2. La nueva cuaresma
J. Antonio Doménech Corral
Por muchas razones la cuaresma que ya nos toca vivir
no es como la de antaño, cuando la liturgia de la Iglesia al llegar el
Miércoles de Ceniza nos hacía presente nuestra realidad humana con estas
palabras: "Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de
convertir", imponiéndonos el ayuno y la abstinencia durante 40 días para
no olvidarlo.
Por muchas razones la
cuaresma que ya nos toca vivir no es como la de antaño, cuando la liturgia
de la Iglesia al llegar el Miércoles de Ceniza nos hacía presente nuestra
realidad humana con estas palabras: "Acuérdate, hombre, de que eres polvo
y en polvo te has de convertir", imponiéndonos el ayuno y la abstinencia
durante 40 días para no olvidarlo.
Una imposición que
únicamente podía evitarse obteniendo su dispensa mediante la compra de la
correspondiente "bula". La verdad es que el espíritu de aquella ley era
otro, aunque así era entendido por los fieles practicantes.
Ahora es distinto.
Porque no hay día que los periódicos pasen de darnos noticia de muertes
por accidentes o provocadas, algunas horribles y contra natura. El cine y
la TV muestran escenas donde por menos que nada se arrebata una vida o un
montón de vidas a la vez. No importa. Nos hemos habituado a la idea de la
muerte y perdido el verdadero sentido de la vida. Como también del mismo
ayuno y abstinencia, cuya práctica se encuentra ahora ventajosa y hasta es
recomendada por los centros de estética para mantener una línea estilizada
del cuerpo. Y es que se ha comprobado que el ayuno corporal purifica y
rejuvenece el organismo, al eliminar los excedentes de una sobrecargada
alimentación. Y que hasta la persona sale beneficiada psíquicamente porque
suaviza sus recursos impetuosos reconduciendo el dominio de sí mismo. Hoy
el ayuno y abstinencia no suponen una penitencia para casi nadie.
Por eso, en un nuevo
impulso que a la Cuaresma dio Juan Pablo II, llegó a plantearse la Iglesia
tiempo atrás incluso el suprimir del derecho canónico el precepto jurídico
del ayuno y de la abstinencia. Y, si al fin decidió mantenerlo, fue más
como signo y respeto a una tradición que se remonta al Antiguo Testamento;
dejando la obligación reducida a casi nada. Se optó más por otra clase de
ayuno para este tiempo. El preferido por Dios, según lo revelado por
Isaías: "El ayuno que yo quiero es partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo y vestir al que ves desnudo" (Is 58, 6).
Y, en consecuencia, cada año Juan Pablo II propone un lema cuyo
seguimiento cumple el precepto cuaresmal con este sentido. El de este 2005
lo resume con esta consideración: "La amenaza contra las personas ancianas
adopta en la actualidad distintas formas”. Y todas ellas vulneran el
precepto del “NO MATARÁS”. Precepto bíblico y eclesial que todavía sigue
vigente y cuya moderna forma de transgredir bajo mil excusas inaceptables,
para un corazón verdaderamente cristiano, es sacudírselos de encima; bien
abandonándoles en sus enfermedades o recluyéndoles en residencias para que
no resten tiempo a nuestro tiempo ni enturbien nuestra mirada. Como si el
que tal obra estuviera exento de llegar un día a verse en la misma
circunstancia de indefensión. ¿Querría lo mismo para sí entonces?
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