1. Libre asociación
conyugal
Mikel Agirregabiria Agirre
En 1977 mi esposa, Carmen, y yo firmamos un “proyecto
de libre asociación” por mayoría absoluta de la mitad más uno.
Habíamos comenzado las negociaciones para la unión en
1973, pero necesitamos cuatro años para formalizar protocolariamente
nuestras relaciones. En la década de los años ’80, la fusión originó
algunas ampliaciones de nuestro mercado interno, en forma de dos nuevos
miembros con clara vocación europea, como se demostró bien pronto. Todo
ello produjo una notable ampliación de las lenguas oficiales, con sus
correspondientes costos de aprendizaje, viajes e intercambios, pero
nuestros idiomas de relación siguen creciendo notablemente.
Nuestro “proyecto libre y amistoso” es claramente
asimétrico, lo que sin restar funcionalidad resulta plenamente
satisfactorio para las dos partes contratantes. Hablando por mí mismo,
dado que jamás asumiría que entiendo con claridad a mi esposa, sólo
señalaría un inconveniente frente a las incontables ventajas en el reparto
de funciones mutuas. Mi única objeción, que ya tras más de tres décadas he
asumido exclusivamente con un resto de perplejidad más que de incomodidad,
es que ella ha establecido cómo y cuándo repartirnos los papeles. Lo
cierto es que creo que la división de poderes que instauró fue perfecta,
dado que sólo me atribuye aquellas facultades poco comprometidas que mi
escasa capacidad aconseja.
Dado que ella se ocupa de casi todo, para acabar antes
relataré mis contadas ocupaciones. Tengo las competencias exclusivas en
materias como transportista, taxista, porteador y arregla-todo, con
licencia para toda la amplia familia. Lo cierto es que no sé reparar nada,
pero soy ese personaje indispensable al que se llama para enseñar
cualquier desperfecto tan pronto como se produzca: “¡Ven a ver lo que ha
pasado…!”. Con el transcurrir de los años he aprendido a salir del paso,
organizándome una completa agenda de persianeros, electricistas,
fontaneros y carpinteros.
Mi consorte se ocupa de los ministerios de educación,
sanidad, hacienda, turismo, comercio, agricultura, pesca y alimentación,
temas sociales, vivienda y asuntos exteriores. Sólo algunas cuestiones
menores de defensa, interior, cultura y economía son asunto conjunto del
matrimonio. Mi rol en los asuntos económicos consiste en leer y
cumplimentar todo el papeleo de impuestos, recibos y bancos, así como
predicar (en el desierto) austeridad a la prole, mientras mi esposa se
encarga de todo lo demás, incluido que yo no gaste en caprichos
informáticos (el único vicio que se me conoce).
Lo mejor del reparto de funciones es que muy pronto
alcanzamos una sintonía perfecta. Si suena el teléfono de noche, no es mi
tema; pero sí lo es organizar el desayuno con el despertador matutino.
Nuestros hijos son, en primera instancia, jurisdicción exclusiva de su
madre, pero cuando ocasionalmente (durante su adolescencia) las cuestiones
se ponían peliagudas, me tocaba torear a mí con los “miuras” hasta que
volvían al redil. Mi singular método patentado era muy “sanfermineno”:
corría delante (o detrás) de los díscolos hijos, nos perseguíamos
furibundos hasta llevar a la plaza de toros (salón familiar) donde nos
remansábamos y la señora de la casa nos daba a todos unos capotazos que la
convertían en la triunfadora del festejo.
Ahora que está tan de actualidad, comenté con mi amada
dueña si debíamos revisar nuestro “estatuto para la convivencia”. Con una
sonrisa pícara, me pareció, zanjó la cuestión concluyendo que nuestra
asociación ya nació libre y amistosa desde su origen, por lo que puede
permanecer inmutable otro siglo más. A ella lo único que le preocupa son
las futuras ampliaciones cosmopolitas o de comunidades culturalmente
hermanables, pero de recia personalidad propia (también foral), que se
vislumbran por el horizonte de nuestros retoños. ¿O no es así? Mejor sería
que le preguntasen a ella, que nunca me entero demasiado bien.
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