7.
Afirmar la fe
Alejo Fernández Pérez
¿Qué clase de fe es la de esos católicos que prefieren
morir antes que renegar de ella? Solo en el año 2,000 más de 160,000
personas murieron en el mundo —especialmente en el llamado "tercer mundo"—
por llamarse cristianos, lo fuesen o no. ¿Qué religión, qué Cristo
ofrecemos los católicos a los que no lo son? ¿Qué imagen damos de Él?
En todas las épocas, siglo tras siglo, la Iglesia
católica ha sido siempre perseguida y combatida. Al mismo Cristo le
clavaron en una cruz y murió en ella. Aún vivían los apóstoles cuando los
fariseos, los romanos, y los adoradores de múltiples divinidades
perseguían, encarcelaban y condenaban a muerte a los cristianos. Éstos
eran pocos, pobres, sin cultura, sin poder, y en esas condiciones:
¡Triunfaron! La Iglesia florecía con la sangre de los mártires.
El mismo Cristo anunció lo que pasaría
tras su muerte: "He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de
lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Y
guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus
sinagogas os azotarán;… El hermano entregará a la muerte al hermano, y el
padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán
morir. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que
persevere hasta el fin, éste será salvo”
(Mateo 10:16-22).
Para los primeros cristianos, el hecho
del martirio era causa de bienaventuranza "Bienaventurados sois
cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal
contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es
grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron
antes de vosotros" (Mateo 5: 11-12) y
de hecho, muchos mártires respondían a su sentencia de muerte con un "Deo
gratias" —"Gracias a Dios"—.
De su generación Jesús decía: “Esta
generación mala y adúltera…” .Nuestra
generación no es ni mejor ni peor. A nuestra manera seguimos crucificando
a Cristo.
En el siglo XXI a los cristianos se les sigue matando,
pero a muchos más se les impide vivir mediante procedimientos sibilinos.
Robarles su fe es otra forma de muerte. Desde hace tiempo, a través de
Internet, amigos hispano-americanos están embarcados como otros muchos en
la defensa de la fe. Miles de sectas, cientos de ramas cristianas no
católicas, organizaciones como al Nueva Era, la masonería, el sionismo,
todas con mucho dinero y medios, parece que no encuentran más
justificación para sus errores que atacar a la Iglesia católica con
cualquier pretexto y ocasión. Mis amigos no tienen tiempo más que para
rechazar esos ataques, pero ¿Es ése el camino?
Posiblemente dedicamos “excesivo” tiempo a combatir a
los enemigos de nuestra Iglesia, algo que hay que seguir haciendo pero no
podemos olvidar algo mucho más importante: ¿Qué religión, qué Cristo
ofrecemos los católicos a los que no lo son? ¿Qué imagen damos de Él?
¿Estamos bien formados y entrenados para estos combates?
Por ejemplo, entendemos que para vender fruta, el
frutero tiene que dedicarse a algo más que atacar, defenderse y despreciar
a los competidores. El éxito de su negocio estriba en ofrecer las mejores
frutas, presentarlas con arte y limpieza, mostrar cara alegre, servir con
agrado, y que los clientes noten que en ese puesto no se les engaña y se
les estima. Y todo a un precio asequible. Si así lo hacemos estoy seguro
que los clientes pasarán por delante de los otros puestos y vendrán
derechos a nosotros. Sin duda, los católicos tenemos la mejor de todas las
“mercancías”, pero ¿la presentamos y vendemos mejor que ellos la suya?
¿Vivimos de acuerdo con nuestras creencias? ¿Cumplimos nuestros
compromisos? ¿Qué imagen damos al exterior?
El
católico dispone, además de la Biblia, de dos joyas de formación
insuperables: El Catecismo de la Iglesia Católica —nueva edición— y el
Concilio Vaticano II. En la página dos del Catecismo leemos: “(...) Para
ello, el Concilio Vaticano II no debía comenzar
por condenar los errores de la época, sino, ante todo, debía dedicarse a
mostrar serenamente la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe”.
O sea mostrar una buena fruta. Unos renglones después Juan Pablo II
remacha : “El Concilio Vaticano II es el punto constante de
referencia de toda mi acción pastoral,... Es preciso volver sin cesar a
esta fuente”.
Quizá, para traducir esas directrices a la vida corriente de los
cristianos, sean los laicos formados las personas más adecuadas. Su
lenguaje, “no profesional” y su mejor conocimiento del mundo les acerca
más y mejor a los que no pisan el templo.
Lo que si es cierto es que en esta guerra , nuestras
armas son las de siempre: el amor contra el odio y el rencor; los
Evangelios que muestran la verdad y belleza de una doctrina insuperable;
la cruz que conlleva seguir a Cristo; y, sobre todo, la oración
perseverante a quien todo lo puede. También sabemos que esto no lo arregla
más que el Espíritu Santo, cuando Dios quiera, y como quiera; pero exige
para ello nuestra colaboración con oraciones, sacrificios, y “dando la
cara”, sin escondernos cuando hay que combatir, empezando por nuestros
propios defectos.
¿Por qué buena parte de los
intelectuales, los universitarios, la juventud, los medios de difusión,
los artistas y el mundo de la cultura nos están dando la espalda o nos
atacan? ¿Por qué los políticos llamados de izquierdas pretenden la
destrucción de la Iglesia en todas partes? ¿Por qué Zapatero y su
gobierno, el mas laicista y sectario en España desde la transición
arremete como ningún otro contra la religión, el matrimonio, la enseñanza
y cualquier otro valor cristianos?
Por lo mismo de siempre: porque Cristo no admite
componendas, no se doblega, ni se vende ni se adapta a las cambiantes
modas de cada momento. Porque el Evangelio es eterno y claro: nos dice lo
que está bien o mal, lo lícito y lo prohibido. Porque nos resulta amargo
vernos señalados por el dedo acusador de la Iglesia; en este caso, la
víbora que llevamos dentro se retuerce y se vuelve contra quien la toca.
Porque, decía Bernanos, con la verdad como con el fuego no se juega.
El cristianismo es la antípoda de la Nueva Era, del
Relativismo donde todo vale y lo bueno es lo que le va bien a cada uno, y
cada uno es su propio juez. Pero el camino del cristiano es áspero y de
puerta estrecha. También porque de la enseñanza, de los medios de
comunicación y de la cultura se han apoderado en buena parte, no los
partidos que se ven, sino sectas secretas que utilizan a esos partidos
como marionetas y que no son más que lobos disfrazados de corderos.
El Cardenal Rouco no ha renunciado a desvelar el
trasfondo cultural de la mentalidad laicista, advirtiendo al gobierno que
si bien se legisla desde el Parlamento, también se juzga, se piensa y se
opina desde la sociedad, y la Iglesia es un sujeto activo dentro de ese
cuerpo social. El protagonismo de la sociedad frente a un Estado pedagogo
e invasor de las conciencias es uno de los elementos de esa “inteligencia”
del momento presente, que ha demostrado el cardenal Rouco. Aquí se
inscribe también el fuerte acento sobre la libertad de educación y sobre
el valor social del matrimonio, cuestiones en las que la propuesta
cristiana puede actuar, sumando fuerzas, como catalizador de una sociedad
bastante adormecida.
Porque no se trata sólo de oponerse a un gobierno
sectario, de rechazar ataques injustos y leyes nefastas sino, sobre todo,
de plantar de nuevo la fe y la comunidad cristiana en el desierto que va
extendiendo el nihilismo, y a ese fin deben someterse y ordenarse todas
las estrategias. La sangre de tantos mártires no puede quedar estéril.
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