5. La credencial
religiosa en el mundo actual
Víctor Corcoba Herrero
El fomento de lo religioso ayuda a liberar al hombre
contemporáneo del miedo a las ataduras creadas por el propio hombre.
Aunque sólo sea por eso, todo pueblo necesita ser religioso por
naturaleza, por su propia razón de vida. Un pueblo que se aleja de lo
religioso morirá entre los poderes terrenos, porque nada le alimenta la
virtud.
Al contemplar la situación actual del mundo
contemporáneo parece que lo religioso nos espanta, especialmente en el
campo de la ética y de lo moral. Es una opinión injustamente difundida más
que un pensamiento generalizado, puesto que son muchas las personas que
viven en soledad la cuestión devota. Algunos medios de comunicación han
tomado por costumbre ridiculizar el hecho religioso y sembrar contrariedad
para confundir. La atmósfera se agrava todavía más, cuando los teólogos
con posturas enfrentadas, en vez de hablar claro y profundo, lo hacen a
medias tintas, halagando oídos y aliándose a doctrinas de fácil
popularidad. Así, desde luego, resulta más complicado enderezar caminos y
aderezar horizontes.
Cuando todo se tergiversa hacia unas independencias
camufladas, lejos del servicio al bien y a la justicia, se camina a la
deriva, con un montón de esclavitudes a cuestas. Ahí está la añorada
guinda de la libertad. A todos nos gusta poseerla. La hemos santificado.
Sin embargo, es tan vociferada como enviciada. Hoy está de moda
considerarla como una rentabilidad personal, aquello que me procura un
beneficio o un goce personal. Realmente, son más bien pocos los que hablan
de la verdadera libertad, aquella ordenada hacia el Creador, fruto del
crecimiento humano y de una bondadosa semilla en desarrollo, dádiva a
compartir todos con todos los seres humanos, voluntad que rige el orden
moral del universo. Ya lo dijo Willian Hazlitt: “el amor a la libertad es
amor al prójimo; el amor al poder es amor a sí mismo”. El lector dirá con
qué amor andamos.
La ceguera de los nuevos tiempos concibe al hombre como
un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio
en el goce de las cosas, en su mayoría ocultando toda credencial
religiosa, tanto en su forma de ser como en sus actuaciones. Claro, así,
con esta forma de pensar, ciertamente, no se necesita una Constitución
europea que haga mención a los valores del Evangelio, la confirmación más
plena de todos los derechos del hombre, y mucho menos a nuestras raíces
cristianas centradas en el hombre, un ser para el que la única dimensión
adecuada es el amor sobre todo lo demás.
Se nos dice que la Constitución europea, próximamente
sometida a referéndum, es una etapa importante de la construcción
europeísta. Que ha sido redactada con el fin de responder a los desafíos
que plantea la Europa del mañana: una Europa de veinticinco Estados
miembros y cuatrocientos cincuenta millones de habitantes; una Europa
democrática, transparente, eficaz y al servicio de los europeos. Creo que
a todos nos satisface la idea, aunque también a muchos nos invade la duda.
Ya me dirán cómo pueden cambiarse estructuras que acrecientan las
desigualdades desde la sola lógica humana y racional de la economía, de la
política y de la sociedad, sin contar con renovar actitudes más humanistas
y éticas, en la medida de más amor hacia los que más amor necesitan;
porque el bien ha de ser común, para el común de los humanos. Se olvida
que muchos de los valores constitucionales están contenidos en las
enseñanzas religiosas, que también se pretenden defenestrar de los planes
docentes.
En este sentido, cuando tanto se nos llena la boca de
europeístas defensores de derechos, cuesta entender que padres y docentes,
a estas alturas del constitucionalismo español, tengan que movilizarse
todavía y presentar millares de firmas, para que no se les prive a sus
hijos de una educación conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas
y pedagógicas. ¿Qué libertad es ésta? Sorprendentemente, sin sentido
alguno, se relega de una disciplina que da una visión armónica del mundo y
de la vida humana. Téngase en cuenta, además, que para entender nuestra
cultura, cuyos valores y expresiones artísticas hunden sus raíces en la fe
cristiana, ha de profundizarse en los valores teológicos y espirituales
desarrollados a lo largo y ancho de nuestra historia. ¿Por qué esa
vergüenza? ¿O quizás es miedo a la religión como fuerza transformadora? Si
las religiones no deben ser usadas como trágico pretexto para
antagonismos, ya que nadie tiene derecho a invocar a Dios en beneficio de
sus propios intereses egoístas, tampoco es de recibo que el mundo actual,
sobre todo el europeo, desvirtué continuamente lo religioso y lo devore a
la indiferencia.
El fomento de lo religioso ayuda a liberar al hombre
contemporáneo del miedo a las ataduras creadas por el propio hombre.
Aunque sólo sea por eso, todo pueblo necesita ser religioso por
naturaleza, por su propia razón de vida. Un pueblo que se aleja de lo
religioso morirá entre los poderes terrenos, porque nada le alimenta la
virtud. Considero, pues, que el mundo actual, confunde el sano papel de la
religión, como expresión de identidad de los pueblos, que tienen en su
haber la justicia y la paz como un desafío siempre presente, para
contrarrestar el desorden social que nos circunda, desde la anarquía a la
guerra, partiendo de la injusticia a la violencia y a la supresión del
otro. O sea, como diría Voltaire, si Dios no existiera, sería necesario
inventarlo.
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