2. No hay más nación
que la humanidad
Víctor Corcoba Herrero
La humanidad, toda ella, es la única nacionalidad
verdadera, la razón de la existencia.
Lo de unirse y reunirse como lo de integrarse y
reintegrarse, es cuestión que no debe cuestionarse, porque la vida es
comunión de equilibrios y camino de manos enlazadas. La humanidad, toda
ella, es la única nacionalidad verdadera, la razón de la existencia. Por
ello, para hallarse con los demás, al igual que con uno mismo, hay que
aprender a convivir y conversar sin chantajes, ni amenazas, con la
libertad de pensamiento y la ciencia del alma en los labios. Uno que está
por el respeto más absoluto a todas las culturas y cultivos, a todas las
historias y vidas, la pertenencia a la humanidad es un reino de unidades y
debiera ser una unidad unida.
Cuesta entender, por tanto, que se ponga en entredicho
la indisoluble unidad de la Nación española y su fundamento
constitucional, suficientemente garantizadora de un derecho a la autonomía
de las nacionalidades, advirtiendo el deber de la solidaridad entre
pueblos. Arrecian unos desaires de división temibles, puesto que generan
un cociente que nos crispa y un resultado que nos disgrega. Ya se sabe,
las fronteras siempre nos enfrentan, por puro egoísmo y necedad. En la era
de las apariencias y del barniz corporal Express, todo el mundo quiere ser
el centro de algo, aunque sea todo un despropósito, como es el caso de que
algunos hijos de la Gran Bretaña se vanaglorien de ser la capital del
orgullo gay u otras marionetas maltratadas por un titiritero se resignen
al calvario. Eso de que las minorías sean dueños de llaves capaces de
abrir o cerrar puertas a la convivencia, según su interés de poder
apoderarse, tiene difícil avenencia.
Es cierto que cada vez somos más diversos. Sin embargo,
las distintas nacionalidades, en cuanto raíz cultural distintiva de los
pueblos de España, lo que han de propiciar sobre manera aquellos que
concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son
instrumento fundamental para la participación política, en todo caso, ha
de ser el encuentro, no el encontronazo, y la lealtad hacia valores de
peso natural, como puede ser la libertad, justicia e igualdad. Toda opción
cerrada y que encierra, deshumanizadora y fanática en levantar muros, es
incompatible con la misma humanidad a la que tendríamos que amar más todos
y mejor, porque de ella somos parte en partes iguales según reza en el
parte natural de todo nace y todo se muere.
A Tristan Bernard había dos cosas que le admiraban: la
inteligencia de las bestias y la bestialidad de los hombres. Movido en ese
mismo paralelo del discernimiento asombroso, hay dos cosas que actualmente
me afligen: el separatismo de los rebaños y los rebaños de lobos
parcelando estados de miedo para su estatus de nación. Por lo demás, que
nuestros líderes políticos profundicen a fondo, y también con buenas
formas, sobre la manera de aglutinar voces en favor de una sociedad más
hermanada y fortalecida democráticamente, debiera sosegarnos porque en su
horizonte sólo ha de haber un deseo: el de garantizar la concordia de
todos con todos.
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