1. El nuevo
totalitarismo laicista
Javier Arnal
La aprobación en España del matrimonio entre homosexuales
es una aberración.
Pero se insulta o menosprecia a
quien opina lo contrario y se anuncia que no cabrá la objeción de
conciencia en esta materia. No es de extrañar que el cardenal López
Trujillo, Presidente de la Pontificia Comisión para la Familia, haya
calificado de “totalitaria” esta actitud del gobierno socialista.
La tentación totalitaria siempre ha estado presente en
la humanidad, lo está y lo estará. Es el afán de anular a quien piensa
diferente a nosotros. En sus formas primitivas, el totalitarismo se
resolvía por las armas, eliminando físicamente —y a veces cometiendo
genocidios— a quien discrepaba.
A lo largo del siglo XX, nuevos totalitarismos
violentos surgieron, tales como el fascismo, el nazismo y el comunismo, y
ya han pasado a la historia, aunque sea a la “historia de los horrores”.
Pero la tentación totalitaria subsiste, y en España ha adquirido una
violencia inusitada de la mano del Gobierno socialista respecto a los
católicos. Es de una virulencia que asusta, tanto a la mayoría de los
españoles como en el ámbito internacional.
Sólo dos países en el mundo admitían antes el matrimonio entre
homosexuales.
La aprobación en España del matrimonio entre homosexuales
es una aberración.
Pero
se insulta o menosprecia a quien opina lo contrario. Y, en esa espiral de
violencia, de totalitarismo, se anuncia que no cabrá la objeción de
conciencia en esta materia, y que deberán casar a homosexuales todos. No
es de extrañar que el cardenal López Trujillo, Presidente de la Pontificia
Comisión para la Familia, haya calificado de “totalitaria” esta actitud
del gobierno socialista.
La polémica generada por el proyecto aprobado en el
Congreso de los Diputados que permite el matrimonio entre homosexuales
está adquiriendo tintes esperpénticos. Yo esperaba que se rechazaría en el Senado
y por la reacción de la sociedad civil; y, si no es así, pensaba que el Tribunal
Constitucional lo rechazaría por inconstitucional. El guirigay originado es
una “bomba de humo” que esconde la incapacidad de acometer los problemas
reales.
Es un totalitarismo que se disfraza con la sonrisa, la
ironía o la descalificación, pero que muy probablemente es posible por los
complejos, por la pasividad, de muchas personas.
El nuevo totalitarismo ha adoptado la estrategia de
controlar los medios de comunicación. Controlar, anular o comprar: son
diversas facetas de la misma estrategia. Su asalto está siendo posible
merced al control de los medios de comunicación. A la vez, llama la
atención la escasa reacción —esperemos que sólo sea durante unos días— en
la opinión pública, entre telespectadores, oyentes, internautas o
lectores.
Un diario español ha llevado a cabo una encuesta sobre
si debería aceptarse la objeción de conciencia, en el caso de que se
aprueben los matrimonios entre homosexuales. La mayoría de los españoles
piensa que debe aceptarse. Pero el nuevo totalitarismo no sabe ni quiere
escuchar a la mayoría, porque hace tiempo que sólo utiliza la democracia
como ropaje o apariencia.
Rodríguez Zapatero ha sido muy imprudente. Esta
iniciativa requería, al menos, estudiarla con sosiego, escuchando, salvo
que tenga el convencimiento de que no aguanta ni unas horas de estudio
sereno, y que sólo el atolondramiento y la frivolidad pueden permitir que
se apruebe. Por este motivo, el de la precipitación, el alcalde socialista
Francisco Vázquez ya ha anunciado que no lo apoyará en el Senado, postura
que ya le ha supuesto recibir críticas intolerantes de otros socialistas.
No es sólo un ataque a la Iglesia Católica, puesto que también
protestantes, judíos y ortodoxos han manifestado su oposición. Ha desoído
al Consejo de Estado y al Consejo General del Poder Judicial.
La situación generada en nuestra sociedad es de
“malestar”. Es el malestar que se respira cuando se frivoliza con una
institución tan importante como el matrimonio: los experimentos, con
gaseosa, no con el matrimonio. Como argumento máximo, la Vicepresidenta
del Gobierno califica como “retrógrado” al PP por estar en contra: habrá
que preguntarles a italianos, alemanes o franceses, por ejemplo, qué les
parece ese calificativo por no permitir en su país el matrimonio entre
homosexuales, o la casi práctica totalidad de los países, porque sólo se
permite hasta ahora en dos países del mundo.
Esta polémica también está reflejando los complejos de
no pocos españoles. Los homosexuales podían acogerse a la legislación
existente para no sentirse discriminados, pero tienen complejo de que no
se les denomine “matrimonio”. Otros parecen avergonzarse de no ser
partidarios de legalizar esos matrimonios, o esconden su opinión.
Nos falta asimilar lo que es la democracia, que permite
el derecho a disentir, y por tanto la objeción de conciencia. La libertad
ideológica y religiosa, un derecho fundamental, se recoge en el artículo
16 de nuestra Constitución, e incluye la objeción de conciencia. Que les
case —si llega a aprobarse la ley— quien no tenga objeción de conciencia:
es muy democrático —y con ello estoy expresando el sentir mayoritario—
ejercer la objeción de conciencia. La agresividad, la frivolidad y los
complejos van más unidos de lo que parece.
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