2. Luz azul
Mikel Agirregabiria Agirre
Todos los terrícolas deberíamos elegir dos colores
preferidos: el azul y otro.
El cielo es azul por la
interacción de la luz del sol con la atmósfera. La luz solar se
dispersa
por las partículas de aire como Newton comprobó mediante un prisma de
vidrio, según el
fenómeno físico de la refracción.
Podemos ver toda la gama de colores, al igual que las gotas de agua
producen el arco iris: Desde el violeta y azul, hasta el amarillo y rojo.
La desviación es máxima para los rayos de longitud de onda corta (violeta
y azul), y mínima para los de longitud de onda larga (rojo y amarillo),
que casi no se desvían. La luz violeta y azul son las que más se separan o
difunden de la dirección del blanco, por lo que son más visibles en el
cielo, llenándolo y tiñéndolo de su color por las continuas difusiones.
La luz cuando llega a nuestros ojos no proviene
directamente del Sol, sino de toda la bóveda celeste. De ahí que el cielo
nos parezca azul, mientras el Sol aparece amarillo, pues los rayos
amarillos son menos desviados y van casi directamente en línea recta desde
el Sol hasta nuestros ojos. El color del cielo, debería ser más violeta
que azul, por ser su longitud de onda más corta. Pero la luz solar
contiene más color azul que violeta y, además, el ojo humano (que es quien
capta las imágenes), es más sensible al azul que al violeta. Si la Tierra
no dispusiese de atmósfera, la luz del Sol alcanzaría nuestros ojos
directamente desde el disco solar y no recibiríamos luz difundida. El
cielo aparecería tan negro como por la noche, como los astronautas
observan las estrellas, la luna y los planetas durante el día debido a que
están en el exterior de la atmósfera.
Lo más grandioso es que el cielo visto desde la Tierra
cambia frecuentemente de color. De noche es negro, debido a que apenas
llega luz y no se produce suficiente difusión. Las salidas y puestas de
sol brindan casi a diario los más bellos espectáculos que nuestra vista
puede disfrutar. Al amanecer y al anochecer, el camino que la luz solar
recorre dentro de la atmósfera es más largo, de modo que por rebotes
sucesivos los colores más abiertos desaparecen, y sólo los más
direccionales rayos rojos se salvan siguiendo un camino casi rectilíneo.
De ahí el color rojo del sol naciente o poniente. También algunos
atardeceres, cuando las altas presiones atmosféricas concentran por las
corrientes del anticiclón una mayor cantidad de partículas de polvo en el
aire, se produce el cielo rojizo por efecto de esos aerosoles (polvo en
suspensión) que anuncia buen tiempo para el día próximo.
¡Ah, y el mar! ¿Por qué
es azul? Simplemente porque el agua, incolora en pequeñas cantidades,
refleja el color del cielo. Aunque a veces, el mar se presenta verdoso,
debido a minúsculas algas que componen el fitoplancton, que necesariamente
son verdes por la clorofila de todas las plantas que realizan la
fotosíntesis. Pero el océano también adopta otros colores, y no sólo por
el cambio constante de paso de nubes o de variación del firmamento. La
corriente del Golfo, que en la costa oriental americana es de un profundo
azul, en Japón es tan oscura que ha sido llamada
Kuroshio
(corriente
negra). El color verde de las aguas más comunes en cercanías de la costa,
se debe a pigmentos amarillos que se mezclan con el agua azul procedentes
de plantas microscópicas del fitoplancton. Otras plantas microscópicas o
residuos en suspensión también pueden dar tono café al mar.
Los poetas notan que,
como el mar, la vida y la muerte también son azules. Dicen que antes del
impresionismo no había sombras azules. Escriben que los ojos más inocentes
tienen la pupila azul. Aseguran que para ser feliz basta un poco de cielo
azul encima de nuestras cabezas. Rubén Darío dio comienzo al modernismo
proclamando que el Arte es
Azul.
Baudelaire describía el Paraíso como un lugar bajo un cielo de limpio azul
donde todo es amor y alegría, donde todo lo que se ama es digno, de ser
amado. El último verso escrito por Antonio Machado concluyó: “Estos
días azules y este sol de la infancia”.
El contrapunto lo pusieron Ciorán cuando adivinó que “el azul,
sea cual sea su matiz, es la negación de la inmanencia”,
y Argensola al descubrir que “ese cielo azul que todos vemos, ni
el cielo, ni es azul; ¡lástima que no sea verdad tanta belleza!”.
Muchos seguiremos anhelando que nuestro “planeta azul” sea
un universo multicolor de libres irisaciones, pero donde todos los
uniformes militares sean con
cascos azules
(de la ONU).
Además, a los educadores especialmente, siempre nos quedará musitar la
cita del maestro
Vasili Sujomlinsky,
promotor de la “escuela de la alegría” donde el azul es esencial: “Nuestra
escuela estará bajo el cielo azul, sobre la hierba verde, bajo el peral
frondoso, en el viñedo, en el prado. Y mañana venid descalzos, en nuestra
escuela será mejor”.
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