1. La naturaleza es
vida
Víctor Corcoba Herrero
Eso de conservar limpio el paisaje, compartir cauces y
no dilapidar aguas, respetar las playas como el mar las ha creado, cuidar
el aire y mantener el silencio, es cuestión educativa y moral.
Nunca es tarde si la dicha es buena. Eventos como la
primera exposición universal del nuevo siglo, les afana en presentar un
modelo de sociedad planetaria basado en la convivencia entre la
tecnología, el progreso y la naturaleza. El divorcio entre lo humano y la
naturaleza es bien patente. Eso de conservar limpio el paisaje, compartir
cauces y no dilapidar aguas, respetar las playas como el mar las ha
creado, cuidar el aire y mantener el silencio, es cuestión educativa y
moral. Sin embargo, los comportamientos éticos, por parte de todos, son
bien distintos.
Debiera ser empeño prioritario de todo Estado proveer a
la defensa y tutela de los bienes colectivos, entre los que se encuentra
la atmósfera natural. Una cosa es predicar y otra dar trigo. La realidad
nos traslada un ambiente de ruido que nos ahoga, auténticas montañas de
basura que vuelven los entornos irrespirables, insolidaridad con el agua,
cemento y asfalto en primera línea de playa… ¿Para qué tantas campañas de
desarrollo sostenible, si después las propias administraciones no actúan a
tiempo o hacen la vista larga ante determinados atropellos?
Está visto que las estrategias forestales o los planes
no funcionan cuando tienen que funcionar. Entre las manos del hombre y los
embistes de la propia naturaleza, el desierto nos alcanza. Podemos tener
las mejores estrategias a favor de la conservación y del uso sostenible de
la diversidad biológica, pero si luego sólo quedan en el papel, en las
buenas intenciones, de nada sirven. La naturaleza que es sabía ya no puede
más, está agotada de tanto regenerarse de la destrucción humana.
Hoy por hoy nuestro mundo dista años luz de ser reflejo
de la obra originaria, donde la poesía emanaba en doquier esquina, la paz
y el sosiego en cualquier punto habitable. Ahora los árboles se mueren de
pie porque no pueden ni respirar, o los quitamos de un plumazo para
levantar avenidas de asfalto. Hay pues necesidad de educar en la
responsabilidad ecológica, ante el aluvión de irresponsabilidades con
nosotros mismos y con los demás.
Esta educación no puede basarse simplemente en las
buenas palabras, sino que conlleva una conversión autentica en la manera
de pensar y en el comportamiento. Una rosa, por ejemplo, se ha quejado
frente a mi ventana empapada de alcohol y cristales. La visita de la
juventud, los fines de semana, la dejan medio muerta. Es más, quiere
morirse. La estrella que me alumbra, otro ejemplo, está ciega de humos.
Desea otro planeta. Todo este desorden humano, cuando el universo es un
orden ético, requiere otras morales y otros mimos, otras esencias y
existencias, sino queremos cavar nuestra propia fosa.
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