4. Un defensor de la
libertad
Jesús Domingo Martínez
La mayoría de los análisis sobre la figura y el
pensamiento del nuevo Papa, Benedicto XVI, ofrecen una imagen de Ratzinger
como la de un hombre dogmático, de un carácter eminentemente conservador,
cuya elevación a la silla de Pedro constituye una freno al proceso de
modernización de la Iglesia Católica. Sin embargo,su formación y
enseñanzas se anclan en una profunda creencia en la libertad de los seres
humanos.
La mayoría de los análisis sobre la figura y el
pensamiento del nuevo Papa, Benedicto XVI, se
han centrado en un solo aspecto de su personalidad: “el protector de la
fe, el líder de una nueva inquisición cuya actividad estaba orientada a
extirpar las desviaciones de la ortodoxia”.
Desde esta perspectiva se ofrece una imagen de
Ratzinger como la de un hombre dogmático, de un carácter eminentemente
conservador, cuya elevación a la silla de Pedro constituye una freno al
proceso de modernización de la Iglesia Católica. Sin embargo, muy pocos
han puesto de manifiesto sus ricas aportaciones teológicas y filosóficas a
la defensa de la libertad individual, incluida la económica. En este
sentido, las posiciones de Benedicto XVI guardan continuidad con las de su
antecesor Juan Pablo II. De hecho, el Papa fue el ideólogo del pontificado
de Karol Woyjtila.
La mala prensa de Ratzinger en los ambientes más
progres del catolicismo viene de su fuerte condena de ciertos aspectos de
la denominada “teología de la liberación”. En uno de sus primeros oficios
como presidente de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el actual
Benedicto XVI asestó un duro golpe a los elementos más radicales de un
desarrollo teológico que en la práctica se había convertido en un portillo
para introducir en la doctrina católica el marxismo. El compromiso de la
iglesia con los pobres y los oprimidos no tenía ni tiene nada que ver con
la utopía colectivista del marxismo y, por tanto, se opuso a cualquier
vinculación de la Iglesia y de los católicos con movimientos de esa
naturaleza, como los que proliferaban en buena parte del mundo en vías de
desarrollo, sobre todo en Iberoamérica, a finales de los 70 del siglo
pasado.
La crítica de Benedicto XVI al relativismo moral y su
defensa de la verdad objetiva han sido interpretados desde muchos sectores
de la opinión pública como un deseo de imponerla a través de métodos
coercitivos. Pero esa nunca fue la intención ni el deseo del nuevo
Pontífice. Ratzinger siempre insistió en la importancia de las
convicciones más que en el recurso a la fuerza. En su conferencia de
ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de
Francia (noviembre de 1992) explicó que una sociedad libre sólo puede
subsistir si los individuos comparten unos estándares morales mínimos y
añadió que dichos estándares no pueden ser impuestos o incluso definidos
por coerción externa. En esa intervención, Benedicto XVI recurrió para
justificar su posición a una de sus mayores influencias intelectuales, el
gran pensador liberal Alexis de Tocqueville. Esa misma opinión fue
compartida por el grueso de la tradición del liberalismo clásico de Adam
Smith a Friedrich Hayek.
En su obra como teólogo, Benedicto XVI coloca la
libertad en el centro de sus enseñanzas. El Papa siempre ha explicado la
creación como el resultado de la “mente creativa, del pensamiento creativo
cuyo comienzo es una libertad creadora que crea más libertades. De esta
manera se puede describir el cristianismo como una filosofía de la
libertad”. Esta libertad está encarnada en la persona humana y se opone a
cualquier necesidad cósmica o ley natural. En una evidente analogía con
lord Acton, Ratzinger considera al hombre “único e irrepetible, al mismo
tiempo, la última y la más alta cosa”. Así pues, los intentos de
descalificar el liberalismo sobre la base de la antropología
“ratzingeriana” no resultan demasiado sólidos.
Benedicto XVI se opone a la vieja idea según la cual el
protestantismo es la única confesión capaz de producir una economía libre.
Considera que esta postura de claro sabor “weberiano” parece haber dado
vuelta a la teoría de Marx, esto es, que la economía no origina las
concepciones religiosas sino que es la orientación religiosa la que
determina el tipo de sistema económico que pueda desarrollarse. Contra esa
hipótesis, Ratzinger considera que el catolicismo favorece la libertad y
la autodisciplina que son necesarias para el florecimiento de economías de
mercado. Ahora bien, afirma que eso exige la presencia de una determinada
disciplina ética que, a su vez, sólo puede ser articulada y soportada por
fuerzas religiosas. Cuando ese ethos espiritual no existe, las leyes del
mercado tienden a desplomarse.
En suma, Benedicto XVI no es el Pontífice de la
reacción, sino una figura cuya formación y enseñanzas se anclan en una
profunda creencia en la libertad de los seres humanos.
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