2.
Fraga y los condones
Miguel Rivilla San Martín
Hombres públicos como Fraga que en su discurso de
Noche buena a sus gentes, sin cortarse un pelo, da gracias a Dios y al
apóstol Santiago, públicamente, no abundan hoy día en el elenco de la
política.
El que un político en activo, cargado de años, con
reconocidos méritos a sus espaldas, con un limpio servicio a España y al
bien común de sus paisanos, con una trayectoria vital intachable en el
aspecto moral, familiar y profesional, se atreva, en los tiempos que
corremos de desvergüenza pública y privada, a hacer manifiesta confesión
de su vida íntima, sin ruborizarse lo más mínimo, y consciente de que se
exponía a la burla o la chanza de muchos chiqulicuatres de la farándula
nacional, tal como ha hecho el señor Fraga, es caso único -rara avis- que
merece el aplauso y consideración de la mayoría de gente de bien de este
país, antes llamado España.
Algún mameluco -que nunca falta en la viña del Señor-
podrá tachar de obsoleta, insólita, y cateta, la confesión del presidente
de la Junta Gallega, de que él en su larga vida no ha necesitado usar el
condón, para decir la verdad.
No faltarán tampoco quienes vean en este
comportamiento, una adhesión a enseñanzas “tenebrosas” de la jerarquía
eclesial y una moral desfasada del tiempo actual, donde creen que vale
todo. Sea lo que sea, el caso es que hombres públicos como Fraga que en su
discurso de Noche buena a sus gentes, sin cortarse un pelo, da gracias a
Dios y al apóstol Santiago, públicamente, no abundan hoy día en el elenco
de la política.
Por todo lo cual: ¡¡Chapeau, señor Fraga!!
|