6. Rascacielos en
aprietos
Mikel Agirregabiria Agirre
Quizá la lógica más elemental determine ya el final de
la megalomanía de estas construcciones “Titanic”.
Una situación tan
caótica como la originada por el siniestro de la torre Windsor en el
corazón más céntrico de Madrid, afortunadamente sin víctimas mortales,
debiera provocar una seria crítica sobre el sentido de los rascacielos. Un
simple incendio, que en un edificio menor hubiese sido irrelevante, o la
tragedia del 11-M en New York, muestran fehacientemente lo crítico que son
todos los sistemas de seguridad en estas moles erigidas con absurdos
criterios comerciales, alejados del más mínimo sentido común.
Los rascacielos son el
producto más representativo del modelo dual de la urbe capitalista, que
concentra lo selecto y dispersa lo menos rentable, generada a partir de la
desigual distribución del espacio, la infraestructura y los recursos de la
población. Únicamente se alzaron bajo razonamientos inmobiliarios de pura
especulación, y se cimentaron con falsas tecnologías que no superan las
pruebas más básicas de riesgos previsibles que acontecen periódicamente.
Un singular reparto de beneficios para algunos pocos intereses privados,
que posteriormente ocasionan daños ingentes que son cubiertos con fondos
públicos. Esperando que su derrumbe no acarree efectos colaterales en el
megacomplejo de Azca, los costes del inmenso colapso que positivamente se
producirá serán sufragados por una ciudadanía inocente que ni se lucró con
su construcción, ni autorizó semejantes desatinos urbanísticos.
El afán de grandeza de
la humanidad no parece tener enmienda. No aprendemos ni de la maldición
bíblica de la Torre de Babel, cuyo precedente histórico se ubicó en
Babilonia según algunos científicos y fue construido en el tercer milenio
antes de Jesucristo. Su descubridor, el arquitecto y arqueólogo Robert
Koldewey verificó también el funesto destino de aquel edificio piramidal
llamado Etemenanki, “la mansión entre el Cielo y la Tierra”. Según relata
el Génesis, sus promotores incurrieron en la misma presunción del
engreimiento de sus propias capacidades: "Edifiquemos una ciudad y una
torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos así famosos…”.
Aquí y ahora son los
estoicos bomberos quienes finalmente son escuchados. Nos hablan de
estrategias ofensivas interiores y defensivas exteriores. Las primeras,
intentar apagar el conato inicial, duraron 40 minutos, y luego sólo cupo
la decisión de “dejar quemar y esperar que todo lo consumible ardiese”. Lo
más acertado fue evitar que estos servidores públicos quedasen apresados
en una trampa mortal que ellos no diseñaron.
El atroz
atentado consumado en el World Trade Center
no venció las presiones inmobiliarias, que son quienes formulan el diseño
arquitectónico-urbano. Pero desde Manhattan
se oyeron voces cabales de movimientos democráticos y de participación
ciudadana que clamaron, desde el recuerdo de las víctimas, por una
arquitectura que volviera a respetar la escala y la condición humana.
Mañana
nos contarán lo irracional del miedo a rascacielos invulnerables, cómo
superar la natural psicosis colectiva, qué hacer para evitar la paranoia
de los ascensores a la cumbre o cómo superar la fobia a las alturas
(acrofobia), pero nadie advertirá del vértigo que provoca una humanidad
que no aprende ni de sus tragedias. La arquitectura fundamentalista que
subyace en estos colosos con pies de barro es el paradigma de nuestra
endeble civilización, que aspira a más de lo que puede soportar.
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