5. ¿Qué es el
diálogo político?
José Ignacio Calleja
¿Cómo debería ser el diálogo político para dar fruto?
Hechos y obras, como enseña el consejo evangélico; generosidad y
flexibilidad para el pacto, provisionalidad histórica en el acuerdo,
práctica pacifica siempre y equidad con las diferencias justas
¿Conocen Ustedes a alguien que haya
cambiado de opinión política
a resultas de argumentos ajenos? Yo no conozco a nadie. Sé de gente que ha
introducido matices en su visión política y conozco a quienes con el
tiempo han cambiado de bando, pero ¿lo han hecho convencidos por
razonamientos ajenos? Yo creo que no. Lo normal es que nuestros cambios
obedezcan a alguna experiencia personal de conveniencia, desencanto y
moda, o de otro lado, de injusticia e indignidad. Pero los argumentos
ajenos, los razonamientos repetidos por nuestros adversarios, caen en los
“agujeros negros” de nuestra ideología. Se pierden para siempre. Bueno, lo
reconoceré, como gota de agua en la roca, todo deja su huella, pero ¿cuál
es la medida temporal para verificar este efecto? ¿No supera los límites
de la vida de cada sujeto? En fin, que este camino, el de la argumentación
y el diálogo, como factor de cambio de las opiniones políticas
es tan irrenunciable como limitado en sus frutos.
Creo necesario recordarlo por qué, en
política, casi todos
tenemos la convicción de que vamos a convencer a los demás. Yo ahora mismo
soy un buen ejemplo. Pero, en realidad, lo que vale es que necesitamos
decir lo que pensamos y eso nos hace reconocernos más libres y realizados.
El diálogo político entre ciudadanos, en cuanto diálogo, tiene esta
dificultad y estas posibilidades.
Y, ¿el diálogo político
profesional? El llamado diálogo
político entre partidos y en ámbitos profesionales de la política no es
propiamente diálogo para convencer,
sino diálogo para pactar.
La política profesional no pretende tanto convencer al otro cuanto
pactar con él los desacuerdos, es
decir, casi todo; no pretende tanto entender al otro en su diferencia,
cuanto llegar a un consenso legal con él. ¿Según los argumentos de cada
uno?, se me preguntará. Bueno, más bien, según la correlación de fuerzas y
los equilibrios necesarios para componer mayorías y minorías. Creo que
percibir esta diferencia es importante para no pedir a la política que
actúe por ideologías compartidas, sino por pactos civilizados entre
diferentes. Lo de civilizado, como todo el mundo sabe, no es otra cosa que
la aceptación transversal a todas las ideologías de los derechos humanos
fundamentales, en los fines y en los medios. Por tanto, el diálogo es
imprescindible siempre, pero el diálogo político es para pactar
mucho más que para convencer. O de
otro modo, el político no pacta por convencimiento, sino casi siempre por
necesidad social, con la provisionalidad y contingencia que el caso
requiere. Estoy pensado, claro está, en el pueblo vasco, pero me vale para
todos. Lo repito, los políticos no dialogan para convencerse unos a otros
de sus ideologías, sino para pactar nuestras
diferencias. Convencer de las ideologías es más propio de la
sociedad civil en todas sus
expresiones que no de la política profesional.
Luego se impone el supuesto que “el
dicho” enseña. Son los hechos los que mueven más que mil palabras. Hechos
que concreten los mejores valores de la política, como la generosidad y la
flexibilidad para el pacto, la honestidad, el espíritu pacificador y la
equidad. Ellos son más democráticos que mil argumentos sobre derechos y
deberes de pueblos y personas. Y acaso entonces, sólo entonces, el diálogo
que decimos que es escucha, argumentación y desvelamiento de algo nuevo
para todos, deje de ser este sucedáneo que, al menos en la vida
pública, tiene por finalidad primera
vaciar de verdad la opinión contraria, para fortalecer la nuestra y, en
consecuencia, hacer exclusivo nuestro "derecho" y, por ende, “excluyente”.
Pero, ¿es esto un diálogo político?
No, en realidad es una definición de verdades y un adoctrinamiento de
incrédulos, que lo van a seguir siendo, digamos lo que digamos. Así que,
hechos y obras, como enseña el consejo evangélico, y mis palabras:
generosidad y flexibilidad para el pacto, provisionalidad histórica en el
acuerdo, práctica pacifica siempre y equidad con las diferencias justas.
Casi nada.
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