1. Síndrome
de Munchhausen
Mikel Agirregabiria Agirre
¿No será quizá que vivir es una enfermedad imaginaria?
El síndrome de Münchhausen
es el trastorno psicopatológico ficticio más conocido, definido como un
deseo irrefrenable de recibir asistencia médica. El caso más famoso de la
historia médica lo protagonizó el inglés William McIlroy (1906-1983),
quien consiguió ser intervenido quirúrgicamente 400 veces. Estuvo
internado en cien hospitales distintos, bajo 22 nombres falsos. El mayor
periodo de tiempo que permaneció sin hospitalizar desde que desarrolló el
síndrome fue de seis meses. Finalmente, en 1979, súbitamente creyó
superada su enfermedad, afirmó taxativamente que “estaba harto de tanto
hospital” y se recluyó voluntariamente hasta el fin de sus días… en un
asilo geriátrico.
Este extendido mal se caracteriza por
aparentar una enfermedad física inexistente para deambular de hospital en
hospital. El término que lo designa, síndrome de Münchhausen,
fue acuñado por Asher tomando el nombre de Karl Friedrich Hieronymus,
Barón de Münchhausen. Este
personaje nació el 11 de mayo de 1720, en Bodenwerder, Alemania, y desde
su cuna aristocrática hizo carrera militar como oficial de caballería en
el ejército ruso. Combatió contra los turcos y alcanzó fama por sus
historias de aventuras impregnadas de una gran fantasía. Tras fallecer en
1797, Rudolf Erich Raspe recopiló sus fábulas en la obra
“Las aventuras del Barón de Münchhausen” en 1785, y Gottfried August
Bürger escribió otra célebre versión
en 1786.
La excéntrica “simulación de Münchhausen”
es una desarreglo somatoforme cuyos síntomas físicos, gravedad y duración
no puede ser explicada por ninguna enfermedad orgánica subyacente. En un
grado sumo de hipocondría, estos enfermos psicosomáticos (más
frecuentemente varones) inventan repetidamente padecimientos y suelen ir
de médico en médico en busca de tratamiento y pruebas diagnósticas. Fingen
preferentemente enfermedades de difícil pronóstico, como las de tipo
Abdominal Agudo, de tipo Hemorrágico o de tipo Neurológico (cefaleas o
pérdida de conciencia). Un elemento detector de estos pacientes
imaginarios con un trastorno límite de personalidad, suele ser que
explican su caso de forma dramática, pero son evasivos cuando relatan sus
ingresos hospitalarios y muy reacios a que se revise su historial clínico.
Generalmente, estos crónicos dolientes
son inteligentes y con recursos para emular enfermedades con sobrado
acierto, además de disponer de un minucioso conocimiento sobre las
prácticas clínicas. Así logran su objetivo de tratamientos continuados,
análisis intensivos y hospitalización prolongada, e incluso de cirugía
mayor. Su engaño es plenamente consciente, pero no sus motivaciones ni su
necesidad de atención por parte de los demás.
Lo cierto es que esta patología es una
enfermedad propia de nuestro tiempo y de nuestra sociedad, cuando abundan
los problemas emocionales. A falta de otro tipo de atención personal, sólo
queda como último el recurso médico para algunas personas. Desde la
anécdota común de la viuda anciana que vive sola y que diariamente acude a
su médico de cabecera, excepto cuando se excusa porque no puede ir al
estar enferma, hasta graves formas clínicas del síndrome de Münchhausen en
edad pediátrica. En este caso puede ser por parte de los mismos
preadolescentes, o por proximidad (por poderes) cuando los niños son
víctimas de una enfermedad fabulada por sus progenitores (generalmente, la
madre).
A todos
nos conviene desmitificar las enfermedades. Cuando Goethe creía que “la
salud es clásica; la enfermedad, romántica”,
se refería más a las revoluciones culturales que a las enfermedades
individuales. Es verdad que si no pudiesen contar, y presumir, de algunos
achaques, habría muchos menos enfermos. También que, al igual que casi
todos los médicos tienen sus enfermedades favoritas, también los pacientes
mantenemos nuestros males predilectos. Pero no caigamos en el pesimismo de
Heine cuando opinaba que “la vida es una enfermedad; el mundo todo, un
hospital; y la muerte, nuestro médico”. Mejor pensemos que mucho remedio
es peor que la enfermedad. Sumémonos al lema de Bulwer-Lytton: “Niégate
a estar enfermo. Nunca digas a nadie que estás enfermo, nunca lo
confieses. La enfermedad es una de las cosas que se debe rechazar por
principio”.
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