6. Codo a codo con
Jesús
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
En nuestros días hay muchos
crucificados. Muchísimos más de los que podemos imaginar...
cuánta crucifixión y cuánta destrucción de la fama de
las personas. A más de uno le llenará de
consuelo el pensar que camina codo a codo con Jesús rumbo al calvario y...
¡hacia un poco más allá la resurrección!
Jesús camina hacia el calvario.
La cruz pesa.
Los hombros se le hunden.
La sangre corre abundante desde la cabeza hasta los
pies.
Jesús es fruto totalmente maduro para glorificar al
Padre.
Pero los hombres no le dejaron madurar físicamente y
por la edad.
Lo maduraron a golpe de cruz y golpe de látigo.
La multitud se apiña en la estrecha calle de la
amargura.
La calle se ha hecho amargamente larga.
Jesús cae y, aunque tambalea, se levanta con la cruz.
Su madre, María, está cerca y lejos.
Cerca, muy cerca, corazón con corazón en su interior.
Lejos físicamente porque no le dejan acercarse a su
Hijo, que hoy es “el reo”.
Sin embargo ella anima a Jesús con palabras directas
que salen del corazón y no de los labios... palabras que llegan directas
también al corazón de Jesús, sin pasar por sus oídos.
Sabiendo, pues, que Jesús la oye:
- Hijo, camina... queda poco... el calvario se
acerca... pronto oscurecerá... allá arriba el Padre (tu padre verdadero)
te espera para recoger tu alma bendita y resucitar tu cuerpo con gloria.
¡Sube y consuma el holocausto!
- Tantas veces has repetido fiat, hágase, que tu Padre
te ha tomado en serio.
- Pero ¡Ánimo, Hijo!, la resurrección también se
acerca. Está detrás de ese rocoso calvario.
Sin embargo aún queda algo más: Cuando uno da todo:
salud, inteligencia, tiempo, dinero, edad, posibilidades... ¿qué le puede
quedar para hacerle sufrir más arrebatándoselo?
Una cosa queda; algo que el hombre honrado ama más que
la vida: la fama.
También el holocausto de Cristo ha de ser total y como
le queda un poco de fama, allá están los burlones escribas y fariseos
recomiéndose de gozo ruin (los fariseos dicen y las mujerucas de Jerusalén
lo repiten para ganarse a los dirigentes):
- Éste era el que destruía el templo y lo edificaba en
tres días.
- Fíjate, dicen que salvó a tantos y no puede salvarse
a sí mismo.
- A ver si viene Elías a salvarlo.
- Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz.
- Si tanto confió en Dios que Dios venga a salvarlo
ahora.
La Virgen, allá (y hoy) en su corazón, siente que le
bullen otro tipo de sentimientos:
- No recen por mi Hijo... no recen por los siervos de
Yavé que están también crucificados como mi Jesús. Recen por sus asesinos,
recen por los que ayer a Jesús y hoy a tantos servidores suyos los
maltratan, los envenenan, los persiguen, simulan un accidente. Recen por
los que no tienen corazón.
Así hicieron con San Francisco de Asís, San Alfonso,
San Gerardo, el Santo P. Pío... hombres y mujeres de ayer y de hoy cuyo
único pecado fue seguir de cerca las huellas de Jesús.
Posiblemente te preguntes a qué viene hoy mi artículo,
si la Semana Santa está aún lejos.
Simplemente quiero llamarte la atención:
En nuestros días hay muchos crucificados. Muchísimos
más de los que podemos imaginar.
Sería horroroso destapar tantas crucifixiones que se
repiten en las familias, en las comunidades religiosas, en los grupos
parroquiales, entre políticos, deportistas... cuánta crucifixión y cuánta
destrucción de la fama de las personas.
Por eso hoy, un día cualquiera, envío este mensaje
porque estoy seguro de que a más de uno le llenará de vergüenza y
ciertamente a más de uno le llenará de consuelo el pensar que camina codo
a codo con Jesús rumbo al calvario y... ¡hacia un poco más allá la
resurrección!
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