3. Mundanidad
trivial y mendicidad compleja
Víctor Corcoba Herrero
Lo cierto es que coexisten en el mundo demasiadas
políticas económicas equivocadas y comportamientos deplorables en el
ámbito moral. En un mundo en el que ya todos nos conocemos, ahora falta
comprendernos y ayudarnos, servir antes que servirnos. Lo de siempre y en
lo que caemos siempre.
Soy de los que pienso
que esta sociedad mediática en la que vivimos nos ha vuelto a la
mundanidad trivial, con su fermentada dosis violenta de tomar la justicia
como a cada cual le venga en gana, a los sueños frívolos y a los
pensamientos vacíos de ideas. Hemos perdido civilizados ideólogos y ganado
inciviles brutos que pretenden adoctrinar sin conciencia histórica y sin
capacidad alguna de honesta crítica. Con estas miras de inutilidades,
resulta bastante imposible afrontar el diluvio persistente de amenazas y
chantajes que nos llaman a la puerta de la vida cada amanecer. El mundo
necesita un foro para la toma colectiva de decisiones y un instrumento
para la acción colectiva. Los fundadores de la ONU intentaron que la
Organización cumpliera ambas funciones. Nuestra tarea es adaptarla y
actualizarla para desempeñar ambos papeles en el siglo XXI, nos ha
advertido su Secretario General.
Considero que no es
fácil tomar colectivamente valor de acuerdo en un mundo de desigualdades,
de mendicidad compleja, porque el galopante capitalismo actual desordena
todo orden y promulga, bien descaradamente o de manera tácita, la ley de
la jungla; donde todo se mueve bajo la dominación del egoísmo y la
explotación. El gran peligro actual, al que España tampoco es ajeno, es
que quienes toman las decisiones pertenecen a ese grupo de mundanidad
trivial, insensibles con los problemas de los demás, cegados por las
tentaciones del deseo de poder (para pisotear más que para servir mejor) o
beneficio propio, olvidando que la riqueza es un medio a usar para el bien
de toda la humanidad. No para excluir. A veces estos endiosados animales,
porque de humanos y de humanidad saben más bien poco, tienen la miopía en
el alma, están convencidos o nos quieren convencer, de que nuestras vidas
son lo que son, sin otra significación última. Todo depende y pende de
factores materiales. La espiritualidad se la ha comido el ratón Pérez.
No sólo es necesario
trabajar por una integración cada vez mayor de toda la humanidad, es justo
hacerlo y rehacerlo con justicia, más de corazón que humana. Lo primero
que hay que tutelar, y ponerse todos de acuerdo, es en definir lo que
somos y lo que ha de ser el ser humano. Todas las voces han de ser oídas y
escuchadas por igual. Eso de que la vida no valga nada para muchas
personas o de que se comercie la carne humana como un producto más de
mercado, debiera atajarse de raíz; sin ambigüedades posibles, ni juegos de
palabras sin sentido. La vida es para vivirla en dignidad. Cuando se
pierde toda conciencia de bien hacer por el bien común, resulta bastante
absurdo hablar de solidaridades.
Desde luego, la
mundanidad reinante, genera una creciente falta de credibilidad grandiosa.
Nadie cree a nadie. Todo se mueve en el terreno de la duda, personas e
instituciones. Cuestión gravísima. Ahí está el desasosiego que percibimos
por doquier rincón, entre comedias y dramas, rehogado con un pasotismo
total: de sálvese quién pueda. Más que personas con principios humanos,
raíces universales de derecho natural, se avienen intereses personales o
de grupo, a la hora de implantar valores y de plantar acciones. Es el
ciudadano político, encargado profesionalmente de aplacar el avispero con
el bien común, el que debería poner coto a tanto despropósito.
El buen propósito de
Amparo Valcarce, secretaria de Estado de Servicios Sociales, Familias y
Discapacidad, ante la sede de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en
Nueva York, anunciando el compromiso del Gobierno español de impulsar la
lucha internacional contra la pobreza, nos pone en el camino de la
esperanza. Lo de implicarse en operaciones de canje de deuda externa por
iniciativas de desarrollo social y recordar que reducir la pobreza es una
obligación urgente, es una buena noticia. Que lo sea de verdad, que no
quede sólo en el papel o en las buenas intenciones. Europa puede ser una
solución, ha de serlo, para que la mendicidad y la desnutrición dejen de
ser ese escándalo continuo que destruye vidas.
Lo cierto es que
coexisten en el mundo demasiadas políticas económicas equivocadas y
comportamientos deplorables en el ámbito moral. Diversos comisarios de las
Naciones Unidas para derechos humanos, coinciden siempre en lo mismo, en
su preocupación por hacer extensibles los derechos humanos a todas las
personas. Es la gran asignatura pendiente, el cambio de actitud hacia la
vida. Tendríamos que hacer algo más con el hambre en el mundo, desde la
otra orilla de la opulencia, puesto que un mero recordatorio, de vez en
cuando, no es suficiente para calmar la voz de tantas personas dolientes.
El que centenares de millones de seres humanos sufran todavía gravemente
desnutrición y, que cada año, millones de niños mueren de hambre o por sus
consecuencias, es para preocuparse aunque nos pille lejos. O quizás ya no
tanto. En cualquier caso, olvidamos que somos ciudadanos del mundo, en un
mundo en el que ya todos nos conocemos, ahora falta comprendernos y
ayudarnos, servir antes que servirnos. Lo de siempre y en lo que caemos
siempre.
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