5. La
estrella de las buenas noticias
Víctor Corcova Herrero
En el umbral del dos mil cinco, bajo el clima todavía
navideño, pienso que es un atinado momento hacer nuestro, y participarlo
de este modo, el sentimiento de alegría experimentado por la estela de
gozos que dejan las buenas noticias.
Se comenta en los labios del aire que la verdad es para
el sabio y que la belleza para el corazón poesía. Los históricos marineros
siderales, ciudadanos del tiempo y para el tiempo, nos evocan que un
misterioso lucero nos pone en el camino cuando perdemos el rumbo de la
vida. En el mismo paralelo, la estrella que conduce a los Magos hacia el
Niño Dios, evoca la rica simbología de la luz que guía el camino de las
gentes. Siguiendo todas esas estelas, yo también deseo encender esa luz de
anhelo en el corazón del posible lector y ver al mundo con el cristal del
sosiego. Hay que recobrar la simpatía por vivir. Los antipáticos no pueden
ganarnos la batalla. Si el mundo se envuelve en guerras, hay que
desenvolver la paz y cultivar el corazón. Sólo así, florecerá una amistad
(en la verdad y en la belleza) que nos hermane.
Desde luego, los españoles somos unos privilegiados.
Nuestra singular piel de toro, tan halagada por el sol y acariciada por
las musas, agasajada por los cantores del universo hasta convertirla en
uno de los hogares ornitológicos más acogedor del hábitat europeo, puesto
que tanto desde el punto de vista de las aves reproductoras como de las
migradoras, visitan nuestro territorio en algún momento de su ciclo vital;
haciéndonos, con sus concertados paisajes de trinos, la vida más
llevadera. Es una gozada tomar baños luminosos, sestear con la etérea
soledad y hacer silencio para sintonizar en vivo los conciertos de las
aves, todos ellos indicadores poéticos de buena salud. No necesita
valedores esta hermosura, persuade por sí misma los ojos del alma de
cualquier persona.
En el año del Quijote, a la vieja usanza de los
caballeros andantes de buen ver y mejor vivir, puede resultar fructífero
para el corazón rememorar rutas inolvidables, caminar por las sendas de
los días. A veces caminamos ciegos y así no vamos a ninguna parte. Hay que
hacer, como deber primero, que las buenas noticias resplandezcan,
compendio de que la esperanza es posible, en un mundo de fugacidades,
perdido en inútiles contiendas y sembrado de catástrofes pavorosas. La
calidad de vida no llega por la cantidad de placer conseguido, sino por la
alegría de unir manos y de sembrar buenas acciones. El que España, por
ejemplo, se sitúe entre los primeros países en prestar ayuda, tanto
económica como humana, a los afectados por el maremoto, acrecienta la
grandeza de los pueblos. Ya el célebre Eduardo Marquina, en su tiempo y
para todos los tiempos, puso el acento en donarse sobre todo lo demás, con
estas estrofas: “Oro, poder y riquezas/ muriendo has de abandonar, / al
cielo sólo te llevas/ lo que des a los demás”. Lo que más nos vivifica,
ciertamente, es la incondicional entrega. Y en esto, decir, que no basta
con hacer el bien, hay que rehacerlo con amor.
Ante las múltiples manifestaciones de terror, que por
desgracia golpean desde todos los puntos cardinales de una manera u otra,
la exigencia del diálogo y el requerimiento de saber perdonar resulta
fundamental para que las buenas noticias reverdezcan la tierra e iluminen
el cielo. Acostumbrados a lenguajes dirigidos a quienes están de acuerdo
con nosotros, hemos de aceptar convivencias con personas que piensan
diferente. Para estos casos, admítase la lección del libro de la
naturaleza misma, la del árbol que no niega su sombra, ni reniega del
leñador. Si prestásemos más atención a estos mensajes prendidos del
ecosistema, tantas veces inadvertidos a nuestro paso, seguro que
tendríamos más ecuanimidad a la hora de juzgar y decidir.
En el umbral del dos mil cinco, bajo el clima todavía
navideño, pienso que es un atinado momento hacer nuestro, y participarlo
de este modo, el sentimiento de alegría experimentado por la estela de
gozos que dejan las buenas noticias. El buen sabor de boca que dice el
pueblo. A propósito, creo que debiera prestárseles una mayor atención en
los medios de comunicación y vociferarlas más. La peregrinación que los
Magos realizaron hace miles de años desde Oriente hasta Belén en búsqueda
del Niño Dios recién nacido, no ha perdido interés alguno, más bien ha
crecido como el creciente de la luna, y hoy es repetida por afanados
peregrinos a la búsqueda de lugares santos, con los bolsillos cargados de
fe y el corazón de esperanza. Ésa es una realidad que hoy se omite
mezquinamente por no sé qué cuestión o complejo. También hay otros
peregrinos que nos visitan, los de las pateras, a los que estamos
obligados a recibir con la buena noticia del calor humano. Al fin y al
cabo, todos somos peregrinos en esta tierra de todos y de nadie, porque al
final de sus vidas nadie se la lleva consigo.
Y en la tierra de España y de los españoles, tal y como
está de revuelto el patio de pobladores, pienso que sería una buena
noticia lo de crispar menos y calmar más, lo de unir antes que dividir, lo
de formar antes que reformar. Se lo pido a las Reyes Magos. Pongamos la
razón de ser, antes que la de Estado; y la de Estado, antes que la de los
intereses; y la de los intereses desinteresados por su naturalidad,
dejémoslos trascender como razón de vida. Es menester, que la serenidad
del constitucionalismo de 1978 se regenere y nos genere renovados
consensos. Justo es defender este timón, frente a los desatinos,
desacuerdos, desánimos, desconsuelos, despropósitos, despilfarros,
desdenes y desdichas que nos acorralan de manera incivil, petulante y
malévola. Cuando ya no se toma en serio ni la propia patria, la estrella
de la concordia entra en discordia y se produce el estrellazo. Por ello,
entiendo, el deber de poner remedio; remediar las malas noticias y los
falsos voceros, enmendando conciencias.
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