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2. Los meses y los días

Eduardo Merlo Juárez / www.koinonia.com.mx

Las coordenadas de espacio y tiempo dejan de ser medidas cuantitativas cuando el hombre, como ser pensante, las hace parte de su existencia, en ese momento adquiere un valor caritativo y trascendente.

El hombre en su afán de investigar y descubrirlo todo fue conformando los rasgos esenciales de su cultura. La curiosidad ha sido y fue madre de todo el progreso, el continuo coronamiento permitió buscar respuestas a las incesantes preguntas.

Sin duda uno de los primeros intereses del ser humano fue el firmamento, la observación de los astros a través de cientos de años produjo un conocimiento de la bóveda celestial y los cambios paulatinos pero repetitivos que presentaba. El cielo nocturno, mucho fascinante y mejor observable, fue escrutado hasta sus mínimos detalles Pudiendo quienes se dedicaron en cuerpo y alma a su estudio, no sólo contar las titilantes luces, sino diferenciarlas por su intensidad y asociarías a las fases lunares, pues fue la Luna el primer punto de referencia para la medición del tiempo.

Las variaciones climáticas fueron asociándose a esos períodos hasta conformar una división sistemática temporal, así nacieron los distintos calendarios. Por supuesto que no todos estuvieron perfectos, cada uno fue mejorándose a medida que los sabios de tiempo completo realizaban n descubrimientos. Una de las primeras profesiones respetables y admiradas resultó la de observador del cielo, o sea, astrónomo, pero la simple clasificación se tornó más complicada cuando tales conocimientos trataron de utilizarse asociándolos al destino de los hombres es decir la astrología.

Las concentraciones estelares llegaron, en la imaginación de sus observantes, a formar figuras fantásticas; estas constelaciones prontamente se identificaron como determinantes en el destino de pueblos y habitantes. La clasificación que organizaron los egipcios fue reinterpretada por los griegos surgiendo así las distintas constelaciones que, por contener imágenes o apariencias de seres vivos, fueron denominadas "zodiaco". Y qué imaginación la de nuestros ancestros. Trabajo debió costar al principio convencer al curioso común que una irregular formación de estrellas daba la apariencia de un cangrejo o de unos peces, de un camero y de un hombre transportando agua. Un feroz toro y un temible escorpión, una grácil doncella y un certero flechador de una cabra montés, un león de melena, una balanza o idénticos gemelos.

La transmisión de los conocimientos adquiridos fue enriquecida en cada generación a tal grado que la astrología llegó a regir una parte importante de los estadios culturales. Reyes y gobernantes estaban pendientes de las indicaciones astrales que los sacerdotes especialistas hurgaban en los cielos. Cada momento debía estar ligado al movimiento celeste y por lo tanto la victoria, buena cosecha o suerte benigna debían auscultarse cuidadosamente.

Todas las culturas del mundo buscaron una forma de clasificar el ticmpo, primeramente de medirlo y separarlo por lapsos lo más claramente posibles; con la duración del día y la noche no hubo mayores problemas puesto que la luz y oscuridad marcaban la pauta. La mayor o menor duración de éstos fue ayudando a conformar una medición a mayor plazo; así surgió el año, primeramente mesurado por las épocas de frío y calor, de lluvias y secas, se encasillaron en diversas denominaciones muchas veces relacionadas con las actividades desarrolladas en cada temporada.

Uno de los pueblos más sabios de todos los tiempos fue el egipcio, los vestigios que hasta nosotros han llegado nos hablan de su preocupación por el conocimiento de los fenómenos celestes. Además de ser los padres de las formaciones constelares que reconocemos (a través de los griegos) buscaron en los astros la protección y augurio de su destino. Baste un ejemplo: en uno de los muchos papiros sagrados que se rescataron de las tumbas faraónicas, se precisa una hermosa concepción del mundo y su entorno. Para ellos la tierra era algo masculino y se representaba por medio del dios Geb, quien yacía acostado permanentemente sosteniendo y haciendo brotar la vegetación. Su esposa muy bella no era otra que Nut, el mismísimo cielo personificado en una mujer desnuda que se sostenía sobre manos y pies formando un arco enorme, pues resultaba mucho más grande que su marido; el cuerpo estaba adornado por todas las estrellas y el reverso de sus piernas, la espalda y los brazos hacían las veces de vía por donde "navegaba" la barca de Ra, el Sol bendito y maravilloso, motivo y razón para la vida de ese pueblo.

Entre ambos cónyuges estaba la morada de los hombres, y cuando ellos -los dioses- se ayuntaban provocaban la crecida del Nilo y con ella la vida asegurada en las cosechas. Un personaje con los brazos alzados simula sostener a Nut, pero sin tocarlo, es Shu, el viento o aire que separa a los esposos, es también el cosmos plagado de símbolos que anuncian distintas cosas relacionadas con la vida de los hombres. Los sacerdotes astrólogos debieron refocilarse interpretando este pasaje de la "historia sagrada".

Los habitantes del Nilo fueron los primeros en dividir el tiempo en doce meses de 30 días cada uno, contándolo a partir de nuestro junio, puesto que su sistema estaba regido, además de los astros, por las crecidas del río.

Por una coincidencia que suena lógica, la mayoría de los pueblos concluía su contabilidad con la época de frío e inicio de la renovación de la naturaleza, asociando lo gélido al morir y el reciente calor a la resurrección. Por ello encontramos que algunas culturas del hemisferio sur tuvieron su sistema de cómputo un tanto disparado de sus semejantes norteñas.

La palabra calendario es relativamente reciente, fue impuesta por los romanos un poco antes de nuestra era. Si les parece exagerada la palabra reciente, hay que pensar que muchos pueblos florecieron miles de años antes que los hijos de Rómulo y Remo. Viene del latín "calendoe" o calenda especie de semana de las tres en que dividían al mes. Ellos mismo denominaron "año" al tiempo que tarda el sol en pasar por los signos del Zodiaco. Cada uno de estos lapsos o estaciones fue bautizado de acuerdo con lo que en él acontecía: primavera se compuso de "prima" primera y "vera" orilla "primera orilla del año", certeramente aplicado pues iniciaban el año con esta estación. Verano procede de "estío" que originalmente alude a la erosión que la tierra sembrable sufre por efecto de las lluvias. El otoño en latín se dice "autumnus" (de ahí el inglés Autumn) que significa sazonar, refiriéndose a la cosecha que para esas épocas ya está a punto. La postrera estación: invierno, hace referencia a los aposentos para guardarse del frío "hiberna" o "hibemácula".

Nuestro sistema calendárico fue diseñado por el sabio griego-egipcio: Sosígenes instado por el mismo Julio César durante su estancia en tierras faraónicas. El arreglo dividió al año en siete meses de 30 días y cinco de 31. En honor al conquistador romano se le llamó Calendario Juliano, con ello se logró, por primera vez, unificar a los países alrededor del mediterráneo, pues era el territorio dominado por los latinos.

Otras culturas dividían en forma distinta, como los judíos, que cuentan Su calendario de acuerdo a las fases lunares, con 12 meses de 29 a 30 días. Los islámicos o musulmanes tienen un período anual de 354 días, dividido en meses de 20 y 30 días cada uno, agregándole al final cinco días que no contaban Como los romanos, empezaban la contabilidad al arribar la primavera.

Sosígenes diseñó los nombres que originalmente se darían a los meses, aunque en aquel tiempo se atribuía al mismo Rómulo el bautizo de los mismos. El primer período estaba consagrado nada menos que la diosa de la guerra Marte (en latín Martius), que era una de las deidades más veneradas para un pueblo de conquistadores natos. Según la mitología, era quien velaba día y noche por la seguridad de la ciudad y del imperio, siendo consagrado como patrono oficial.

El siguiente mes estaba presidido por la diosa Aprilis: la "Madre Tierra" cuyo nombre viene de "aperire": "abrir", puesto que es el mes en que se abren las entrañas terrestres para depositar la semilla (serminis) que germinará a su tiempo. La hermosa alegoría se completa con la idea de que era la misma diosa Cibeles hija del Cielo y deidad de la Tierra que resultó esposa de Cronos y progenitora de los dioses olímpicos. Se le asociaba o Rea Silva, madre de Rómulo y Remo.

Mayo tomó su nombre de "Maya" o "Maio" que era hija de Atlante y madre del mismo Hermes o Mercurio. Era también lo estrella más brillante de las Pléyades y patrona de los senadores y personas adultas. De su nombre "Maio" viene la palabra "mayor" refiriéndose a la edad.

El siguiente mes: junio, estaba consagrado a la diosa Juno que amparaba y protegía el matrimonio y el hogar. Era hija de Saturno y de Cibeles y al mismo tiempo hermana y esposa del gran Júpiter. Los griegos le llamaban Hera y la hacían presidir en ese mes los juegos olímpicos. En Roma se aprovechaba su festividad para consagrarle los jóvenes quienes en su honor se llamaban "júniores" en latín "junior".

En el siguiente mes se le agotó la imaginación al buena Sosígenes pues simplemente le llamó "Quintilis" (quinto mes) aunque 44 años antes de nuestra era, fue rebautizado por Marco Antonio (el de Cicopatra) como homenaje a Julio César denominándolo simplemente Julio.

"Sixtilis" seguía en la lista y por decreto del senado romano -supuestamente la máxima autoridad del imperio- fue consagrada en honor de César Augusto o Agosto, como quien dice, una lambisconería póstuma.

Para que no fuera menos que su antecesor a ese mes se la agregó un día más.

Septembris o séptimo mes fue llamado un tiempo vulcanis en honor de Vulcano, dios del fuego y herrero divino. Le sucedía el octava mes (Octubre) en que se celebraba con grandes fiestas la elaboración del vino, por ello se consagraba al viejo Dionisios o Baco, dando lugar a las Bacanales. Luego simplemente venía el noveno mes o novembris (noviembre) y luego el décimo en que las fiestas saturnales eran lo más destacado.

Enero se dedicaba a Jano un antiguo rey de Italia que compartió su poder con Saturno y por ello elevado a la categoría divina. Se representaba con dos rostros, uno el del pasado y el otro relativo al presente. Era el guardián de las puertas del hogar, las que también se llamaban Jonuae.

El último mes del año romano era "februare", nombre que tiene un doble origen, primero el de 'febo" el Sol, y luego de la palabra "fiebre", que originalmente significaba: purificar, era el mes en que la gente se purificaba para recibir limpia al año nuevo. En otra ocasión hablaremos de los días y su origen.

 
 

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