3. Yo no nací sino
para quereros
Víctor Corcoba Herrero
La pretensión de organizarnos con una racionalidad
puramente tecnológica, sin valor moral alguno, conlleva un fuego de
crispaciones difícil de apagar.
Considero que es bueno retornar
al tiempo y que el tiempo nos hable. Hay voces impresas hace lustros que
imprimen el amor que tanto necesitamos hoy. Me parece saludable
retomarlas, al menos como reflexión. Precisamente, cuando ahora tantos
desamores se viven, Garcilaso ya advertía en un soneto sobre la hermandad
de las almas de los amantes, su complementariedad expresada en un bello
terceto: “Yo no nací sino para quereros; / mi alma os ha cortado a su
medida; / por hábito del alma misma os quiero”. La crecida alusión
espiritual, tan perdida actualmente, eleva la pureza del sentimiento
amoroso a un plano tan altísimo como sideral. Quizás nos falte esa
sabiduría que la poesía garcilasiana nos quiere transmitir en este poema,
la donación total a una vida intachable, coherente y efervescente en el
éxtasis.
El glosario del amor habría que
ponerlo de moda a modo de ejemplo y ejemplarizarlo. Los actuales tiempos
nos sobrecogen tanto como la obra: “un mundo feliz” de Aldous Huxley, el
cual imagina un futuro aterrador basado en la homogeneización y en la
incomunicación de los hombres, una sociedad, en definitiva, cimentada en
la desgarradora crudeza de la bien trazada línea recta. La culpabilidad a
mi juicio, en parte, vendría dada por el aplauso a una cultura secularista,
avivada y reavivada por gobiernos no preparados para gobernar, que altera
todo tipo de relaciones sociales. La pretensión de organizarnos con una
racionalidad puramente tecnológica, sin valor moral alguno, conlleva un
fuego de crispaciones difícil de apagar. Tampoco el arte actual nos
trasciende, es amorfo y vacío, producto pasajero y efímero. Está tocado (y
subvencionado) por los signos más repugnantes del absurdo. Nada dice que
no sea el desdecirnos (y alejarnos) de la búsqueda de la verdad (bondad),
tronchándonos de raíz doquier principio moral.
A pesar de que los poderes
fácticos quieran que nos realicemos como ellos digan, es innato que el ser
humano quiera realizarse plenamente, y para ello llame a la puerta de lo
espiritual, atmósfera necesaria para tomar aliento (y alimento) en la
relación con el entorno, la forma de dialogar con el paisaje, con la
música, con nuestras propias manos. Lo de ser cerebro y alma es importante
para acertar en la promoción de la vida, (¿qué promoción es esa, en la que
las personas ya no sólo se mueren de enfermedad, sino también de pena?) y
de la familia (¿qué promoción es esa, en la que seres humanos se mueren
sin calor de hogar?); de la ecología y del medio ambiente (¿qué promoción
es esa, que no cuida su propio aire?); y de una cultura de la paz (¿qué
promoción es esa, que ha desterrado el amor de sus vidas?). Para colmo de
males, ni los pueblos son ya lugares para la tranquilidad, ni las ciudades
son hoy más habitables que ayer, por mucha naturaleza artificial que se
introduzca en sus interiores y las paredes sean de vidrio.
La realidad es la que es. Los
paisajes son más inhumanos que humanos y la desolación empieza a sentirse.
Hay especies vivas que ya no resisten más la exclusión natural y se
mueren. Los gobiernos debieran implicarse y aplicarse en el cuidado del
universo, por pura necesidad de vida, puesto que somos más que un verso de
la naturaleza o un poema anónimo de la ciudad humana. Aquí nadie sobra en
el racimo de la existencia. Por ello, es genial que la ciencia avance,
pero sólo si avanza en humanidad. La savia intelectual de la persona
humana es un volcán llameante que ha de servir para dar luz antes que para
abrasar. Andamos necesitados de esa sabiduría cobijada en el corazón,
capaz de generar latidos humanistas en los diversos descubrimientos
conquistados.
Ahora que tanto se habla en
España de abrir los brazos a la diversidad de los pueblos, convendría que
todos ellos se sintiesen más que unidos, hermanados (no uniformados) a una
misma raíz, la de ser ciudadanos del mundo. Antes bien, tendríamos que
hacer del amor una categoría intelectual, como antaño lo hicieron los
poetas del Siglo de Oro. “Vuelve y revuelve amor mi pensamiento”, dirá
Garcilaso a Boscán. El árbol de la vida no se sostiene sino es al tronco
de los afectos. Por muchos foros sociales que se inventen y aglutinen, si
la ternura está ausente en las palabras, la lección no entra.
No puede haber amor si cultivamos
otros aires. El estudio reciente de un profesor de la Universidad de León,
Enrique Javier Díez, cuando menos debiera hacernos meditar. Ha comprobado
que las acciones que predominan en los videojuegos (podría decirse que es
el juego de todos los chavales) son, además de competir, también matar,
luchar y agredir. Por si fuera poco, los valores que se exaltan son la
competitividad, vale el que gana, la venganza por encima de justicia, la
fuerza para conseguir objetivos, la violencia como estrategia, la
exaltación de la dureza del hombre y de la belleza en la mujer...
Ahí están las modernas
tecnologías, que nos ofrecen posibilidades nunca antes vistas, pues
resulta que promueven y provocan daños enormes en personas que todavía
están en periodo formativo. Y nos quedamos tan panchos. Oiga, ¡que no!
Gobiernos y administraciones, tienen el deber de asegurar que esto no
pase. Y si pasa, que dimitan los responsables con urgencia. Nos jugamos el
futuro, que no admite juegos sin alma. Como ven, el porvenir ya no está en
manos del maestro de escuela, ni de los padres, sino de esas máquinas
guerreras hasta la saciedad, que se permiten educar a las nuevas
generaciones. Los discípulos serán la biografía de un sinsentido
consentido.
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