7. Pastillas de
tristeza
Mikel Agirregabiria Agirre
Fue uno de esos extraños sueños cuyo sentido se
adivinó al despertar súbitamente.
No sé muy bien cómo empezó todo. Alguien me contó que
una joven, conocida mía, disponía de unas extrañas píldoras que provocaban
un inmediato estado de tristeza profunda. Opiné que debía tratarse de un
bulo, porque en caso de resultar la noticia verdadera sería la más
estúpida invención posible. Días después, me volvió a llegar el rumor de
que la susodicha vecina había traído tales comprimidos de un lejano viaje,
y que se estaban vendiendo rápidamente con un promocional precio inicial.
También supe que esta estudiante se estaba haciendo rica con su producto,
habiendo abandonado la universidad para centrarse en aquella distribución
en la que había invertido todos sus ahorros.
Me explicaron que existe mucha gente que, aún
disponiendo de todo y siendo más o menos felices con sus vidas, decidían
probar la nueva experiencia de entristecerse abismalmente, como último
reto para combatir la posibilidad de una vida alegre y tranquila.
Finalmente me propusieron probar una de las “pastillas tristes”, de bello
color, con el módico precio de un euro. Me aseguraron que descubriría una
nueva dimensión de la aflicción y del dolor, como nunca antes hubiera
podido imaginar. Garantizaron que la experiencia sería inolvidable y que
desearía volver a vivirla, porque su recuerdo queda grabado para siempre.
Tanto me tentaron que hube de tomar una determinación final.
Contesté con rotundidad: ¡NO! Que no me interesaba en
absoluto saber de penas artificiales, de pesadumbres químicas, de muerte
adelantada. Y entonces desperté. Comprendí que eso es la droga, que
promete divertida felicidad, pero sólo aporta un seguro sufrimiento y una
atormentada agonía.
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