9. Objeción de
conciencia
Miguel Rivilla San Martín
Si surgiese conflicto entre la Ley de Dios y la Ley
humana, el católico siempre debe anteponer la obediencia a Dios antes que
a los hombres. Un Estado totalitario, donde las libertades personales no
cuentan, la objeción de conciencia no se da. El Absoluto es el propio
estado y nadie más.
Todo católico bien formado, tiene bien
claro que la norma última de su obrar
es ser fiel a su propia conciencia, bien formada. La conciencia personal
es la voz de Dios, el
santuario más íntimo donde se encuentra cada persona con Dios.
Si surgiese conflicto entre la Ley de Dios y la Ley
humana, el católico siempre debe anteponer la obediencia a Dios antes que
a los hombres.
El que obra en contra de su conciencia,
rectamente formada, actúa en contra de la voluntad divina, pues: “Hay
que obedecer a Dios antes que a los hombres”
(Hch. 5,29).
Si el ser fiel a la propia conciencia conlleva
represión, marginación, cárcel, tormentos, pérdida de honores e incluso la
muerte, el hombre de fe no dudará nunca, como los apóstoles y otros muchos
cristianos, en seguir su propia conciencia.
Un Estado totalitario, donde las
libertades personales no cuentan, la objeción de conciencia no se da.
El Absoluto es el propio estado
y nadie más.
El casar a parejas homosexuales —según
el cardenal López Trujillo— es un delito que
propicia la destrucción del mundo.
Un cristiano debe negarse a colaborar
y el no reconocimiento de este derecho por parte de los gobernantes es
señal de falta de libertad en un estado democrático. Ni amenazas ni
castigos, sino libertad de conciencia para todos, también para
los cristianos.
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