1. El
milagro del trabajo
Mikel Agirregabiria Agirre
Si hubiese que elegir la
historia humana real más épica, lírica y dramática sin duda sería una con
dos heroínas: Anne Sullivan y Helen Keller.
La “Historia de la Humanidad”
está tejida con millones de semblanzas personales, con héroes y heroínas
cotidianos cuyo esfuerzo, fe, valor y voluntad crean un universo ético de
valor incalculable. Son casi infinitas las acciones y las vocaciones que
diariamente se despliegan por todo el mundo, para que la vida funcione tal
y como la conocemos. Siempre son noticias de primera plana las desgracias
y los males que aquejan a nuestro tiempo, pero por cada acto de maldad
humana existe montañas de heroicidad, valentía y ternura de los grandes
seres humanos anónimos que construyen animosamente la verdadera realidad.
Los ídolos que habitualmente se
ensalzan en los medios de comunicación generalmente son hombres, con gran
preparación, que alcanzan fortuna y prestigio, y cuyas vidas se exhiben
como modelo social del triunfo. Casi siempre parece que fueron elegidos y
señalados desde su cuna de nacimiento, disponiendo de posibilidades únicas
por su origen singular y por sus extraordinarias dotes personales. Por
todo ello, al leer sus vidas ejemplares puede parecer que estaban
predestinados para el éxito sin mayor ahínco por su parte.
La mejor historia real de todos los
tiempos, en opinión compartida por muchos, fue la odisea de la maestra
Anne Sullivan y su alumna
ciega y sorda Helen Keller.
Justamente porque sus dos modestas protagonistas
parecían sentenciadas irremediablemente al fracaso y por construirse su
doble conquista personal con el único material del que están forjados
todos los sueños: el milagro del trabajo esforzado, continuado y
perseverante.
El relato de sus vidas es universalmente
consabido por textos y películas, por lo que no lo repetiremos aquí. Sólo
resaltaremos que Anne Sullivan
provenía de un ambiente pobre, se había
quedado casi ciega los 5 años y fue enviada a un orfanato donde su hermano
murió. Helen Keller perdió
la vista y el oído a los 19 meses, convirtiéndose en una niña salvaje y
agresiva a quien su desesperada familia pensó en internar. El 3 de marzo
de 1887, Anne llegó a la
casa de Helen y comenzó su
comunicación en lenguaje de signos trazada con sus manos. Tras una ingente
labor, llegó el día en el que Anne
llevó a Helen
a la bomba de agua, y tras mojar su mano deletreó varias veces A-G-U-A en
la palma de la niña. Al fin Helen
comprendió que todo en el mundo tiene un nombre. Helen,
acompañada hasta 1911 por su maestra y amiga Anne,
aprendió a leer y escribir en Braille, se instruyó para “oír” de los
labios de las personas, tocando con sus dedos y sintiendo las vibraciones,
llegó a hablar, sostener conversaciones y dictar conferencias en público,
obtuvo un título universitario con mención Cum Laude, escribió libros y
viajó con gran celebridad por todo el mundo hasta su muerte en 1968.
Cuando nos encontramos con situaciones
domésticas o escolares difíciles para familias, alumnado o profesorado,
siempre es oportuno recordar estas dos biografías de dos personajes con
una cualidad insuperable al alcance de todos nosotros: el empeño
voluntarioso que todo lo vence. Quizá lo más difícil entre estas dos
fabulosas mujeres sería destacar a una preferida
entre ambas: A los docentes permítasenos que distingamos a la "maestra
milagrosa", porque ella hizo posible
—con el esfuerzo de su alumna— la hazaña de Helen Keller.
Para concluir oigamos una reflexión
final de Helen: "Quien
dispone de una mente que pueda ser educada y una mano que pueda ser
entrenada, poseerá ideales realizables. El trabajo
de la gente es ayudarle a que pueda ser mejor por sí mismo y pueda ganar
méritos a través de su trabajo”.
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