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5. Felicidad eterna

Miguel Rivilla San Martín

El ser humano —se confiese o no— está hecho para la felicidad plena, la vida eterna y el Absoluto

En una entrevista al cantautor Aute, manifestaba, entre otras cosas, lo siguiente: “No se puede ser feliz eternamente”. En esta coloquial expresión está condensada la preocupación más grande, el anhelo más íntimo y el interés más acuciante del ser humano de todos los tiempos, de todas las razas, culturas y religión.

Todo, absolutamente todo carecería de sentido, si faltase la continuación y la plenitud de tantos momentos maravillosos que cada cual va encontrando y experimentando en su vida. Todo aparece como efímero, caduco y relativo. Y es que el ser humano —se confiese o no— está hecho para la felicidad plena, la vida eterna y el Absoluto.

Si no fuera así, la vida con todo lo que ésta conlleva, sería una estafa, un absurdo.

Pues bien, para dar respuesta cumplida a este problema —¡el más importante que el hombre puede plantearse!— vino una persona hace más de 20 siglos, llamada Jesús de Nazaret, Cristo, el Hijo de Dios, con la pretensión inaudita de ser “El camino, la Verdad y la Vida” para toda la humanidad. El dijo: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera vivirá y todo el que cree en mí, no morirá para siempre”.

Este y no otro ha sido el núcleo del mensaje cristiano desde hace 20 siglos.

La Iglesia —y con ella todos los cristianos de todos los tiempos— seguimos proclamando esta buena noticia (Evangelio) en el nombre del crucificado y del resucitado.

No es cuestión de silogismos y demostraciones, sino de fe.

 
 

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