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5. ¿Año nuevo con aprendizajes del pasado?

Pbro. Ignacio González Molina / www.koinonia.com.mx

Hemos tenido en nuestro país años nuevos aciagos, otros positivos y cargados de bonanza, y muchos sumamente inciertos o ambivalentes.

ENERO Y AÑO NUEVO

El mes romano llamado "januarius" o "ianuarius" corresponde a nuestro enero en castellano. En portugués se denomina "janeiro" y es precisamente el apelativo de la ciudad de Río, descubierta en aquel enero de principios del siglo XVI: Río de Janeiro.

En inglés se dice january porque corresponde a la puerta de acceso del tiempo que comienza. Para nosotros y muchos más, es el mes que arranca con el Año Nuevo, presagiando muchas cosas y eventos desconocidos que nos ponen en actitud vigilante:

"año de pares, año de males; año de nones, año de dones... Año de nieves, año de bienes"...

Metafóricamente hablando, podemos pedirle al Jano legendario que nos preste una de sus dos caras, la que mira hacia el pasado. Podremos así contemplar muchos eneros en la historia de nuestra nación mexicana y constatar que el refranero popular tiene razón y que es como un "quinto evangelio". Hemos tenido en nuestro país años nuevos aciagos, otros positivos y cargados de bonanza, y muchos sumamente inciertos o ambivalentes.

AÑO NUEVO DE 1821 CASADO DE PAZ Y CONCILIACION

Como dice nuestro pueblo, "para muestra un botón”: aquel enero de hace 178 años fue bastante favorable para la reconciliación nacional.

Don Vicente Guerrero, el Caudillo del Sur, después de algunos encuentros militares favorables a la insurgencia, se dio cuenta de los deseos pacificadores de Iturbide y le escribió una carta, en Rincón de Santo Domingo, con fecha 20 de enero de 1821. En ella le proponía dar fin a la guerra larga y sangrienta de casi once años. Destaquemos algunos párrafos:

“Hasta esta fecha llegó a mis manos la alma carta de usted del 10 del corriente, y como en ella me insinúa que el bien de la patria y el mío te han estimulado a ponérmela, manifestar los sentimientos que me animan a sostener a mi partido. Como por la referida carta descubrí que usted posee alunas ideas de liberalidad, voy a explicar las mías con franqueza, ya que las circunstancias van proporcionando la ilustración de los hombres y desterrando aquellos tiempos de temor y barbarismo en que fueron envueltos los mejores hijos de este desgraciado pueblo. Comencemos por demostrar sucintamente los principios de la Revolución; los incidentes que hicieron más justa la guerra y obligaron a declarar la Independencia”.

"Todo el mundo sabe que los americanos, cansados de promesas ilusorias, agraviados hasta el extremo y violentados por último, de los diferentes gobiernos de España -que levantados entre el tumulto uno de otro sólo pensaron en mantenernos sumergidos en la más vergonzosa actitud y privarnos de las acciones que usaron los de la Península para sistematizar su gobierno durante la esclavitud del Rey-, levantaron el grito de independencia y libertad bajo el nombra de Femando VII, para sustraerse sólo de la opresión de los mandarines. Se acercaron nuestros principales caudillos a la capital para reclamar sus derechos ante el Rey Venegas, y el resultado fue la guerra. Esta nos la hicieron formidable desde sus principios, y las represalias nos precisaron a seguir la crueldad de los españoles. Cuando llegó a nuestra noticia la reunión de las canes de España (Cádiz), mismos que calmaron nuestras desgracias en cuanto se nos hiciera justicia. ¡Pero qué vanas fueron nuestras esperanzas!...”

"Entonces descubren todo el daño y oprobio con que se alimentan a los americanos (novobispanos)... Entonces se burlan de nosotros y echan el resto a su iniquidad; no se nos concede la igualdad de representación, ni se quiso dar de reconocernos con la infame nota de colmos, aún después de haber declarado a las Américas parte integral de la monarquía... Sepa usted distinguir y no confunda: defienda sus verdaderos derechos y esto le labrará la corona más grande, entienda usted. Yo no soy el que quiero dictar leyes ni pretendo ser tirano de mis semejantes; decídase usted por los verdaderos intereses de la Nación, y entonces tendré la satisfacción de verme militar a sus órdenes y conocerá a un hombre desprendido de la ambición e intereses, que sólo aspira a sustraerse de la opresión y no a elevarse sobra la ruina de sus compatriotas... He satisfecho el contenido de la carta de usted porque así lo exige mi crianza, y le repito que todo lo que no sea concerniente a la total independencia, lo demás lo disputaremos en el campo de batalla…”

El día 24 del mes siguiente, febrero, se proclamó en Iguala nuestra bandera tricolor con el ideario de aquel Año Nuevo venturoso: ¡independencia (verde), religión (blanco) y unidad de raza y sangre (rojo)!

AÑO NUEVO DE 1848 CON CICATRICES QUE DUELEN TODAVÍA

Con cicatrices que duelen todavía Aquella Navidad de 1847, a tres meses y días de la toma de Chapultepec, fue sumamente dolorosa para las conciencias y corazones de los mexicanos conocedores de lo que pasaba.

La duda marcaba quiénes se inclinaban a firmar la paz con los estadounidenses invasores (presidente De la Peña y Peña, Luis G. Cuevas, Bernardo Couto, Miguel Atristain y otros) y los que se oponían a la paz forzada, proponiendo una resistencia hasta el final (padre Celedonio Dómeco de Jarauta y seguidores). Por eso, el Año Nuevo de entonces resultó ser muy doloroso. Al mes siguiente, el 2 de febrero de 1848, en la Villa de Guadalupe Hidalgo, D.F, se firmó el “Tratado de Paz, Amistad y límites" entre nuestro país y Estados Unidos.

México perdió entonces los territorios de Texas hasta el río Bravo, parte de Tamaulipas (entre los ríos Nueces y Bravo), Nuevo México y la Alta California. Se cedieron más de dos millones de kilómetros cuadrados "a cambio de quince millones de pesos". El artículo primero se redactó y se firmó así: "Habrá paz firme y universal entre la República Mexicana y Estados Unidos de América, y entre sus respectivos países, territorios, ciudades, villas y pueblos, sin excepción de lugares o personas”.

AÑOS NUEVOS INCIERTOS O AMBIVALENTES

En este siglo, a principios, concretamente en 1907, hubo acciones que desembocaron en la contradicción. El Año Nuevo de aquel entonces significó para los obreros de Cidosa (Compañía Industrial de Orizaba, S.A.) un laudo presidencial contrario a sus legítimas peticiones laborales.

Por eso hubo huelgas y actos violentos en Río Blanco, Nogales, Santa Rosa y lugares circunvecinos del estado de Veracruz. Por otra parte, a nivel macroeconómico nacional, la apertura del ferrocarril trans istmico entre Coatzacoalcos y Salina Cruz auguraba bonanza en la transportación de mercancías, hasta que se abriera el Canal de Panamá y provocara seria competencia (1914). Por eso, lo que inició el presidente Díaz lo tuvo que cancelar el presidente Carranza posteriormente. La fiesta de Año Nuevo de 1907 fue equívoca y breve.

Setenta y nueve años después, en enero de 1986, el Año Nuevo apareció con cara de duelo y tristeza. El rostro del mitológico Jano nos hace ahora contemplar la muerte de don Juan Rulfo, ganador del Premio Nacional de Letras en 1970. Por otra parte, el mismo Dios y Rey Latino nos presenta la otra cara, la del futuro, a partir de 1994. Con ella debemos apreciar al espíritu del mexicano que no se desmorona en Pedro Páramo "como si fuera un montón de piedras" y que camina en El llano en llamas, cuando leemos en “Nos han dado la tierra":

"Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habrá después; que no se podrá encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay ajo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza...”

 
 

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