2 .¿Qué nos espera?
Walter Turnbull
Como siempre, temeroso a hablar de política, que no es
lo nuestro, pero animado por los políticos que se meten con la lógica y
con la moral, que es lo de todos. Hay dos asuntos que no me hacen
digestión.
Comienza, con bombo y platillo, la campaña de Santiago
Creel para contender por la presidencia de la república en el 2006,
primero dentro de su partido y luego fuera. ¡Un año antes de las
elecciones! ¡Un año! Que podría haber aprovechado para poner en práctica
lo que en estos casi cinco años debería haber aprendido, para realizar los
cambios que tanto han anhelado. Y al rato se van a incorporar los de los
demás partidos. Un año de astronómicos gastos de campaña, un año de
movilización de multitudes, un año de muchas horas hombre gastadas en nada
a costillas del sufrido país. Porque el dinero, aunque sea de ellos, no ha
salido del aire, ha tenido que salir de alguna parte del país. Y durante
este año, los candidatos y sus comitivas y sus organizadores de campaña
van a gastar dinero a manos llenas sin hacer absolutamente nada de
provecho.
Qué esperanzas que estuvieran en su puesto hasta el final y
que su desempeño en su puesto fuera su campaña. Qué esperanzas que se
suspendieran las campañas; que los candidatos pidieran una hora en su
trabajo y fueran a la televisión o al radio a explicarnos qué cambios
piensan realizar para que el país progrese; o si no piensan realizar
ningún cambio. Sólo eso necesitaríamos. Y para eso no tendrían que dejar
su trabajo.
El otro asunto está todavía peor.
En lugar del señor Creel, ha sido designado como secretario
de gobernación el señor Carlos Abascal Carranza, famoso, junto con su
familia, por sus sólidas convicciones y por su adhesión a la moral
católica. Famoso también por haber arriesgado su carrera política por
defender, como padre de familia, la coherencia doctrinal en un colegio
supuestamente católico. La respuesta de los enemigos (de Abascal, de la
Iglesia, de la moral, de la doctrina católica, de la familia y de la
coherencia) no podía faltar.
“Ha
sido una decisión terrible”. “Este señor es un oscurantista, un retrógrado
fundamentalista”. “Su propuesta es regresiva”. “Las primeras con quienes
se va a pelear son las mujeres”. “Es un fanático religioso... nunca ha
sido su habilidad la apertura de criterio... el tiene una forma de vivir
que no existe... sólo fue educado para defender posiciones francamente
absurdas... al paso que vamos, el próximo secretario de trabajo va a ser
nuestro amigo Onésimo Cepeda o Norberto Rivera...”
Vamos a llamarle a las cosas por su nombre: al señor lo
aborrecen no por su desempeño político, no por su acierto o desacierto en
su cargo... al señor lo aborrecen porque defiende la moral y porque se
reconoce católico.
Yo no tengo argumentos para juzgar su desempeño, si lo ha
hecho bien o lo ha hecho mal. De todos modos, en la actual situación
política de nuestro país nadie podía haber hecho nada bien. Difícilmente
alguien puede decir si el desempeño de alguien de otro partido habría sido
mejor. Lo que sí puedo juzgar, sin ser politólogo, es la posición de estos
enemigos del señor Abascal. Independientemente de habilidad, preparación o
amor a la patria, no puedo esperar nada bueno (¿Qué quieren? Soy católico)
de alguien que considera la convicción religiosa como una lacra. “¿Lo vas
a rechazar solamente porque es de izquierda?” me preguntaba hace poco un
amigo de filiación liberal. Pues, si ser de izquierda significa combatir
la religión, me temo que sí lo voy a tener que rechazar. Si estos señores
no creen en Dios, al menos podrían, ya que hablan mucho de tolerancia,
tolerar al que sí cree.
¿Qué podemos esperar del Sr. Abascal como secretario de
gobernación? No lo sabe nadie. ¿Qué podemos esperar de sus enemigos si
llegaran al poder? ¿Persecución religiosa, expropiación de templos,
conventos y escuelas, más inmoralidad en los medios, más pornografía, más
narcotráfico, más prostitución, más casas de vicio, más antireligión? Yo
no soy nadie para ponerme a adivinar el futuro, pero, por el momento,
ellos mismos nos lo están anunciando.
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