5. El alma
Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo
La pregunta que se hizo es la de cómo y cuándo se
presenta el alma en el ser humano. ¿Es el hombre un gestor directo de
almas, o el hombre engendra el cuerpo y Dios “pone” el alma?
En mis mencionadas pláticas de café que en otras
ocasiones he comentado, donde se toca un sinnúmero de temas con relación a
los acontecimientos que se presentan en nuestra sociedad, se tomó un tema
a tratar sobre la base de las clonaciones que se pretende hacer sobre
seres humanos, siendo el principal tema el del alma. La pregunta que se
hizo es la de cómo y cuándo se presenta el alma en el ser humano,
presentándose un comentario que anteriormente había presentado en relación
con la Santísima Trinidad, en el cual mencionaba que Dios engendra lo que
es, es decir el Hijo es Dios, por lo tanto, mis compañeros me decían que
el hombre al engendrar un hijo, engendraba otro ser igual a él, es decir
cuerpo y alma directamente, por lo tanto no había participación directa de
Dios, siendo por consecuencia el hombre un gestor directo de almas, o que
el hombre engendra el cuerpo y Dios “pone” el alma. Indiscutiblemente la
pregunta estaba bien fundamentada, por lo que mi respuesta quise darla a
través de esta columna para dejarla bien comentada y no se prestase a
confusión.
Espero no estar equivocado en los comentarios que
presentaré puesto que estoy convencido de los mismos, pero estoy
disponible para cualquier aclaración. El padre al engendrar al hijo no
actúa solo directamente al formar el ser, de cuerpo y alma, pues Dios es
la causa trascendente e inmanente del mundo, pero no es una causa
determinada ya que no actúa “junto a” sino “en” las causas; no produciendo
algo determinado sino todo. Es decir, Dios pone, levanta y sostiene todo
el proceso evolutivo de la creación, por lo cual, la acción de Dios es
siempre directa e inmediata, que abraza verticalmente al hijo en su
totalidad, sin perjuicio de las otras relaciones horizontales que lo ligan
a sus padres y al medio ambiente. El hombre no es únicamente el individuo
de una especie, sino que es una persona única, irrepetible, insustituible,
llamado por Dios a una relación personal con Él y creada particularmente
como espíritu por razón de esta relación, pues en cada hombre en
particular, además del elemento biológico por el cual es hijo de sus
padres, existe también un elemento personal y espiritual por el cual es
una creación nueva y original de Dios.
A mis amigos del café les digo déjense de cuento: Dios
y los padres no dan existencia a partes distintas del hijo, pues el
nacimiento del hombre no es nada más por ser descendiente de un individuo
de una especie, sino una persona nueva creada, deseada por el amor creador
de Dios, que está dentro de la actividad procreadora de los padres, desde
y dentro del corazón de los padres, asumiéndola y elevándola. Por lo
tanto, los padres son padres de todo el hijo y no solamente de su cuerpo y
Dios es creador de todo el hombre y no solamente del alma.
En la Biblia se nos enseña que el hombre es el fin
último de la creación, pues en el se completó la obra de Dios y como decía
el padre Teilhard de Chardin “... es sobre todo el hecho de que la
creación ha sido especialmente orientada hacia el hombre” y el mismo
jesuita nos dice que el alma no solamente ha sido querida de un modo
especial, sino de un modo único, pues “El creador no la ha lanzado un buen
día en el seno de un mundo artificialmente preparado para recibirla, sino
que la hizo nacer la vez primera y continúa haciéndola nacer cada día por
medio de una acción mezclada desde siempre a la marcha del universo”. La
acción creadora de Dios no comporta ningún rompimiento con el proceso
evolutivo de la vida, siendo por lo tanto cada hombre una creación nueva y
original de Dios.
Podríamos concluir de que el hombre desde el punto de
vista de su creación en función de su ser tiene una dependencia particular
y profunda, como corresponde a su carácter espiritual del ser humano, es
decir, cada hombre en la medida de que es alma, como dice Sto. Tomás de
Aquino, es querido por Dios por razón de sí mismo. En fin, cada hombre
tiene un origen radical en Dios y su naturaleza biológica es, como diría
Chardin: la matriz del espíritu. Sostenida, prolongada y elevada desde
dentro por la acción profunda, radical, creadora de Dios.
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