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9. De la experiencia de Dios en los símbolos

Pbro. Mario Pérez Pérez / www.koinonia.com.mx

Se duda a veces de que los pueblos indígenas en sus creencias en Dios sean verdaderamente cristianas; pero, si Cristo se ha encarnado; Cristo está en nuestras creencias, en nuestra vida, en nuestra manera de encontrarnos con él, en nuestra manera de vivir con él.

Encontrarnos con las experiencias y vivencias de la vida de nuestro pueblo, es encontrarse con un pensamiento muy especial que está inmerso en nuestra cultura. El pensamiento indígena tiene como matiz especial la unidad, la integración de todos y cada uno de los elementos que van tejiendo y dando vida al pueblo.

La Gaudium et Spes en el N° 53 nos dice: “Es propio de la persona humana, el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y valores naturales.” Y en el N° 58 afirma: “Dios, al revelarse a su pueblo, habló según los tipos de cultura propios de su época.”

La Iglesia nos invita a que se cultive el espíritu, de tal manera que se promueva la capacidad de admiración, de intuición, de contemplación y de formación de un juicio personal, así como el poder de cultivar el sentido religioso, moral y social (G.S. N° 59).

Los obispos en Puebla, N° 400, afirman que “La Iglesia, Pueblo de Dios, cuando anuncia el Evangelio y los pueblos gozan de la fe, se encarna en ellos y asume sus culturas.” “La Iglesia —continúan en el N° 403—, parte en su evangelización de aquellas semillas esparcidas por Cristo y de estos valores, fruto de su propia evangelización”. Todo esto implica que la Iglesia, se esmere en adaptarse al lenguaje antropológico y a los símbolos de la cultura en que se inserte.

FUTEPIM N° 9 afirma: Cuando Dios se hace hombre, Jesús se inserta en el Pueblo, en el pueblo judío. Así pues, cada pueblo y también en la sierra norte de Puebla, viven sus símbolos con gran responsabilidad y espiritualidad; aunque, en varias ocasiones no sabemos el significado propio de cada uno de los símbolos, pero sabemos de su importancia, ya que en los relatos, en los mitos de nuestros mayores aparecen y están presentes; los indígenas hemos sabido así conservar nuestra cultura, la sabiduría del pueblo se transmite de generación en generación.

Nosotros tenemos la sabiduría de nuestros antepasados, hemos aprendido en la vivencia de la vida comunitaria y en los servicios al pueblo, la manera de ser personas sabias. Nos preocupa caminar, peregrinar; es decir, hacer historia. Por eso, son importantes nuestras creencias, nuestra fe y por eso, seguimos transmitiendo como los antiguos por la tradición. Sabemos también y está claro, que la familia es la tierra donde se siembra y crece el árbol que es el pueblo. Los miembros del pueblo mantienen fuertemente su identidad y por eso son conscientes de que son ellos, sus miembros, quienes van a dar vida al pueblo.

Tomemos como ejemplo el “rito de la entrega de la vara” o "bastón de autoridad” según el uso totonaca, donde encontraremos muchos símbolos que le darán sentido a este servicio y así, vida al pueblo: “La continua comunión con Dios como Padre y Madre, la expresamos a través de símbolos, de tal manera que en todo lo que realizamos encontramos la presencia de Aquel por quien vivimos.” Por los varios símbolos que encontramos, nos da un sentido más completo de esta costumbre: la “vara” ya en sí, simboliza la “autoridad”, el servicio, el cargo, el respeto.

Son tres las varas y tres las personas que reciben este símbolo, porque el tres simboliza el servicio ante Dios y con el pueblo. De estas tres personas, una es el mayor (Puxku), el que está en medio; en el lado derecho se pone al juez y en el izquierdo, al teniente. Y hay otros dos que hacen uno de secretario y otro de tesorero, siendo así cinco las personas que se ponen al frente de este compromiso.

Los tres que reciben la vara, tienen una cruz, porque la cruz simboliza la totalidad, por lo tanto, su servicio debe ser totalmente para Dios y totalmente para el pueblo.

La vara que reciben se adorna con flores y listones de colores, regularmente son cuatro ó cinco los colores que sobresalen.

Las flores son también para dignificar a las personas que reciben este compromiso, que se les debe de tener respeto y se les debe obedecer, además de que su palabra debe ser siempre verdadera.

Los colores: el rojo representa la vida de Dios; el verde, la vida de la naturaleza; el blanco, la muerte de la humanidad; el amarillo, la vida femenina; el azul, la vida masculina.

Todo este simbolismo clarifica la plenitud que se pretende en este servicio que se da al pueblo, por eso, al entregar la vara se dicen estas palabras, entre quienes somos totonacas:

“Recibe esta vara, signo de compromiso y del trabajo que vas a realizar, ojalá siempre lo hagas bien, no faltes. Y lo primero que debes pensar es que es para servirle a Dios y al pueblo, que este modo de trabajar por el pueblo no se pierda, para que los del futuro también aprendan este estilo de vida y continúen esta costumbre del servicio.

“Que tú como Puxku (Mayor) sepas unir a tus compañeros, que se integren en el trabajo, que todos se ayuden bien, que hagan las cosas con gusto, con alegría, que no se cansen, que entre ellos se respeten y se obedezcan.”

El que recibe dice: “Yo la recibo, también como señal de compromiso que me dejas. Que primeramente Dios y la Virgen, yo también pueda cumplir y llevar a cabo todo este trabajo que contiene para bien del pueblo y que en verdad yo sé que es difícil, pero vamos a luchar por unirnos, para apoyamos y así realizar bien este servicio que ahora nos pide Dios” (EAPI 1995).

¡Cuánta sabiduría encierran estos símbolos! Cuando se realiza el rito no se explica cada color o la cruz, sino que se dicen las palabras y en ellas se expresa esta fuerza simbólica de los elementos y en ellos se descubre la presencia de Dios actuante, no sólo está presente sino que está actuando.

El problema que tenemos cuando vemos los símbolos es que quisiéramos tener toda la explicación, esto no aparece en los símbolos porque son expresión de una cultura, entonces hay que ir a la cultura y descubrir el cómo está actuando Dios a través de ellos, porque ahí está el sentido de la vida del pueblo.

Se duda a veces de que los pueblos indígenas en sus creencias de Dios sean verdaderamente cristianas; pero, si Cristo se ha encarnado; Cristo está en nuestras creencias, en nuestra vida, en nuestra manera de encontrarnos con él, en nuestra manera de hablar con él, en nuestra manera de vivir con él.

Reafirmamos que lo que hacían los abuelos se encuentra plenamente en Jesús, pues les daban importancia a los cerros, a los lugares sagrados para hablar con el Padre, con el Dios de la vida; también en la cueva, la naturaleza de manera integral forma parte de la vida del pueblo. Así, aparece el Dios cercano, protector, no encasillado ni cerrado o apartado de la vida.

La base de la vida es lo masculino y lo femenino, el encuentro de la vida y la muerte, el hombre y la mujer. En el mundo indígena, lo femenino y lo masculino se encuentran íntimamente relacionados, de ahí las expresiones “el Señor del cielo y la Señora del cielo”. Así, vivido este misterio Ometeotl Dios-Diosa, la divinidad masculina y femenina. De ahí las expresiones en nuestros ritos de dos elementos siempre: dos velas, dos jícaras que simbolizan a ambos.

 
 

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