8.
“Misteriosa Contemporaneidad…”
Dr. Luis Béjar Fuentes
“En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la
actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una
“misteriosa contemporaneidad” entre aquel Triduum (pasión, muerte y
resurrección) y el transcurrir de los siglos” (EE, 5).
En su última encíclica denominada:
“Ecclesia de Eucaristía” (La
Iglesia vive de la Eucaristía), Su Santidad Juan Pablo II ha hecho una
monumental síntesis de lo que nuestra Iglesia ha creído y vivido por 20
siglos, y entrega al nuevo milenio, un legado perenne de la más pura
doctrina magisterial sobre el Santo Sacrificio de la Misa y el sentido que
tiene la Eucaristía para nosotros los Católicos, de tal forma que su
lectura y estudio debería ser indispensable para todos los que queramos
avanzar en la comprensión y vivencia de tan increíble don de Nuestro Señor
Jesucristo: su presencia real —cuerpo y sangre, alma y divinidad— en forma
sacramental en medio de nosotros, HOY y siempre, mientras haya un
Sacerdote que realice la consagración. “Y he aquí que YO ESTOY con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
La riqueza de dicha
encíclica es tal, que seguramente por muchos años será la referencia
obligada para profundizar en el pensamiento y contemplación de tan sublime
realidad, de la que él mismo vive con toda intensidad al desear “sucitar
(en nosotros) este ‘asombro’ eucarístico”
(EE, 6).
Quiero compartir con Uds. una reflexión, resultado del
impacto que tuvo en mí una de sus múltiples expresiones magistrales, que
me ha permitido entender mejor la participación en el Santo Sacrificio de
la Misa y vivir más intensamente los momentos de Adoración Eucarística. En
el punto 5 de la introducción dice textualmente:
“En
este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del
misterio pascual. Con él instituyó una “misteriosa
contemporaneidad” entre aquel
Triduum (pasión, muerte y resurrección) y el transcurrir de los siglos”
(EE, 5).
Inmediatamente me remitió a las dos
palabras claves: misteriosa y contemporaneidad.
La primera: siempre relacionada a lo que en la Iglesia entendemos por
“misterio”
—todo
aquello que siendo verdad de fe, es imposible penetrar y explicar por
medio de la razón, pero que gracias a las luces del Espíritu Santo (“el
Paráclito que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os
recordará todo lo que yo os he dicho”. Jn 14, 26), empezamos a entender y
a pregustar en el contexto de la eternidad sin llegar nunca a agotarlo— y
la segunda: “contemporaneidad”, entendida como sucediendo en el momento
presente, en el hoy, independientemente de ser un acontecimiento
histórico.
No obstante queda
una palabra por aclarar y que significa una realidad que pertenece
intrínsecamente sólo a Dios: eternidad.
Sólo Él es eterno, nosotros sus criaturas que fuimos creados a su imagen y
semejanza y aunque somos ya inmortales, estamos sujetos a dos criaturas
más: el tiempo y el espacio. Él no. Por tanto Dios es
¡Presencia Permanente fuera de la escala del tiempo y del espacio!
Sólo así podemos entender porqué su respuesta a Moisés fue: “diles que mi
nombre es Yo soy” (Ex 3,
14).
No obstante, con
la Encarnación el rostro invisible de Yahvéh se hace visible y palpable a
nuestros sentidos, pues “al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios
(Padre) a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley. (Gal 4, 4)”. Esto
significa la irrupción del Dios Trino, pleno en sí mismo y eterno, en el
tiempo, en la escala en la que nos movemos tú y yo. A partir de ese
momento por y en Jesucristo (el Verbo), podemos penetrar en el insondable
misterio de su eternidad aún dentro del tiempo. El “Yo Soy” pronunciado en
múltiples ocasiones por Jesús en su vida pública y registrado en el Nuevo
Testamento —por ejemplo: “Porque si no creéis que Yo Soy,
moriréis en vuestro pecado” (Jn 8, 24) y “Yo soy
el pan que ha bajado del cielo” (Jn 6, 41) en el contexto eucarístico—, da
plenitud y sentido a las palabras del Padre en el Antiguo Testamento, y
confirma la expresión
“Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn
13, 11) o aún más contundente: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30).
De esto se desprende que siendo siempre Presente, para
Dios no hay pasado ni futuro y por lo tanto, el sacrificio del Calvario
—aunque en forma incruenta (sin sangre)— lo puede renovar con su
omnipotencia en el momento actual, siempre que haya una consagración en
unidad con el Papa y de acuerdo a la liturgia. Por eso Su Santidad Juan
Pablo II insiste en que “la Eucaristía es sacrificio en sentido propio y
no sólo en sentido genérico” (EE, 13).
En este contexto,
al participar del Santo Sacrificio de la Misa y al escuchar las palabras
de la consagración del pan: “Tomad y comed todos de él porque esto es mi
Cuerpo, que será entregado por vosotros” (cfr. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1Cor
11, 24) y del vino: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de
mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por
vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados” (cfr. Mc
14, 24; Lc 22, 20; 1Cor 11, 25), tengo la certeza de este
maravilloso misterio y de su contemporaneidad.
Verdaderamente se realiza el
milagro de la
transubstanciación. El pan deja de
ser pan para transformarse en el Cuerpo de Cristo y el vino deja de ser
vino para transformarse en la Sangre de Cristo… y por ende en alimento de
mi cuerpo y de mi alma. De aquí la expresión maravillosa:
Mysterium fidei (¡Misterio de la fe!
Sólo con la fe —contra toda apariencia externa— se puede contemplar y
vivir este sacramento en el HOY mío, nuestro… dentro de la eternidad de
Dios (por los siglos de los siglos…).
Con esta certeza de fe y sabiendo que Él ha querido
permanecer en medio de nosotros FISICAMENTE; sí, repito, FISICAMENTE
presencia REAL con toda su Divinidad y Humanidad resucitada y gloriosa
pero oculto bajo las especies eucarísticas en la Sagrada Reserva, el
impulso natural que emana del amor tratando de responder al Amor —muchas
veces abandonado en los Sagrarios— es visitarlo con frecuencia,
platicarle, saludarlo, agradecerle, bendecirle, alabarle, en fin,
explayarse sabiendo que por su infinita misericordia y locura de amor se
queda esperándonos, dando todo el tiempo para oírnos y atender nuestras
súplicas y peticiones, siempre en el contexto de la salvación de nuestra
alma (hágase tu voluntad y no la mía).
Finalmente, escuchemos y hagamos nuestras las palabras
de quien cree y vive esta realidad, con la seguridad de que Él, a través
de su Espíritu y por intercesión de nuestra Santísima Madre, la “Mujer
Eucarística” nos espera:
“Es hermoso estar ante Él y, reclinados sobre su pecho
como el discípulo amado (cfr. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su
corazón… ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas he hecho esta
experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!”
Juan Pablo II (EE, 25).
Estamos en el
“Año Eucarístico” (Octubre 04-Octubre 05)
declarado por Su Santidad, busquemos a Jesús en su Palabra, en el Pan de
Vida y en los Sagrarios, mientras perdura el HOY… el mañana no nos
pertenece y no sabemos si lo viviremos. ¡Alabado sea el Santísimo
Sacramento del altar, en el cielo, en la tierra y en todo lugar!
|