3. Demasié
Guillermo Juan Morado
Cuando cada mañana los periódicos nos golpea con su
reflejo especular de las cosas, nuestras previsiones se ven desbordadas
por situaciones concretas que provocan estupor y una creciente sensación
de vértigo.
No por previsibles resultan menos impactantes las
consecuencias prácticas de algunas tesis. Ya sospechábamos que la
reivindicación posmoderna de una libertad sin referencias, de la opinión
sobre la verdad, de la relatividad de todo frente a la necesaria validez
incondicional de algo, conduce al absurdo, al vacío y a la nada. Pero
cuando cada mañana ese simulacro de la vida que son los periódicos nos
golpea con su reflejo especular de las cosas, nuestras previsiones se ven
desbordadas por situaciones concretas que provocan estupor y una creciente
sensación de vértigo.
¿Qué pensar si no al leer en la prensa que "una
ciudadana alemana pierde sus derechos laborales por negarse a trabajar
como prostituta en un club de alterne"? La disparatada situación es
consecuencia de la normalización de lo anormal; es resultado de esa
falacia que tiene su trasunto lingüístico en el hecho de llamar
"trabajadoras sexuales" a quienes ejercen la prostitución. La ignominia de
venderse por dinero se recubre de la apariencia de respetabilidad social,
al equiparse a una profesión más, tan honorable como cualquier otra. Por
consiguiente, renunciar a ser "trabajadora sexual" equivale a rechazar un
puesto para el cual se podría estar cualificada y, por ende, hacerse
merecedora de la sanción que, en conformidad con las leyes, implica la
pérdida del derecho a la prestación por desempleo.
Análogo sinsentido encontramos en una segunda noticia.
Una Jueza de Barcelona sentencia que una mujer que se siente hombre pasa a
ser hombre a todos los efectos legales. Así, sin necesidad de operación,
sólo porque lo manda la voluntad de su Señoría; una voluntad que crea ley,
que hace ser lo que antes no era. El "sexo psicológico", decreta la
magistrada, ha de prevalecer sobre el "sexo biológico". Para motivar el
fallo, la Jueza recurre, superando a Lysenko, a una extraña consideración
sobre un eventual aumento y disminución del número de cromosomas en los
casos de indefinición acerca del propio género.
La tercera noticia proviene del Reino Unido. Una
diaconisa de la Iglesia Anglicana, de la diócesis de Hereford —esa
diócesis que hace poco más de un año ofrecía en prensa el puesto, entonces
vacante, de Obispo—, resulta que no es mujer, sino hombre. Nacida hombre,
bautizada en el catolicismo, casada con una mujer, y divorciada, decide
cambiar de vida y se hace, sucesivamente, mujer, anglicana y diaconisa. El
Obispo de Hereford anuncia que la ordenará presbítera. Pero la carrera
eclesiástica de la diaconisa puede llegar más lejos. Puede incluso aspirar
al episcopado. Aunque la Iglesia de Inglaterra no ordena aún a las mujeres
como "Obispas", ella sí podría serlo porque biológicamente y, al parecer
aún legalmente, es hombre.
Es "demasié". Ayer (3/Feb/2005) leí estas noticias y me
quedé de piedra. Ya sabía que del vacío nace el vacío y de la locura, la
locura. Pero al acercarme a ese simulacro de lo real que es la prensa, me
encontré con lo esperpéntico. Europa se muere, agoniza en su decadencia,
en este mar sin vida de la civilización de la nada, en la que se ahoga un
hombre que, cada vez más, reniega de sí mismo, de su naturaleza y hasta de
su cuerpo.
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