1. Sometidos al
imperio de la estupidez
Jaime Septién
La recaída en la salud del Papa ha traído consigo un
bochornoso espectáculo de los medios de comunicación mexicanos.
Con el pretexto de “nuestro amor por el Santo Padre”,
construyeron un circo de tres pistas para ver quién se llevaba primero la
noticia de su fallecimiento. Una serie de zopilotes rondaron El Vaticano,
cosa que nunca habrían hecho de no mediar el olor de la muerte. No de la
santidad, de la muerte como morbo para entregar al público del noticiario
nocturno.
Pero ellos no son los peores. Los peores han sido los
“especialistas en religión” que, de cuando en cuando, se ven por las
pantallas de las grandes cadenas de televisión o se escuchan en la radio.
Esos si que no tienen perdón de Dios. Déjenme enumerar las barbaridades de
las que fui testigo directo (y, a ésas, agreguen, por favor, las que
ustedes escucharon):
1. El Papa no está internado, anda huyendo de quien lo
quiere matar
2. Ya hay movimientos en Roma para elegir al sucesor
del Papa
3. La Iglesia va a necesitar un Papa menos político que
éste
4. Ha empezado en Roma la lucha por el poder y por el
dinero
5. Los latinoamericanos tenemos que proponer un Papa
que nos represente
6. La Curia romana se ha hecho cargo del poder desde
hace años
7. Ya hay un “tapado” para suceder a Wojtyla y ese es
Ratzinger
8. Ojalá con esta enfermedad, el Papa recapacite y
restituya a Boff, Casaldáliga y Küng, a quienes ha “excomulgado”
injustamente
9. Karol Wojtyla ha sido partícipe de todos los
movimientos políticos en contra del comunismo desde 1978, es un
funcionario político comprometido con Occidente
Creo que ya basta, ya estuvo bien de aguantar tanta
estupidez. Ahora sí estamos dolidos. Si eso hacen con un gigante
espiritual, con un santo probado en todos los calderos del dolor, con un
sabio capaz de restituir la razón al lenguaje de la fe y la fe al lenguaje
de la razón, ¿qué no harán con el resto de los mortales?
Dos cosas me preocupan, sin embargo: que haya católicos
que les crean (y se vayan con la finta), y que pasemos por alto la lección
de teología del sufrimiento que nos está dando nuestro Juan Pablo II. Que
su martirio nos pase de largo, y que olvidemos el sentido salvífico del
sufrimiento, misterio del cual nace nuestra fe.
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