representación de los Magos ya no queda hoy a la
vista, después de que Justiniano I añadiera tres ábsides al atrio
primitivo en el año 540. Si bien en la última visita que personalmente
realicé a Belén en 1998, los religiosos franciscanos, custodios de la
Basílica, me aseguraron tenían la intención de reproducirla en la fachada
actual. Como homenaje.
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