3. ¿Seguimos siendo
humanos?
Podemos comprender a los demás poniéndonos en su lugar
con el corazón. Sólo de esta manera seremos más tolerantes, tendremos
respeto y nos respetarán, no seremos únicamente críticos de la violencia
sino también llevaremos a la práctica la paz, sólo de esta manera este
mundo será más humano.
Hace unos
días iba paseando por Roma con unas amigas, admirando la belleza de la
ciudad, la historia escondida en sus monumentos, cuando al cruzar una
calle pasó un coche demasiado cerca de nosotras. Llevaba las ventanillas
bajadas y uno de los chicos que iban en el coche sacó la mano por una de
ellas y disparó, claro, fue sólo un gesto, no llevaba pistola: sólo su
mano nos disparó para fulminarnos, quitarnos de en medio, y ese gesto nos
demostró que para él éramos como patitos de feria a los que disparar para
que te den un premio.
En su obra
“La deshumanización del arte”, Ortega nos presenta una reflexión
interesante para nuestro momento histórico. En una habitación hay un
hombre ilustre agonizando, va a morir; junto a él se encuentra su esposa,
un médico para controlar sus últimos momentos, un periodista que dará
cuenta del momento y un pintor llegado allí por casualidad. Todos están
ante la misma realidad, pero cada uno la ve desde distintos aspectos,
tanto que para cada uno de estos personajes es un hecho diferente.
Ortega mide
la distancia espiritual de cada personaje con el hecho: la mujer está
totalmente implicada en la escena, así que se funde con ella porque el
dolor que siente por la muerte de su marido le hace ser parte de esa
realidad. El médico está más alejado, se interesa pero no sufre por el
enfermo, sino por su prestigio profesional, debe realizar bien su tarea,
ésa es su implicación, lo que le hace involucrarse en la escena. El
reportero está mucho más alejado, no tiene contacto sentimental, ni
siquiera por su profesión, que por el contrario le obliga a ser objetivo,
es decir, no involucrarse. Pero sí debe implicar a sus lectores cuando más
tarde narre el suceso, por eso “finge” vivir la escena, pero no la vive.
Por último, el pintor es totalmente indiferente, sólo contempla, percibe
el exterior, no el sentimiento de la escena, sino la posible pintura.
Así, los
grados de cercanía al hecho coinciden con los de participación
sentimental. La realidad es la agonía del hombre, es lo que se vive, la
“realidad humana” que dice Ortega. Cuanto más cerca del hecho, más humanos
se nos aparecen los personajes de la escena, mientras que las actitudes
más lejanas son “inhumanas”.
Para Ortega
el arte se ha deshumanizado, es la nueva estética de su época (1925), el
arte se aleja de la realidad no sólo abstrayéndola sino superándola,
evadiéndola. Este diagnóstico del arte de su época podríamos plantearlo
igualmente en la nuestra para todas las facetas de nuestro mundo, esta
línea artística que defendió Ortega parece haber inundado todos los
aspectos de nuestra realidad y al día de hoy hemos convertido este mundo
en inhumano, pasamos por la vida sin implicarnos, sin vivir directamente,
sin cercanía a los demás.
El ser humano
se aleja cada vez más de lo que en la historia de la filosofía se ha
llamado “empatía”, que consiste en participar de forma emotiva en la
realidad de otro sujeto, es decir, compartir hasta tal punto sus
sentimientos que nos impliquemos en ellos. Todo lo contrario parece ser el
estandarte con el que abrimos nuestro nuevo siglo, “tú verás”, “tú mismo”,
“ése es tu problema”, son frases que usamos coloquialmente para
desentendernos de la vida de los demás.
La empatía es
considerada uno de los fundamentos necesarios para la comunicación entre
los hombres, pero en nuestra sociedad “falta tiempo” para hablar con los
demás, hemos llevado el individualismo a tal extremo que en nuestra mente
sólo tienen cabida nuestras preocupaciones, relegando a un segundo lugar a
los demás, y cuando los tenemos en cuenta es sólo con la razón, no
implicándonos, sino pensando su posición, no sintiendo lo que sienten,
sino juzgando sus acciones.
Si
pretendemos mejorar en algo este mundo, hacerlo más humano, deberíamos
poner el énfasis en desarrollar la sensibilidad de las futuras
generaciones. Esta labor es tanto del hombre como de la mujer, pero es
ésta la que puede percibir mejor este problema por sus aptitudes y sus
capacidades.
Este reto es
muy amplio, sensibilizar es una palabra quizá demasiado abstracta para
llevarla a la práctica, al menos para nuestra mentalidad, sin embargo
podría empezar concretándose en poner las bases para que se de la empatía.
Podemos
comportarnos como el periodista ante el agonizante, observando pero no
comprometiéndonos, o como el médico, participando en el hecho pero no
sintiendo el dolor del otro; pero también podemos ser como la mujer,
comprender a los demás poniéndonos en su lugar con el corazón. Sólo de
esta manera seremos más tolerantes, tendremos respeto y nos respetarán, no
seremos únicamente críticos de la violencia sino también llevaremos a la
práctica la paz, sólo de esta manera este mundo será más humano.
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