6. Cuidados
paliativos: una asignatura pendiente
El tema de la eutanasia está de moda. Por intereses o
por despiste, lo cual nos hace dejar de lado un tema mucho más importante,
mucho más urgente: la necesidad de una correcta atención al enfermo,
especialmente cuando se acercan los momentos conclusivos de cada vida
humana.
El tema de la eutanasia está de moda. Por intereses o
por despiste, lo cual nos hace dejar de lado un tema mucho más importante,
mucho más urgente: la necesidad de una correcta atención al enfermo,
especialmente cuando se acercan los momentos conclusivos de cada vida
humana. Es decir, la necesidad de promover los “cuidados paliativos”.
¿Cómo entender los cuidados paliativos? Desde el punto
de vista médico, son cuidados ofrecidos para acompañar al enfermo también
cuando la ciencia de Hipócrates no es capaz de curar, pero sí de atender a
quien convive días, meses o años con su enfermedad mientras se acerca el
día del desenlace último.
Resumiendo lo que dice al respecto la Organización
Mundial de la Salud, los cuidados paliativos:
-Son cuidados que afirman el valor de la vida y acogen
la realidad de la muerte como algo normal.
-No provocan nunca la muerte, ni tampoco la retrasan
con sufrimientos inútiles.
-Buscan aliviar el dolor y, en la medida de lo posible,
otros sufrimientos del enfermo.
-Promueven una mejora de la cualidad de vida y la
atención más adecuada al desarrollo de la enfermedad.
-Integran otras dimensiones de la atención al enfermo,
como son la dimensión psicológica y espiritual.
-Ofrecen un sistema de apoyo para que el paciente pueda
convivir con su enfermedad y mantenerse activo (dentro de las
posibilidades de cada situación).
-Sostienen a la familia para que pueda sobrellevar los
inconvenientes y el dolor que implica el convivir con un pariente enfermo.
Se trata, por lo tanto, de acompañar al enfermo de modo
integral, completo, humano. Porque su vida vale mucho. Porque su
enfermedad hace frágil la psicología de quien sufre. Porque los “sanos”
podemos hacer mucho por él. Todos: el personal médico, la familia, el
asistente espiritual (un sacerdote, un pastor evangélico, un rabino,
etc.), el psicólogo.
El médico (en general, cualquier asistente sanitario),
se siente interpelado para dar lo mejor de sí mismo desde el punto de
vista médico y desde el punto de vista humano. También cuando ya no “hay
nada que hacer” para curar, pero sí mucho que hacer para que el dolor se
viva con menos soledad y con más espíritu de acogida. Aprender a usar lo
que la medicina moderna nos ofrece para calmar el dolor y hacer más
llevadera la enfermedad es un deber y un deseo de cada corazón médico, de
cada hombre que trabaja, desde una profesión profundamente asistencial,
con el enfermo.
Igualmente la familia tiene un papel fundamental en los
cuidados paliativos. Ciertamente, resulta difícil y doloroso ver cómo la
enfermedad debilita a un ser querido. Más difícil todavía si se trata de
un niño. Cada situación nos interpela, nos pide sacar esas energías de
amor que tenemos en nuestro interior, y que nos permiten encontrar tiempo
y cariño donde parecía antes haber sólo prisas y descuidos.
Por su parte, el asistente espiritual puede ser un
verdadero compañero de camino. La enfermedad aviva las preguntas más
profundas sobre el sentido de la vida y de la muerte. Dar una respuesta no
es fácil. El recurso a la fe, a la religión, puede abrir horizontes de
respuesta, puede hacernos descubrir que la vida presente es una “realidad
penúltima”, un momento más o menos magnífico que nos prepara al gran paso,
al encuentro con un Dios que nos ama de veras.
También tiene un papel muy importante el psicólogo, que
puede hacer un buen trabajo de grupo con el médico, la familia y el
asistente espiritual para ayudar al paciente a acoger los inconvenientes
que toda enfermedad suscita, para superar un poco el dolor que surge al
constatar cómo día a día se pierde esa autonomía que a todos nos produce
satisfacciones profundas.
Más de un defensor de la eutanasia ha declarado, en
debates públicos, que casi no habría peticiones de eutanasia si se
desarrollasen más los cuidados paliativos y la medicina del dolor. Por lo
mismo, parece muy extraño el que se hagan aquí y allá campañas en favor de
la eutanasia cuando lo que habría que hacer es cambiar mentalidades y
leyes que ponen serios obstáculos al uso de calmantes y anestésicos y a
otras dimensiones de los cuidados paliativos.
Pensemos, por ejemplo, en lo mucho que se ganaría si se
evitase el aislamiento al que se somete, a veces ya sin ningún beneficio
terapéutico, a algunos enfermos terminales. O si se lograse que las
últimas atenciones sanitarias permitiesen al enfermo pasar las semanas
finales de su vida en su propio domicilio.
Siempre quedará, sin embargo, quien no quede satisfecho
por más tratamientos que reciba. El respeto a su rebeldía, a su rabia, no
nos debe llevar a eliminarlo, sino a atenderlo con más cariño, con más
amor.
La eutanasia no es ni será nunca solución, pues cree
eliminar el mal cuando lo que hace es eliminar al enfermo. Lo mejor que
podemos hacer, por amor y por respeto a cada hombre débil y herido, es
promover un esfuerzo intenso, ingenioso, para que dé los pasos que le
permitan descubrir el sentido de su vida también en medio de las penas y
los sufrimientos de cada día. Un reto nada fácil, pero no imposible.
Nuestra misma cercanía podrá hacer descubrir a más de uno (también a
nosotros mismos) que la vida es siempre (siempre, sin excepción) hermosa
cuando hay amor y cuando amamos...
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