8. Sobre el
empoderamiento de la mujer en el matrimonio
Carlos Agustín Masías Vergara
En muchos planteamientos de origen feminista, para la
solución de problemas concretos, se recurre a una visión de la relación
hombre-mujer limitada, como es la relación de poder. Así, se ignora la
verdadera naturaleza de dicha relación que se fundamenta en la confianza.
Hace algunos sábados veía en la televisión un programa
en el que se analizaba una situación preocupante: el aumento de casos de
VIH en matrimonio. Grosso modo lo expuesto en dicho programa iba más o
menos así: Ha habido un aumento de casos de VIH en las relaciones
supuestamente monógamas. Muchas mujeres que son fieles a sus maridos se
sorprenden cuando se les diagnostica esta enfermedad, y es que, aunque
ellas han sido fieles, lo más probable es que el esposo no lo haya sido
(puede darse el caso de que el marido haya adquirido el sida por alguna
otra de las vías posibles). Según los panelistas de este programa, estos
casos se habrían podido evitar con el uso del preservativo. Lo que sucede
-seguían explicando- es que en las relaciones tradicionales el poder lo
tiene el hombre, y es él el que decide bajo que condiciones se mantienen
las relaciones sexuales en la pareja. A la mujer no le queda más que
acatar. De acuerdo a estos expertos la solución pasaría por concientizar a
la mujer para enpoderarla, es decir para que ella también adquiera poder a
la hora de decidir las condiciones y pueda exigirle a su pareja que use
preservativo cuando ella considere que existe riesgo de que su pareja sea
portadora del VIH.
No me voy a detener sobre las objeciones de carácter
moral al uso del preservativo, que quizá los integrantes del panel
considerarían discutibles, sino sobre algunas objeciones más de carácter
práctico y de sentido común. Y es que estoy convencido de que el tal
empoderamiento, como herramienta para combatir el sida en las parejas
monógamas, está condenada al fracaso. ¿Piensan seriamente estos panelistas
que esta mujer empoderada podrá exigir a perpetuidad el uso de
preservativo? ¿Y si este matrimonio desea tener un nuevo hijo? ¿Deberá
exigirle un examen de elisa a su pareja?... Y por último no hay que
discurrir mucho para caer en la cuenta de que se corre el riesgo de que el
preservativo falle. (Porque eso de que un preservativo bien utilizado
nunca falla es tan verdadero y tan falaz como aquello de que los misiles
inteligentes nunca fallan, pero fallan los seres humanos que los
programan).
Pero además de ineficaz, la propuesta de empoderamiento
es anatópica. Esta solución es producto de una extrapolación al ámbito de
la pareja de una realidad que proviene de otros ámbitos y que no es
aplicable. Quizá una interpretación de poder de las relaciones que se dan
en el ámbito político-social y empresarial sea correcta, y por ende el
empoderamiento sea una herramienta eficaz (Aunque a mi parecer el puro
empoderamiento no sea del todo eficaz); sin embargo, las relaciones
propias de una pareja, y las relaciones propias de una familia, no son
relaciones de poder, interpretarlas así conlleva a la degradación de dicha
relación.
Podemos distinguir, sin afán de exhaustividad, tres
tipos de relaciones. La relación de poder se basa en el mando y la
subordinación; la relación de reciprocidad se basa en el intercambio
voluntario de bienes; y las relaciones de confianza que se basa en la
preocupación real por el bien del otro. Como puede verse, las diferencias
entre estos tipos de relaciones es el nexo más vital que se establece
entre los miembros de las relaciones de confianza, y bien llevada puede
llegar a una gran solidez. Y es que, mientras que en las relaciones de
poder debe haber una persona portadora de poder y la otra subordinada,
pues si la primera pierde el poder o la segunda deja de estar subordinada,
la relación desaparece; y en las relaciones basadas en la reciprocidad los
miembros deben tener algo que intercambiar, de lo contrario no puede darse
la relación; en las relaciones basadas en la confianza exigen únicamente
que el otro sea.
Claro ejemplo de esto es las relaciones donde se dan
casos de violencia. El poder -en estos casos brutal- de una parte que
somete a la otra. Pero cuando la otra parte pierde el miedo, lo más
probable es que esa relación no se salve, porque dicha relación de poder
ha desaparecido, ya no tiene efecto sobre una de las partes. Empoderar a
la mujer es poner en riesgo la existencia misma de la relación, y más aún
en un tema tan delicado dentro de la pareja como es el sexual, pues
introduce la desconfianza en la relación. Es decirle al otro: «Te quiero
mucho, te amo mucho, pero no me inspiras confianza.» El empoderamiento
pretende hacer depender la relación yo-tú de la pareja de un elemento
distinto a la de la Palabra que la estableció, que es el poder. Este poder
surge de modo dialéctico en respuesta al excesivo poder del hombre; por lo
tanto la dinámica relacional se constituye en la búsqueda constante de un
equilibrio del poder y no en el encuentro y la mutua inhesión de la
pareja, de la tensión confrontadora y no de la unión.
Por último me parece que el tema del
empoderamiento está mal enfocado. Si las mujeres son fieles, y los hombres
infieles y causa del problema ¿Qué curioso árbol de problemas y soluciones
da como repuestas que hay que empoderar a las mujeres? Si un marido, por
alguna alteración mental, se vuelve violento con su esposa ¿Cuál es la
solución más racional: enseñarle kung fu a la esposa o tratar
psiquiátricamente al esposo y sacarle el mal? La respuesta es evidente. No
se trata por lo tanto de empoderar a la mujer en el ámbito familiar, sino
de mostrarle tanto a hombres como mujeres (porque no me creo que el
problema sea sólo causa de hombres) cuál es la naturaleza de las
relaciones conyugales. Como decía Edith Stein, «Los fundamentos de toda
vida común humana son confianza
y consideración",
consideración que implica actuar pensando siempre en las consecuencias que
nuestras acciones tendrán en la otra persona. Es decir, hacernos dignos de
confianza.
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