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1. La Cuaresma, camino de la Pascua

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

La fiesta central del año y el hecho más importante de toda la historia es evidentemente la Pascua de Jesús.

Pascua (palabra que significa “paso”) es el triunfo de Jesucristo sobre la muerte. Él fue quien, por ser Dios y hombre al mismo tiempo, venció a la muerte resucitando.

Su amor infinito hizo que compartiera con nosotros su victoria.

Frente a un hecho así, es natural que la Iglesia nos invite a prepararnos cada año, durante un tiempo, para vivir más intensamente el regalo de Jesús que un día se hará realidad para cada uno de nosotros.

El tiempo de preparación a la Pascua se llama cuaresma.

Son cuarenta días en los que con oración, ayuno y penitencia buscamos comprometernos con el Señor.

Sabemos que desde el siglo IV la Pascua se prepara con cuarenta días.

Es fácil imaginar el porqué de este número cuarenta, que se ha convertido en número simbólico:

Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber en la cumbre del Sinaí, preparándose para recibir la ley del Señor.

Elías caminó también cuarenta días hasta el monte de Dios Horeb y allí pudo tener el gran encuentro con Dios.

El mismo pueblo de Israel durante cuarenta años peregrinó por el desierto para merecer la entrada en la tierra prometida.

Sabemos además que todos los años, el primer domingo de cuaresma, la Iglesia nos recuerda las tentaciones que Jesús tuvo después de cuarenta días y cuarenta noches de ayuno y oración en el desierto.

Esto nos resulta entender fácilmente el porqué de los cuarenta días de ayuno y oración antes de la celebración gozosa de la Pascua.

De esta manera descubrimos que la cuaresma viene a ser un tiempo importante para descubrir la situación de los seres humanos sobre la tierra:

Somos peregrinos que caminamos hacia la patria del cielo “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”.

Esto nos invita a no apegarnos a cosas y casas que no van a ser definitivas.

El peregrino sabe también que todo es provisional.

Es algo así como quien camina hacia su ciudad lejana y cada noche debe dormir en una posada distinta.

No sería malo recordar la definición que daba Santa Teresa de esta vida cuando decía que es “una mala noche en una mala posada”.

La cuaresma es también tiempo de espera porque esperamos que regrese a nosotros Jesús Esposo que se nos fue y que nos ha prometido llevarnos con Él para que vivamos en la casa del Padre: “En la casa de mi Padre hay sitio para todos”.

Mirando a Jesucristo, que fue por un camino de sufrimientos, resulta fácil deducir que también nosotros debemos llevar ese camino de penitencia centrado en la oración, ayuno y limosna (de los cuales hablaremos en otra oportunidad).

Para este tiempo de peregrinación y esperanza contamos sobre todo con el pan de la eucaristía y el agua de esa Palabra divina que se convertirá en nosotros en un “torrente de agua viva que saltará hasta la vida eterna”.

Allí encontraremos, como Elías, la fuerza para caminar hasta la meta que es el monte de Dios.

Aceptar la Palabra, comer el Pan, creer y convertirnos.

Cuatro actitudes que deben marcar nuestra cuaresma y sobre las que volveremos también a compartir.

Amigos, que todos empecemos esta cuaresma con un deseo grande de llegar a Jesús.

 
 

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