4. Aligerando la
carne y el espíritu
Mikel Agirregabiria Agirre
Seguir una dieta de adelgazamiento implica muchos más
aspectos que los meramente externos.
Este mes
de mayo he iniciado un proceso de aligeramiento, no sólo del peso físico
que ralentiza mis movimientos, sino de otros lastres más anímicos y
vitales. La eliminación de los “michelines” no significarían nada si no es
acompañada de una catarsis mental, más profunda y que da significado al
esfuerzo reductor de cargas.
Mi proyecto físico trata de
reducir el peso corporal desde 101 a 89 kilos, equivalentes a dejar de
transportar permanentemente una caja de leche con 12 tetrabriks.
Doce kilos menos representa un alivio gravitatorio importante, pero la
sensación de pesadez proviene más del sedentarismo espiritual y de la
molicie intelectual. Ellas son las causas profundas que originan la
percepción de pesadez y la consiguiente displicencia, que a su vez
provocan la obesidad.
Adelgazar
sólo es posible desde un cambio profundo de actitud, que rompa la espiral
viciosa de no moverse por pesar mucho y fatigarse cada vez más hasta la
inercia suprema. Una dieta de reducción, además de reglar la alimentación
y el ejercicio físico, debe incorporar medidas psíquicas para asegurar el
éxito final.
Aligerarse significa mucho más que una mera cuestión
estética: es una cuestión ética, de purga integral, bajo el criterio
general de desprenderse de lo superfluo. La dimensión orgánica carece de
efecto si no se antecede y acompaña desde la perspectiva organizativa.
¿Para qué valdría el descenso somático de 12 kilos sin remover las causas
últimas del sobrepeso?
Así que la dieta ha de ser completa y radical: Cada día
perderemos algunos gramos corporales, pero sólo si se produce
simultáneamente una limpieza de nuestro entorno existencial. Al salir a
caminar, pasemos previamente por el contenedor de basura donde
depositaremos esos papeles sobrantes que se acumulan en nuestra mesa,
estanterías o armarios. Limpiemos nuestro cuarto de trabajo de restos que
acumulamos por simple pereza, y que terminan ahogándonos. Cada kilo de
grasa que perdamos deberá estar precedido por el abandono de 20, 50 ó 100
kilos de objetos agobiantes que ya han cumplido su misión con nosotros, y
que quizá pueden ser útiles para otros.
Viejos trastos, libros marchitos, bártulos desusados,
cosas que nos encadenan... mejor regalarlos a quien puedan servir. Después
de haber colmado opulentamente nuestro esqueleto y nuestra casa, sólo nos
queda desembarazarnos de los pesos muertos. Adoptemos actitudes dinámicas,
hábitos incansables y decisiones emprendedoras. Así comprendemos con
plenitud que la riqueza máxima reside en los espacios libres, donde la
elegancia del vacío nos permite movernos con la agilidad, dinamismo y
frugalidad propios de los mejores seres vivos, que sin duda son los más
etéreos.
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