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1. Morralla sentimental

Jaime Septién

Cuando los escucho hablar de «sexo seguro» no puedo más que retroceder en el tiempo y escuchar las consignas de «paraíso seguro» de los comunistas, o de «desarrollo seguro» de los capitalistas.

El peor de los mundos posibles sobreviene cuando, entre los poderosos, se llega a la conclusión de que hay que eliminar o «educar» a los no poderosos para prevenirlos de posteriores sufrimientos. Es un sentimiento filantrópico que nace, periódicamente, del corazoncito sentimental, iletrado y blando como un merengue puesto tres horas al sol, de aquellos que han llegado a la política de carambola y que ahora creen que están ahí por sus dotes de estadistas y visionarios.

Cuando los escucho hablar de «sexo seguro» no puedo más que retroceder en el tiempo y escuchar las consignas de «paraíso seguro» de los comunistas, o de «desarrollo seguro» de los capitalistas. Los primeros le entregaron al proletariado la misión de aplastar a la burguesía para que surgiera el reino de la gran justicia. Los segundos le entregaron al mercado la conducción de lo social, esperando que su fuerza nivelara la economía de todos los ciudadanos. Ambos fallaron estrepitosamente.

Ahora, nuestras «autoridades» políticas coquetean con la idea de poner en las secundarias y preparatorias de bajos recursos máquinas expendedoras de condones, para evitar embarazos no deseados, madres solteras (o solitarias), prácticas de riesgo y enfermedades de transmisión sexual.

Piensan los involucrados —muchos de ellos contratados por la Secretaría de Desarrollo Social— que vendiendo preservativos como papas fritas, los jóvenes pobres van a poder, finalmente, igualar la obtención de placer de los jóvenes ricos, y no van a tener que distraer a los médicos con gonorreas o, aún más fastidioso, con peticiones de «interrupción de embarazo» en «productos» indeseables.

Ya basta de pláticas y de rollos, nos vienen a decir estas joyas; hay que poner manos a la obra o, mejor dicho, garantías a los muchachos de que pueden seguir tratando como objetos a las muchachas. Y a las muchachas llenarles el coco de cancioncillas tipo «yo soy la dueña de mi cuerpo y de mi sexualidad; puedo hacer con él y con ella lo que yo quiera».

El Estado, mejor dicho, el gobierno —que sustituye a los padres sin que los padres parezcamos ofendidos— sabe lo que es bueno para la juventud. Y lo que es bueno es que los alumnos de secundaria tengan sexo «seguro», que los de preparatoria aprendan a hacer piruetas y que los de universidad se gradúen en sexología aplicada mucho antes que en cualquiera otra disciplina. Sin ese aprendizaje, han de pensar los vendedores de baratijas de quinta que tenemos en secretarías clave para el desarrollo humano del país, la vida no vale la pena de ser vivida.

Para controlar el nacimiento de nuevos seres humanos, lo mejor será provocar el descontrol institucionalizado de los comportamientos sexuales. Alejar la sexualidad del amor y acercarla al puro placer Y con ello tener una juventud cada día más pragmática: «quieres tener sexo a los 14, no te inhibas, no te dejes llevar por el beaterío que te susurra al oído que todo tiene su tiempo; mira, el gobierno todopoderoso ha pensado en ti, ha visto que te enfermas y que echas al mundo hijos no deseados. Por eso te pone esta máquina de condones donde antes se vendían cacahuates; es por tu bien: úsalos, mañana te podrías arrepentir de no haberlo hecho. Porque contenerte, por Dios, eso no vas a poder nunca».

Y ahí vamos, de sorpresa en sorpresa. Mañana pondrán un burdel en el patio de recreo, para evitar que alumnos y alumnas crucen la calle y se vayan al burdel de la esquina. Si lo hacen allá, mejor que lo hagan aquí. No vaya a ser que los atropelle un coche. Ya se sabe que ahora manejan como locos...

 
 

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