10. ¿Formar
lectores?
Los gobiernos, las organizaciones y fundaciones
educacionales, han comprobado que sólo alrededor del 20% de los que
termina la enseñanza básica de 10 grados posee el hábito de lectura. Las
encuestas muestran cifras alarmantes hasta en los egresados universitarios
de especialidades científico-técnicas. La lista de los 100 libros más
vendidos en los Estados Unidos durante el 2004 agrega otra triste
evidencia: apenas cinco pueden considerarse obras de arte literario.
Ingenuidades y demagogias son los virus más abundantes.
Buena fe, ignorancia, populismo: el coctel sigue siendo efectivo. El
consenso es obvio: Podría leerse mejor, podría leerse más. Lo mismo en New
York que en Tokio, en Madrid que en Moscú. Y hay conciencia del fenómeno.
Y hay palos de ciego.
Deslindo la
pregunta: Formar lectores de obras de arte literario. Entiéndase de
Muerte sin fin y de
Pedro Páramo. Canon. Chatarra al
basurero. Burla de modas y publicidades. Canon: detector de calidad,
elección inteligente que la sensibilidad potencia. El añejo asunto de
modular el gusto literario a partir de las aptitudes, con pe
de ADN.
Enuncio lugares
comunes, casi todos machacados ―academizados― hasta el cansancio: Brutales
desigualdades económicas a nivel mundial y regional y aun dentro de un
mismo país, globalización electrónica y trivialización mediática, fin de
la Galaxia Gutenberg, oferta abrumadora de libros versus tiempo que fuga,
pragmatismo pedagógico hacia la hiperespecialización (saber más de menos),
escuelas del resentimiento, sujetos volátiles, reducciones del espacio
privado y lo lúdico, subordinaciones de la estética a disciplinas
concomitantes pero exógenas, fragmentación relativista, vídeo games,
homolenguajes, vanity press,
semióticas crípticas, teleclases...
Las ironías resultan simpáticas, aunque aderecen con
unas goticas de pesimismo las encrespadas soluciones a mediano y largo
plazo, ya que las instantáneas huelen a mentiritas de especialistas
hirsutos. Refiero cuatro a pensar, es decir, a discutir sin premisas
anquilosadas ni intereses creados por organismos internacionales o
dependencias locales, por centros especializados o personalidades ―y
bibliografías― dueñas de la verdad.
Cuando trabajé en Cuba como Asesor Nacional de
Literatura y Español en el Viceministerio de Educación de Adultos, se
crearon los Seminarios Literarios en las Facultades Obreras y Campesinas y
Cursos Secundarios. La idea era romper con los clásicos programas
historiográficos y favorecer la adquisición de habilidades vinculadas a la
lectura, además de democratizar programas y textos. Pretendíamos ―plural
de participación― incentivar la creatividad de los profesores, romper
rutinas. Cada grupo de alumnos eligió libremente una novela a estudiar
durante todo un semestre, la evaluación consistió en presentar trabajos
por equipos sobre aspectos esenciales: estilo, argumento, caracterización
de personajes, contextos y desde luego que sobre el autor, su poética y
las intertextualidades de la obra elegida. Las clases, tipo seminario,
brindaron conocimientos instrumentales: técnicas del comentario de texto,
uso de bibliografía, tomar notas indentadas, así como otros conocimientos
instrumentales vinculados al análisis literario, con nociones de teoría,
crítica e historia de la literatura en función de la obra elegida...
Junto a la dinámica
de grupos y a principios didácticos conductistas se tuvo como objetivo
central ―se trataba, en definitiva, de una enseñanza remedial― la lectura
del texto escogido. El semestre siguiente volvió a aplicarse. Publicamos
un libro homólogo y la revista trimestral El Placer de Leer,
con una tirada de ochenta mil ejemplares,
que se distribuía gratuitamente. La base material de estudio estaba
garantizada. Seminarios de superación para el personal docente, en cada
capital provincial, intentaron resolver los desniveles y carencias entre
los profesores. Hasta se organizaron concursos para elegir los mejores
Seminarios.
Al final, cuando las vacaciones de fin de curso
precipitaron la evaluación de la novedosa experiencia pedagógica, resultó
que la mayoría de los profesores exigieron volver a los programas
tradicionales, a ganarse el pan de cada día con las tarjeticas preparadas
cuando se graduaron. Usándolas pensaban jubilarse, aunque estuvieran
amarillentas, carcomidas, obsoletas. Hubo que autorizar opciones. Pocos
Seminarios sobrevivieron. A la vuelta de un lustro eran un hermoso
recuerdo.
La segunda ironía
fue en la Universidad de Heidelberg. La hispanista Frauke Gewecke me había
invitado a dictar una conferencia sobre tres novelas cubanas decisivas:
El siglo de las luces,
Paradiso y Tres
tristes tigres. Intenté motivarlos a
la lectura a través de pasajes de las obras y un anecdotario sobre sus
recepciones en la Cuba de los 80, bajo las siberianas ventiscas del
Partido Comunista. Exalté mi orgullo porque tres voces tan disímiles y
fuertes como Alejo Carpentier, Lezama Lima y Cabrera Infante publicaran
esas novelas en menos de cinco años. Se abrió un diálogo donde el tema del
boom desplazó la atención.
De pronto una alumna muy alemana, con la certeza que cierto tipo de
ignorancia imprime en la curva de entonación, me preguntó acerca de la
influencia de Isabel Allende en Cien años de soledad.
Me limité a contestarle que García Márquez se había puesto muy triste
cuando la chilena no obtuvo el Premio Rómulo Gallegos, porque le pareció
que le habían ofendido a él.
La tercera anécdota
fue en Mérida de los Andes, Venezuela, con un público que en las Jornadas
Internacionales Mariano Picón Salas asistía a la lectura de dos o tres
cuentos inéditos, motivados por la difusión de mi novela Mariel.
Recuerdo la nariz quevediana del gocho que me lanzó la pregunta olímpica:
¿Cómo a usted le alcanza el tiempo para leer y para escribir? Recuerdo las
risas de los más avezados, mi respuesta deliberadamente matemática: La
proporción es de 10 a 1. Cada hora de escritura implica por lo menos diez
de lectura, y aún parece trozar el proceso.
La cuarta es de hace unos meses. En las Sesiones Pound
que ofrezco cada lunes en la Casa del Escritor de Puebla ―individuales y
confidenciales, para cualquier escritor que desee oír mis indicaciones
sobre sus originales― se me presentó un poeta que tras mis sugerencias me
juró por sus seres más queridos que cada uno de los poemas estaba
inspirado en un hecho real. La sinceridad era su fuerte. No poco trabajo
me costó hacerle comprender que “El canto del Usumacinta” de Carlos
Pellicer era un poema y no el río que hace un vado después de Zapata en
Tabasco, que el único paisaje era verbal, espiritual: el estado de ánimo
proyectado en sus sensualistas versos, en las metáforas impresionistas.
Resumo las cuatro anécdotas irónicas: haraganería
docente, analfabetismo funcional, guirigay neófito y logoterapia
psicoanalítica. Muchas otras “peculiaridades” del lector podría enunciar,
de las que carnavalean el siempre azaroso circuito autor-obra-lector.
Cualquiera suscitaría más de una polémica. Baste la muestra como punta
visible del iceberg.
Lo terrible, sin embargo, es una evidencia que nos
avergüenza, que a un nivel menos trágico acompaña las escalofriantes
estadísticas planetarias sobre la miseria, el fanatismo o la corrupción.
Los gobiernos, las organizaciones y fundaciones educacionales, han
comprobado que solo alrededor del 20% de los que termina la enseñanza
básica de 10 grados posee el hábito de lectura. Las encuestas muestran
cifras alarmantes hasta en los egresados universitarios de especialidades
científico-técnicas. La lista de los 100 libros más vendidos en los
Estados Unidos durante el 2004 agrega otra triste evidencia: apenas cinco
pueden considerarse obras de arte literario.
Formar lectores...
Quizá lo primero que debemos hacer es no edulcorar el problema, para eso
es mejor leer Madame Bovary.
Tampoco idealizar las soluciones, para utopías
parece más sensato aguardar por el Juicio Final. Lo que desde luego no
implica cruzarse de brazos sobre una calenda griega, porque los griegos no
tenían calendas. Ni transferir culpas de la familia a la escuela y
viceversa, de la enseñanza elemental a la media y viceversa, y más
viceversa de telenovela a fútbol, de revistas basureros a
thrillers ―que por cierto los hay
excelentes—.
Identificar el
fenómeno con un mínimo de rigor científico, mediante equipos
interdisciplinarios que incluyan escritores de ficción y sin concesiones a
nada ni nadie, daría paso ―tras conocer las causas objetivas― a proyectos
nada espectaculares y nada precipitados. Cuyos resultados comenzaríamos a
ver en el 2020. Sencillo y complicado. Aptitud y actitud. Homenaje a
Cervantes en el 400 aniversario de la primera parte del Quijote.
Libro en brazo.
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