3. Otra vez con la
eutanasia
Víctor Corcoba Herrero
Porque detrás de esa fiebre modal que se vocifera
nuevamente, el derecho a morir como cada cual lo estime, se esconden más
locuras que afectividades y ternuras, más amor interesado que donación
desinteresada.
Somos de un arcaico improcedente e
impertinente. La muerte y la posibilidad de decidir sobre ella vuelve a
estar en el debate mediático,
convirtiendo de nuevo a la eutanasia en
un problema social. Estos tiempos nos recuerdan otros en los que ya se
practicaba la eliminación de vidas consideradas inútiles, costumbre que
estuvo admitida respecto a los recién nacidos con malformaciones,
minusválidos o ancianos. Más allá de esa muerte dulce a la que todos
aspiramos, se encuentra la complejidad de la vida humana, con sus variadas
concepciones antropológicas, culturales, éticas y biotecnológicas.
Cuestiones que son necesarias abordar antes de responder desde posiciones
enfrentadas, puesto que la realidad es más poliédrica y ardua de lo que se
estima a través de una simple respuesta.
Pienso que gestionar el final personal de cada cual
resulta sumamente difícil en un mundo de contrariedades. La complejidad de
la respuesta sobre la eutanasia conlleva a un laberinto de pensamientos,
en cuanto a solución o problema. Precisamente, hace unos días asistí a una
brillante conferencia pronunciada por uno de los teólogos moralistas más
distinguido del momento actual, Francisco J. Alarcos Martínez, el cual
planteó salir de lo dilemático, reconfigurar un concepto de salud
sostenible, mediante un modelo más deliberatorio, puesto que la dignidad
-según sus propias palabras- pasa por el respeto a la biografía de cada
persona. En este sentido, criticó la radicalización liberal que nos
inunda, poniendo especial énfasis en que a la libertad hay que
incorporarle un sentido.
Porque detrás de esa fiebre modal que se vocifera
nuevamente, el derecho a morir como cada cual lo estime, se esconden más
locuras que afectividades y ternuras, más amor interesado que donación
desinteresada. Por amor nunca se tira la toalla, se persiste en la
asistencia y se resisten todos los calvarios. El que ha amado bien lo
sabe. No confundamos términos, ni tampoco enaltezcamos falsas dignidades
que para nada dignifican la muerte. Abrir los micrófonos a personas
dispuestas a relanzar vientos mortecinos, intoxican más que vivifican. Yo
que estoy por el respeto a todas las voces, considero una bestialidad dar
luz a planes que nos plantan en que, más tarde o temprano, alguien decida
por nosotros nuestra propia vida. En todo caso, de ninguna manera se
pueden alentar, de manera simplista, falsas liberaciones como se hace
desde algunos medios televisivos.
La verdadera compasión está muy por encima de quitar la
vida a nadie. Cuestión innata. Todo se deja por la persona amada. Creo que
tras la eutanasia se esconde más malicia que bondad, deshacerse del
problema sobre todo lo demás. Por ello, pienso que sería más saludable oír
a las familias que se dejan su propia vida en el cuidado de ancianos y
enfermos, a los que el Estado debería prestarle mucha más ayuda por
cierto, antes que a matarifes salvavidas que se lavan las manos con
prescripciones de norma humana. Se olvidan que en el alma, como en la ley
de la vida, jamás prescribe la ley natural: el derecho a vivir y a dejar
vivir.
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