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5. Leer el Código DaVinci

Walter Turnbull

Cuando leemos un libro como éste, ¿en qué porcentaje colaboramos con esta empresa anticatólica?

Leer “El Código DaVinci” obviamente no es un pecado mortal. No creo que a la fecha existan libros prohibidos por la Iglesia so pena de condenación eterna. Aún así, como dice San Pablo, “todo es lícito, pero no todo es conveniente”. De hecho, leer “El Código DaVinci”, diría yo que puede ser altamente inconveniente, por varias razones.

Para el que no se haya enterado, le informamos sucintamente. Es una cautivante novela de misterio, aventura y romance, en la que los protagonistas sobreviven a una conspiración y descubren un vergonzoso secreto —que ha sido guardado por la Iglesia Católica desde el inicio de su existencia—, gracias a una serie de mensajes ocultos en más de “mil códigos culturales”, entre ellos los cuadros de Leonardo da Vinci. Según esto, Jesús tuvo amoríos y descendencia con María Magdalena y pretendía dejarla a ella al frente de la Iglesia, en conformidad con el culto a la diosa, que practicaban los pueblos antiguos y los primeros cristianos; pero los apóstoles, celosos de Magdalena, la despojaron de su investidura y la persiguieron, y establecieron la religión machista que ha marcado la cultura de todo el mundo y ha causado tantos males hasta nuestros días, y también persiguieron a los que conocían este secreto. La novela se ostenta como un ejemplo de erudición, investigación histórica, trabajo serio de documentación y veracidad. “Está documentado históricamente”, dice por ahí.

Sin embargo, se trata de una novela francamente anticatólica, plagada de errores en historia, en geografía, en lingüística y en cultura general, y sobre todo plagada de calumnias contra la Iglesia, a la que acusa de todas las maldades que a usted se le puedan ocurrir: traición, machismo, engaño, persecución, discriminación, asesinato, genocidio, conspiración, destrucción de cultura, etc... Para el autor (como para tantos comecuras liberales) la historia de la Iglesia Católica es un gigantesco complot (de la ultraderecha, por supuesto). Para afirmarlo se basa en libros supuestamente históricos de dudosa veracidad (la parte que le acomoda), en acontecimientos inventados, en conjeturas y en interpretaciones libres, basadas la mayoría de ellas en su exaltada imaginación; y para transmitirlo, se vale de técnicas publicitarias de programación subliminal.

En realidad es un desplante de mercadotecnia. El autor arma un delicioso coctel de doctrina New Age, esoterismo, gnosticismo, liberalismo sexual, feminismo radical y, sobre todo, desprestigio de la Iglesia, y le da al hombre —y la mujer— moderno lo que inconscientemente anhela: algo de erotismo, indignación por los oprimidos, la posesión de un saber oculto y una espiritualidad “light”: una seudo religión que llena el espacio de la religiosidad natural y sacia la curiosidad por lo trascendente, pero sin ningún compromiso moral o social.

Un liberal, un esoterista o una feminista que lea el libro, resultará burdamente engañado, pero al menos tendrá el gusto de encontrar argumentos para librarse de la Iglesia Católica y de sus molestos mandamientos.

Un ateo o un agnóstico, simplemente perderá su dinero y su tiempo. La novela divierte pero francamente no enseña nada útil, y en cambio puede retrasar el momento de un eventual encuentro con la verdad. Si se trata de leer por leer, estoy seguro de que hay muchos otros libros igualmente divertidos y que tal vez hasta enseñen algo interesante, o por lo menos cierto.

Un católico, además de perder su tiempo y su dinero, se estará imprudentemente involucrando en esa guerra contra Dios y contra su Iglesia en la que el mundo está empeñado. “Saulo, ¿por qué me persigues?” Cuando leemos un libro como éste, ¿en qué porcentaje colaboramos con esta empresa? ¿Hasta qué punto podemos coquetear con estas ideas sin que dañen nuestra fe? ¿Hasta dónde es seguro olvidarnos de nuestra religión en nuestras actividades cotidianas? Y si termina por creerse las mentiras, mejor ni hablamos.

¿Qué responderíamos si alguien nos invitara a una reunión para insultar y difamar a nuestra mamá? “Vamos, es sólo un ejercicio de comunicación”. ¿Podemos quitar a un lado nuestra religión para aprender lo que es el sexo, el robo, el asesinato o la violación? “Vamos, es sólo un momento.”

Dice Cristo en un pasaje del Evangelio: “Aquél que dé un vaso de agua a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de profeta.” Me pregunto yo: Aquél que por inconciencia o por travesura regale un dólar a un enemigo de la Iglesia, ¿tendrá recompensa de enemigo de la Iglesia?

Si se va usted a jugar la salvación, que al menos sea por un buen libro.

 
 

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