4. El sufrimiento de
los inocentes
Francisco Baena Calvo
Desde la fe cristiana, los sufrimientos de los seres
humanos no son olvidados ni maquillados en pro de nada sino que alcanzan
una densidad insuperable.
El sufrimiento y el dolor, la guerra y el hambre, la
muerte de los seres más queridos y la injusticia más atroz, los desastres
naturales y las masacres etnias enteras en el mundo hacen estallar una
pregunta en forma de estupor y sobrecogimiento: ¿Por qué Dios permite el
mal? ¿Por qué los inocentes y menos favorecidos sufren? ¿Es posible creer
en un Dios bueno y misericordioso después de estas desgracias humanas de
tales proporciones?...
Estas preguntas no son nuevas en la historia humana
pero se recrudecen ante el sufrimiento humano y la muerte de los más
débiles. Además, desde siempre estas preguntas han sido planteadas no sólo
desde conciencias lejanas a la dimensión religiosa sino desde personas
creyentes que han querido encontrar una respuesta válida desde su
confianza en Dios. Pero hoy más que nunca, cuando el mundo de la filosofía
en muchos frentes lanza la idea de que el concepto de Dios está agotado,
el creyente quiere saber qué respaldo teológico tiene la queja contra Dios
en el proyecto salvífico y el devenir histórico, cargado de tanto desastre
y sufrimiento.
Es cierto que el sufrimiento deja sin argumentos
convincentes muchos discursos teológicos pero no por eso en situaciones
límites se reclama con más intensidad la existencia de un Dios que pueda
hacer más llevaderos el llanto y el lamento, al tiempo que haga válidas
sus quejas y rebeldías. Desde la fe cristiana, los sufrimientos de los
seres humanos no son olvidados ni maquillados en pro de nada sino que
alcanzan una densidad insuperable. La Teología de la cruz da respuesta al
sufrimiento y al dolor del inocente. Y la respuesta ante toda miseria
humana es la resurrección de los muertos como un acto reivindicador de
Dios que sale al encuentro del hombre, sobre todo del maltratado por la
vida y las circunstancias. Esta esperanza en la resurrección y en el
triunfo de Dios alienta a los creyentes a no caer en el desaliento y a
luchar para transformar las estructuras a favor del hombre y a trabajar
para ayudar a las víctimas, aunque tiemble su interior con lágrimas
fuertes.
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