10. A los ponentes
de la paz
Víctor Corcoba Herrero
La paz despunta de una solidaridad renovada donde se
promueva, por encima de todo, la unión, los valores esenciales del ser
humano, el derecho a ser debidamente considerado y el deber a ser persona
que pida perdón y sepa perdonar.
Pensaba el Gaitero de Gijón,
de Campoamor, cuando, instantes después de haber enterrado a su madre,
tocaba su gaita en el campo de la fiesta: “¡Madre mía, madre mía!/ ¡Cuánto
alivia el suspirar!”. Mientras recordaba tan ilustre letra —medicina del
sabio refranero—, que recomiendo tengan siempre en el bolsillo del corazón
para llevársela a la boca cada vez que se dispara la tos del desespero,
leía una nota esperanzadora, una cita para atajar la violencia, en la que
van a participar centenares de ponentes dispuestos a poner palomas sobre
mortajas.
El lugar de la asamblea es propicio para el verso.
Galicia es, aparte de un camino de concordia, un horizonte donde se
concilia el verde esperanza con el silencio del universo, bajo una
transparente armónica alianza. Por tanto, promover la reflexión
intelectual y social sobre los valores de la convivencia, bajo un clima
poético, siempre ayuda a mover almas. La cuestión es que se eternice el
deseo y se enternezca el corazón, las bases se sostengan en el respeto a
los derechos universales, que nadie desfallezca en el empeño de construir,
a sabiendas que la paz se reconstruye con el amor.
No puede brotar la paz, si la atmósfera tampoco es
propicia. Hemos de ceder y encender dispensas. En los funerales de Juan
Pablo II todos los líderes mundiales olvidaron sus desencuentros y, así,
se produjo el abrazo histórico. Bella lección de paz, oración de luz. Se
necesitan, pues, sembradores auténticos, abonos de justicia. Que el sol de
la libertad nos cautive y cultive con estima. El que surjan ahora unos
ponentes empeñados en visionarnos el gozo de la paz, es de agradecer.
Ciertamente, la paz no es cuestión de una persona o de
un gobierno vencedor que la impone a los vencidos, tampoco nace de
promesas a favor de autogobiernos que dividen, más bien despunta de una
solidaridad renovada donde se promueva, por encima de todo, la unión, los
valores esenciales del ser humano, el derecho a ser debidamente
considerado y el deber a ser persona que pida perdón y sepa perdonar.
La paz —considero— es más agricultura que cultura, y
más cultivo de vida diaria, y más diario de todos, que de especialistas.
Sin embargo, doquier constructor de paz merece acogida como cualquier
individuo deferencia. Hay que sumarse a los suspiros humanos para restar
espiraciones inútiles. Es hora de que la familia humana se humanice,
destierre furias y transforme en podaderas lo de salir al encuentro del
prójimo, previo enterrar odios, con adioses de ¡nunca jamás!
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