4. El laicismo por
religión
Jesús Domingo
La aparición de laicistas vehementes puede convertir
el laicismo en una religión que derive en el crecimiento, no ya de
ciudadanos laicos, sino de laicos sectarios, tan peligrosos,
inquisitoriales y estúpidos como cualquier otro fanático.
Durante los días antes a Semana Santa en cualquier
pueblo de la geografía española se podían oír redobles de tambores, ver
preparar y poner a punto vestidos e imágenes, etc. Al mismo tiempo no han
faltado quienes, en su partido político y por escrito, en ciertos medios
manifestaban la necesidad de plantearse el laicismo del Estado también en
las calles, porque las procesiones suponen una invasión religiosa de las
vías públicas.
Habrá que recordar que el Estado español no es un
estado laico sino aconfesional, cosa que lleva a respetar todas las
creencias y manifestaciones de las mismas. A pesar de “lo razonable de la
propuesta” el entusiasmo que ha provocado entre alcaldes y autoridades
autonómicas no ha sido arrebatador, porque a fecha de hoy, que yo sepa,
ninguno ha prohibido “la invasión religiosa de las calles”
No hay duda que el problema de la religión no es la
religión en sí misma, puesto que casi todas las doctrinas tienen en común
cierta búsqueda de la fraternidad, sino el fervor. En el momento en que
aparece el fervor desordenado y, sobre todo, el fervor apasionado, casi
todo es posible, y las llamadas guerras de religión no las provocaron las
doctrinas religiosas, sino los fervorosos.
La aparición de laicistas vehementes puede convertir el
laicismo en una religión que derive en el crecimiento, no ya de ciudadanos
laicos, sino de laicos sectarios, tan peligrosos, inquisitoriales y
estúpidos como cualquier otro fanático. Desgraciadamente empiezan a
abundar entre nosotros los que tienen el laicismo por religión.
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