6. Maestro retirado
Mikel Agirregabiria Agirre
Una visión actual de un sabio docente octogenario.
Fue un agradable encuentro con mi antiguo profesor, que
acumulaba más de tres lustros de jubilación. A pesar del paso y el peso de
los años, seguía con la misma mirada inteligente que acompañaba a su
permanente sonrisa. Era uno de mis héroes predilectos, un maestro capaz de
imprimir huella indeleble en sus alumnos más conspicuos de muy diversas
generaciones. Ahora me llamaba por mi nombre, superando el primigenio
apellido, común a todos los hermanos. Este etéreo pormenor quizá traslucía
que, ocasionalmente, algunos alumnos con los que mantenía el contacto
ascendían un escalón y adquirían la consideración de discípulos.
Cuando, tras numerosas e irreparables reformas
ministeriales, el aula parece haberse transfigurado en un exótico
laboratorio híbrido entre un circo y un programa de “Gran Hermano”, mi
recuerdo de aquel antiguo bachillerato pausado era reconfortante. Así se
lo comenté, añadiendo que la educación se había convertido en una
profesión de alto riesgo. Él me dio una última lección, siempre con su
habitual perspicacia, que exigía el concurso del aprendiz mediante la
reflexión y el descubrimiento.
- Mikel, seguimos en una
sociedad que paga menos a sus mejores profesores de cualquier nivel y
especialidad que a sus peores entrenadores de fútbol. Los docentes
competentes son tan escasos como los médicos ilustres, pero mucho menos
reconocidos. Pero continuamos siendo insustituibles, porque sólo los
profesores creamos riqueza espiritual y material. Aquí mismo, ¿donde ves
tú nuestro mayor y mejor patrimonio?
Estábamos en medio de Bilbao, sobre el Puente de Deusto
entre el Museo Guggenheim, la Universidad de Deusto, el Palacio de
Congresos y de la Música Euskalduna, el Museo de Bellas Artes y el Parque
de Doña Casilda, donde se veían muchos niños en un primer lunes de
vacaciones escolares por la Semana Santa.
Creí que adivinaría su intención
indicando el campus, donde
todavía acudían a clase los universitarios. Él me corrigió, parcialmente,
apuntando con un gesto fugaz hacia el parque.
- Esos niños y niñas son
nuestro futuro, nuestro tesoro aún más preciado que la juventud. Como ya
señaló Montesquieu, nuestra infancia recibirá tres educaciones: la de sus
padres, la de nuestros profesores y la del mundo. La tercera contradirá
todo lo que las dos primeras enseñan; incluso los más desvalidos apenas
podrán aprender de sus familias. Sólo la escuela y el profesorado son
garantía universal para todos; muchos no llegarán a la universidad, ni a
la formación profesional.
Nos despedimos, pero su análisis me dejó cavilando.
Pensé que, sin advertirlo, hemos ideado un sistema educativo donde el
docente competente no obtiene reconocimiento oficial, excepto la vocación
cumplida, mientras que el profesor inepto raras veces es reprendido. Me
consolé pensando en tantos buenos maestros y maestras que, sin
contabilizar las horas extraordinarias, han conducido a millares de
alumnos y alumnas adonde hoy están.
¡Cuántos profesores, como los grandes
médicos, saben que el verdadero éxito se logra con los casos aparentemente
perdidos! Es el alumnado menos dotado quien obliga al profesorado a
enseñar mejor. Lamenté no haber podido apostillar a mi profesor con una
cita de Gertrude Stein que él ya conocería. La genial escritora
Norteamérica escribió: “Podría pensar en ser una buena alumna,…
si fuera posible encontrar un buen profesor”.
Su interesante vida y su inigualable obra son la mejor prueba de que sí
debió descubrirlo.
|