8. La lágrima de
Dios Padre
José Ignacio Munilla Aguirre
Finalmente, el Padre, conmovido, acepta el sacrificio
de su Hijo. La resurrección de Cristo no es sino el abrazo del Padre a
Cristo, por el que acoge su ofrenda en favor de todos los hombres.
Hay una escena en el filme de “La Pasión”
de Mel Gibson que ha suscitado muchas preguntas entre sus espectadores,
hasta el punto de hacer descubrir a no pocos de ellos una nueva dimensión
de la pasión de Cristo. Nos referimos al episodio que sigue a la muerte en
cruz. Dirigiendo su mirada a lo alto, Jesucristo pronuncia su última
palabra: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”;
para luego expirar entregando su espíritu. A continuación, la cámara eleva
paulatinamente la toma, hasta el punto de enfocar el calvario desde una
altura que evoca la perspectiva del Cielo. En ese momento, se desprende
una gota de agua —la lágrima de Dios Padre— que termina por estrellarse en
el montículo del calvario, provocando un terremoto. De esta forma tan
sencilla y sugerente, se abre una ventana al designio divino redentor:
¡Dios Padre se ha conmovido ante la entrega de su Hijo en la cruz!
Para entender esto, es necesario
desempolvar y recuperar algunos pasajes bíblicos, desgraciadamente
olvidados o relegados, en los que se revela que Dios Padre entregó a su
Hijo a la cruz, como sacrificio de salvación y reparación por toda la
humanidad: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos
amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como
propiciación por nuestros pecados.”
(1 Jn 4,9). Maticemos que sería un error interpretar que Cristo es
entregado a la cruz por el Padre en contra de su propia voluntad. El Hijo
ofrece su vida al Padre, libremente y por amor, para reparar nuestra
desobediencia (Cfr 1 Tim. 2, 6). Finalmente, el Padre, conmovido, acepta
el sacrificio de su Hijo. La resurrección de Cristo no es sino el abrazo
del Padre a Cristo, por el que acoge su ofrenda en favor de todos los
hombres. Como fruto de este designio de salvación, la humanidad es
reconciliada con Dios por medio de Cristo: somos hijos en el Hijo.
Mel Gibson se ha tomado la libertad de unir la escena
del inicio del terremoto, narrado en Mateo 27,51, con la caída de esta
lágrima divina. De esta forma, esa lágrima pasa a ser expresión, al mismo
tiempo, de la cólera y de la misericordia divina. Aclaremos que,
evidentemente, en Dios no puede haber irritación egoísta ni espíritu de
represalia. Por lo tanto, hemos de entender la cólera de Dios como la
expresión de la santidad divina que sufre por el rechazo de la gracia de
salvación, e intenta por todos los medios superar los obstáculos derivados
de la mala disposición del hombre, al igual que lo hizo al expulsar a los
mercaderes del Templo (Jn 2, 14ss).
Por ello mismo, la cólera divina
expresada en ese terremoto, se traduce en misericordia para el soldado
romano que atraviesa con su lanza el costado de Cristo. La película ha
querido recoger un paralelismo referido por el escriturista Ignace De La
Potterie. En efecto, allí donde los evangelios de Marcos y Mateo narran
que el velo del Templo se rasgó en el momento de la muerte de Cristo, de
forma paralela, el evangelio de San Juan relata que el costado de Cristo
fue también rasgado por la lanza. Ya no hay ningún velo que nos oculte a
Dios. En la muerte de Cristo se descubre el misterio escondido en el
Antiguo Testamento. Dios ya no tiene secretos con nosotros. El Corazón de
Cristo, nos revela la intimidad de Dios: “A vosotros ya no os
llamo siervos, sino amigos; porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he
dado a conocer” (Jn 15, 15).
Intercalado en las diversas secuencias
del terremoto originado tras la caída de la lágrima de Dios Padre, se
reserva una breve e intenso flash para reflejar la desesperación de
Satanás. En efecto, el acto de obediencia que se encierra en la cruz,
supone la victoria definitiva sobre el demonio, quien en todo momento
había estado al acecho, intentando apartar a Jesús del designio redentor
recibido de su Padre. Así entenderemos la importancia del pasaje bíblico:
“Si por la desobediencia de uno, todos fueron constituidos
pecadores, también por la obediencia de uno, todos serán justificados”
(Rom 5, 19).
Tenemos que agradecer sinceramente a Mel
Gibson que no se limitase en la producción de su película a una
descripción externa de los sucesos de la pasión, muerte y resurrección de
Cristo. Por el contrario, ha prestado un inestimable servicio a la fe
católica, al ponernos en contemplación de la dimensión salvífica de la
muerte de Cristo. En la cruz de Cristo se aúnan dos planos diferentes,
aunque no contradictorios: la libre causalidad humana y el designio
redentor de Dios, tan frecuentemente anunciado por los profetas. Al mismo
tiempo que Jesús padece la mayor de las injusticias humanas, entrega su
vida por nuestra justificación en un acto de amor al Padre y a cada uno de
nosotros: “A mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy
voluntariamente” (Jn 10,17)
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